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Tertulias del Forn

La tertulia como el fuego es evanescente, y quizás en eso se encuentra su inmenso atractivo
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El derecho a cocer el pan constituyó durante siglos uno de los privilegios que ostentaba el Senyor y que sólo entrado el siglo XIX fue abolido por las nuevas autoridades. En el Camp de Tarragona existen documentados varios hornos medievales que siguieron activos hasta la época desamortizadora, aunque posiblemente uno de los más conservados es el conocido con el nombre del Forn del Senyor que se encuentra en Altafulla.

No sabemos si nuestros antepasados se limitaban a recoger el pan y se volvían a sus labores, o si también aprovechaban para charlar con otros vecinos, a hacer tertulia . En cualquier caso, reunirse alrededor del fuego y conversar mientras miramos consumirse la madera es el principio de nuestra Historia (o de nuestra Prehistoria, si queremos ser más exactos) y también el principio del Arte y seguramente de la Religión o de la Filosofía.

El fuego, con su connotación de fugacidad, de transmutación de los elementos, y al mismo tiempo, como símbolo de la propia vida, resume nuestra existencia. Muchas sociedades actuales queman a sus muertos para que puedan reencarnarse y seguir en cierta manera viviendo entre nosotros. Y algunas como los dani de Irian Jaya (la Papúa indonesia) momifican a sus grandes jefes para que en ese estado puedan seguir compartiendo con los vivos la choza común en la que siempre hay un fuego en su centro. La noche de San Juan con sus fuegos no es más que el reconocimiento del ciclo vital (nacimiento y muerte).

El fuego permitió a una criatura pasar de su estado animal. Pero curiosamente el fuego no mira a la divinidad, como en principio debería ser. El fuego representa el Infierno y el castigo, el Aquelarre y las brujas, lo maligno y lo pecaminoso; y también en cierto modo la aspiración de vivir intensamente como paso a desaparecer para la eternidad. Sólo una religión como la de Zaratrusta, con sus torres de fuego, elevó al Mal a la categoría de un Ser divino.

Los hombres alrededor del fuego hablaban, pensaban en que había más allá de su espacio físico y mental, repetían las historias que les habían contado sus antecesores para construir su propia eternidad, se defendía frente al entorno. No podemos decir que el origen de nuestras tertulias está en ese fuego primordial, pero si comparten la necesidad de intercambiar ideas y sentimientos, de descubrir la verdad de las cosas a través de la inteligencia y de la razón.

Dicen que la palabra tertulia puede venir del célebre polemista romano cristiano Tertuliano, pero otros aseguran que en realidad procede del nombre con que se denominaba la zona de los corrales de comedias en la que se reunían los críticos después de una obra teatral. Poco importa. La verdadera tertulia vendría definida por ser una reunión informal y periódica de personas diversas con objeto de debatir sobre un tema concreto o sobre cualquier otro que se presente, que se celebra más bien por la noche en un lugar habitual en donde al mismo tiempo se bebe y se come. Las ha habido famosas como la de Ramón Gómez de la Serna en el antiguo Café del Pombo; la de Jacinto Benavente en el Café del Gato Negro; y si nos remontamos al Siglo de Oro, tienen nombres significativos la valenciana de la Academia de los Nocturnos o la madrileña de la Academia Salvaje.

Esta tertulia se caracteriza por tener por participantes un grupo plural, que suele ir cambiando (aunque siempre con unos fijos), tiene un marcado tufillo a intelectualidad, se integra por personas que no pertenecen a la misma profesión o actividad pero que suelen tener algo en común. Y sobre todo se caracteriza por una completa anarquía y falta de cualquiera otra finalidad que no sea la pura tertulia en sí mismo. En estas tertulias, como la de Nuevo Café de Levante que frecuentaba Valle Inclán se aprende siempre de los demás: «el Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias», decía el autor de Luces de Bohemia. De ahí que la tertulia se diferencia radicalmente de otras reuniones que podrían parecer equivalentes. De las asociaciones, en que éstas buscan una finalidad concreta, sea ésta política o cultural. De los diversos “clubs” que suelen pulular en todas las ciudades, en que en ellos prima más el aspecto de relaciones sociales y comerciales que cualquier otro, conforme con la cultura de lobby de los anglosajones.

También se diferencia radicalmente de los Salones de la Ilustración (algunos tan famosos como el del Baron D´Holbach considerado el mejor de Europa en su época, centro de los grandes hombres de la Ilustración) y de los Clubs ingleses, presididos ambos por un cierto rasgo aristocrático o corporativo. Distintos son también los casinos, ateneos o liceos que han abandonado toda concepción anárquica y tienen un cierto aire institucional; y los conocidos zocos que suelen obedecer a criterios más cerrados.

En la tertulia, la verdadera tertulia, las conversaciones intensas, apasionadas, intensificadas por la bebida y el buen yantar, racionales y completamente absurdas al mismo tiempo, sugestivas e interesantes siempre, se desvanecen como las maderas en el fuego del hogar, sin que prácticamente nada quede al día siguiente, salvo la sensación de felicidad que se experimenta con el intercambio de ideas entre los seres humanos y la comprobación de lo parecido y lo distinto que pensamos. La tertulia como el fuego es evanescente, y quizás en eso se encuentra su inmenso atractivo.

Muchos años después de dejarse de cocer el pan, el Forn del Senyor sigue siendo un sitio de lo efímero y lo perecedero y a la vez de lo vital.

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