Timadores timados

ÁLEX SALDAÑA

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ÁLEX SALDAÑA

ÁLEX SALDAÑA

Tengo una sonrisa dibujada en la cara. Y es que a veces se dan situaciones tan rocambolescas que uno no pude menos que sonreír. Sobre todo cuando los tramposos, por una de esa vueltas que da la vida, obtienen el castigo que merecen. Es lo que me ha pasado al leer lo que ha ocurrido en algunos centros de vacunación de Grecia con la inoculación de la Covid-19. Al parecer, algunos antivacunas ofrecieron sobornos a los enfermeros y sanitarios que trabajaban en esos centros, pagándoles 400 euros a cambio de que les inyectaran agua bacteriostática (estéril) en lugar de la dosis real de la inmunización para de esa forma no someterse a la vacuna pero sí gozar de los beneficios que aporta tener el pasaporte covid. Pero hete aquí que los médicos y enfermeros, por temor a las posibles consecuencias que sobre sus carreras tendría inocular vacunas falsas, decidieron ponerles la vacuna real en lugar de la ‘aguada’ por la que habían pagado. No me digan que no hay algo de justicia poética en este embrollo. Sobre todo porque, efectivamente, los antivacunas engañados podrían ir a la justicia por haberles puesto la vacuna sin su consentimiento; sí, se trata de un acto denunciable. Claro que para ello primero deberían admitir que han pagado un soborno. Me imagino sus caras al saber que han gastado 400 euros en una vacuna que es gratis y que no querían. Y, en un acto de crueldad –lo siento, uno es así–, no puedo evitar que mi sonrisa se ensanche al imaginarles con los efectos adversos de la vacuna. Sí, eso de ver a tramposos caer en la trampa da cierta satisfacción.

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