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Sangre, sudor y lágrimas

Una atención sanitaria deficitaria y deficiente nos está siendo impuesta por los que no la sufren
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Servicios de Urgencias, en un hospital de la provincia. Estamos a mediados del mes de febrero. Una mujer de edad avanzada, entra en la sala de espera, acompañada de un familiar. Lleva una toalla, presionada contra su cara, puesto que sangra abundantemente por la nariz. En la ventanilla le toman los datos, y anotan las circunstancias del incidente: ha sido hemorragia espontánea. Le indican que se siente, y espere a ser llamada, lo que sucede al cabo de unos instantes. La hacen pasar a la zona de valoración, y, una vez allí, tras ser instalada en una silla, la espera continua. Una hora, dos, tres… Y, mientras tanto, la hemorragia no cesa. A su alrededor enfermeras, médicos, auxiliares, van y vienen, de box en box, de pasillo en pasillo, intentando solventar la escasez de medios como buenamente pueden. La mujer se siente cada vez más débil. No en vano las fuerzas se le escapan, a la par que la sangre, empalideciendo aún más su piel. A las preguntas de su acompañante, el personal responde que se está atendiendo un caso más urgente. Pues sí: un infarto es prioritario; un apéndice inflamado, a punto de derivar en peritonitis, es prioritario; un traumatismo craneoencefálico también… y la lista crece y crece. Pero una hemorragia persistente, en cualquier persona, igualmente lo es, sin duda alguna. Y más aún cuando la, o el paciente, tiene ya las fuerzas mermadas por la edad, y las enfermedades que padece.

Por fin es atendida, valorada e ingresada. Pasa unos días (pocos!) en tratamiento y recuperación, y, finalmente es dada de alta, con un lógico cuadro de anemia, más que evidente: las horas de espera hicieron su trabajo… Una espera injusta e indigna, acorde con la atención sanitaria deficitaria y deficiente que nos está siendo impuesta por aquellos que, instalados en el státus que “nos” deben, jamás la tienen que experimentar…

Un sudor frío le corre por la espalda. Es día diez, y esta fecha marca para ella un antes y un después. Se cumplen dos años desde que perdió su empleo. Aún recuerda el escalofrío que sintió, cuando le confirmaron lo que hacía tiempo sospechaba: empresa no viable, y consecuente expediente de regulación de empleo. Y cuarenta y cinco años a las espaldas…

Recuerda, como si hubiera sucedido ayer, y, con un paradójico paralelismo, en otra vida, como firmó el finiquito, la indemnización, correctamente calculada, y, al cabo de un par de días, solicitó la prestación por desempleo…Había una cola más que regular. El empleado, amablemente acostumbrado al desfile cotidiano y en aumento, revisó la documentación, y calculó la cifra mensual a percibir, que, le recordó, como quien anuncia un próximo funeral, “se rebajará en un tanto por ciento, al transcurrir los seis primeros meses”. Y ella salió de la oficina con una extraña mezcla de euforia y aprensión. Tenía ahora tiempo para ella y los suyos; para pasear, sin ningún teléfono cercenándole los pensamientos, y sin el martilleo del reloj, y las carreras matinales para llegar al trabajo..Sin embargo sabía que el tiempo pasa rápido. Muy rápido…Y así había sido.

Día diez. El mes que viene el subsidio no llegará, con esa cantidad ridícula, pero indispensable. Ha tramitado ya la solicitud de otro tipo de ayuda. Pero, mientras tanto está el alquiler; y la luz; y el agua; y el teléfono…la familia. Mientras piensa, envuelve un par de zapatos en una hoja de periódico de hace ya semanas. Y las palabras le saltan a la vista: “Mis hijos no tienen dinero. Están con una mano delante, y otra detrás”. La mujer parece observarla desde la página, con un rictus de malévola ironía en su rostro gris, bajo un cabello gris, sobre un fondo gris…Ella siente que el sudor se le vuelve cálido, y que la rebeldía se le cuaja en la boca. Y sus manos, cansadas de contar noches y deudas, rompen en mil pedazos la página de un periódico gris…

Las lágrimas se desbocan en silencio. La televisión les devuelve la imagen una y otra vez: Cuerpos de color naranja, y manos escondidas. Miradas decididas, con un punto de miedo en el fondo de las pupilas. A su lado, las sombras silenciosas, que son sin ser. Cuerpos como cáscaras vacías de toda humanidad. Ni siquiera las aureola la rabia. Todo es frío. La escena es fría. La televisión corta la imagen: todavía les resta un mínimo de pudor por la muerte ajena, por la ejecución vergonzante.

Ellos se miran, con los ojos ya doloridos, casi vaciados ya de lágrimas. Enrojecidos por las noches de preguntas sin respuesta. En la pared, una cruz, gastada de tanto mirarla. Y los ojos se vuelven, una y otra vez hacia ella, mientras en la pantalla, unos hombres con corbata, desgranan una letanía de razones y sinrazones, con el fondo color naranja…El murmullo habla de alianzas, coaliciones y colaboraciones. De pronto la vulnerabilidad es algo que toma cuerpo y sangre: el de tantos hombres y mujeres, muertos en tantas otras escenas frías, pese al fuego y las armas.

Y ellos se toman de las manos. Las arrugas de su cara se acentúan. Y sus labios se abren en una plegaria. Porque saben que lo que late en el fondo de su alma, nada sabe de trajes naranja, ni de cuerpos de sombra. Ni de iglesias, mezquitas o ritos. Pero sí sabe de lágrimas….

Amigos lectores, es tiempo de reflexión, y de escucharse el alma…

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