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Puertas abiertas

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Puestos a echarle valor, nadie más valiente que su santidad el papa Francisco, que ha reconocido que todas las familias son sagradas y no sólo la Sagrada Familia. Desde que Firpo se enfrentó con Dempsey no ha habido argentino más arriesgado, sin excluir a Martín Fierro. Además es el más comprensivo de todos y admite en su ahora amplio seno a los que ayer fueron injustamente perseguidos y reprobados. Acoger en sus interesados brazos a los que fueron excomulgados por casarse más de una vez es una prueba de que la Santa Madre Iglesia sabe reconocer que el cliente siempre tiene razón. Al fin y al cabo, los segundos y sucesivos matrimonios representan un triunfo de la esperanza contra la experiencia.

Hay que tener manga ancha antes de que todo el antiguo tinglado esté manga por hombro. Hay que abrir las flexibles puertas del templo a los que se dieron con ellas en las narices, pero habrá que variar el significante y el significado de la palabra sacramento. Lo que Dios ha unido lo puede desanudar cualquier teniente de alcalde, lo que confirma la teoría del grande e impetuoso Chesterton de que lo más curioso de los milagros es que ocurren.

¿Qué opinaría algunos de los pontífices anteriores de esta amnistía decretada por su sanidad Bergoglio? La luz de Trento se apagó hace mucho a Dios gracias y el martillo de herejes se está subastando en algunas ferreterías. No hay que excomulgar a nadie y menos en estos tiempos donde las estadísticas proclaman que ha disminuido la ingestión de la mágica oblea. «La Iglesia es madre y debe curar a los heridos con misericordia». También debe reparar, en la medida de lo posible, a los descalabrados por el terrible vínculo. Desde que hace quince años el papa Juan Pablo II proclamó que el cielo y el infierno no son lugares físicos han decaído algunos terrores de ultratumba, pero también algunos gozos más difícilmente imaginables. No se nos puede dejar a solas, Santidad.

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