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Por qué me gustaría ser vasco. Muchos votaríamos a sus líderes nacionalistas

Sentido común. Los vascos nos han enseñado que la verdadera negociación con Madrid no consiste en un tacticismo de tira y afloja cotidiano sino en una negociación estructural que se zanje de una vez para siempre

Lluís Amiguet

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Lluís Amiguet

Lluís Amiguet

Acabábamos de ver en la tele el debate electoral del pasado abril para las últimas generales, que me temo que dejarán de ser las últimas muy pronto, cuando me llamó un amigo de la radio: ¿quién ha ganado en el debate?

«El vasco -le contesté- sin dudar». Él repitió entusiasmado, Aitor Esteban, sí, yo también lo pienso. Y después, entre divertido e indignado, me puso un par de cortes en los que unos señores de Cádiz y otros de Zamora, creo recordar, también consideraban ganador al candidato del PNV.

Lo mismo me sucede ahora, no sé si en Cádiz también, pero no me extrañaría, cuando veo al lehendakari Urkullu derrochar sentido común en cada apreciación con modestia, sencillez y toneladas de buena voluntad. También la demostró con creces cuando intentó mediar entre el gobierno de Madrid y el govern catalán en los frenéticos días de la DUI. Y no las tiene menos el presidente del PNV, Andoni Ortúzar, cuando pide ahora un último esfuerzo a PSOE y Podemos para evitarnos volver a las urnas.

Y ¿cómo no celebrar el programa para gestionar la inmigración que los peneuvistas, bien conectados con la gran industria vasca, han brindado a Bruselas y que el Papa Francisco ha hecho suyo?

También supieron detenerse a tiempo cuando Ibarretxe se estampó contra el Congreso con su plan de soberanía

Los nacionalistas vascos sugieren repartir los inmigrantes por cupos para cada país y que cada cupo se adjudique a cada país siguiendo unos baremos de riqueza, medida por el PIB, envejecimiento de la población, desempleo, y, por supuesto necesidad de mano de obra. ¿Por qué a la eurocracia le cuestan tanto de aplicar? Se evitarían miles de muertes en las pateras.

Pero estos últimos años, además, los vascos nos han enseñado a los catalanes que la verdadera negociación con Madrid no consiste en un tacticismo de tira y afloja cotidiano; de peix al cove con rabietas sucesivas; sino en una negociación estructural que se zanje de una vez para siempre, como la que les permitió a los vascos fijar el cupo en la Constitución. Y alcanzar, en la práctica, la plena soberanía fiscal.

Y también supieron detenerse a tiempo cuando Ibarretxe se estampó contra el Congreso de los Diputados con su plan de soberanía. Simplemente, midieron sus fuerzas y se dieron cuenta de que el estado español tenía más.

Y en ningún momento incumplieron la ley. Sabían que la verdadera negociación hoy ya no es con Madrid; sino con Bruselas, que es quien aprueba o frena sus políticas industriales.

También se cercioraron a tiempo de que las elites de la UE tienen más intereses que amigos y que su primer y primordial objetivo es el de la estabilidad de sus fronteras, esto es: la integridad de todos sus países miembros y la preservación del principio de legalidad.

También se cercioraron a tiempo de que el  primordial objetivo de la UE es el de la estabilidad de sus fronteras

Los vascos han aprendido, después de mucho sufrimiento, que un estado no es el fin, sino sólo el medio para conseguir el máximo bienestar para una sociedad y que la gobernanza hoy está tan repartida entre administraciones y actores no gubernamentales que ni siquiera ese medio es el único.

Es cierto -cómo olvidarlo- que Euskadi se extravió durante décadas en el laberinto de la violencia política y que el PNV no pudo o no quiso o las dos cosas frenarla a tiempo. Pero hay que reconocerles que han aprendido las lecciones de en qué consiste la soberanía en una sociedad democrática, moderna e integrada en la comunidad internacional. Y que hay muchos modos de conseguir la independencia, pero no todos pasan por tener un estado para ti solo.

Por eso, voy a pedir a mis amigos vascos -con todos los problemas y divisiones, escisiones y bofetadas, que han sufrido y contemplábamos perplejos desde el oasis catalán- que presionen a sus líderes nacionalistas para que también se presenten por las circunscripciones catalanas. Sé que es impracticable, pero, aunque fuera como una broma, estoy convencido de que muchos les votaríamos.

* Periodista. Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el Diari y en Ser Tarragona. 

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