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Ricos y pobres

El planteamiento de nuestra vida a corto o largo plazo hace aguas por todas partes 

ELENA MORENO SCHEREDRE

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ELENA MORENO SCHEREDRE

ELENA MORENO SCHEREDRE

La respuesta del ciudadano durante el confinamiento fue asombrosa. Sin embargo, alcanzamos a comprender que el desconocimiento y el temor que sobrevolaba nuestras cabezas hacía que los gestos fueran una representación teatral propia de una espera inesperada; recetas de cocina, vigoréxicos de balcón, asignaturas pendientes de actividades artísticas, vida ‘online’, para atenuar aquel silencio descorazonador de las calles.

Ahora, en medio de este verano incierto y amordazado por un virus que corre más que nosotros, el planteamiento de nuestra vida a corto o largo plazo hace aguas por todas partes. Las reuniones donde se proyectan las acciones a ejecutar terminan con un si Dios quiere, y los planes de futuro tienen las piernas flojas. Somos como esos amores efímeros que quieren ser eternos y se despiden en las estaciones sin saber si volverán a verse algún día. Andamos como pollos descabezados sufriendo ataques de impotencia, incomprensión o resignación según en qué parte del teatro tengamos localidad, y nunca ha sido tan verdad aquel básico dicho de que los pobres y los ricos, siguiendo el estereotipo de esta simple división, pasan por esta pandemia con un ritmo distinto.

Los pobres y los ricos pasan por esta pandemia con un ritmo distinto

En el gallinero del teatro, sin aire, con un esfuerzo extra por seguir el espectáculo, no están los mismos que en el patio de butacas, y naturalmente cuando la actuación termine, si es que lo hace, la digestión de esta incertidumbre no cursará con los mismos efectos en las distintas clases sociales. Esta apreciación primaria es ciertamente peligrosa y ha dado salida a no pocos populismos. Recientemente, The Washington Post publicó un editorial sobre Argentina, en el que decía que el país tenía un problema muy serio. Se refería a la elección de sus políticos, y más concretamente al voto peronista. Más o menos venía a decir que el argentino vivía en permanente conflicto a causa de sus preferencias, pues elegían secretamente la pobreza, y lo hacían no porque la adoraran, sino que necesitaban mantenerse enojados con la riqueza. Me pareció una reflexión interesante y apropiada para estos tiempos en los que la corrosión de la convivencia política es tan nociva y común. En septiembre la situación económica nos morderá aún con más rabia, y probablemente haya más de un necio empeñado en ponernos a derecha o a izquierda de la fila, en el lugar de los supuestamente ricos o pobres, pregonando esa selección básica de la complejidad económica. En las recientes elecciones, vascos y gallegos hemos elegido el equilibrio y la estabilidad, porque como ya aconsejó San Ignacio de Loyola, en tiempos de tribulación, no hacer mudanza.

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