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Tocadora arrepentida

Una señora más o menos de mi quinta, publicó hace unos días un ‘remitido’ para confesar que, cuando era niña, tocó la cola a tres mastuercillos. Y que fue un tocamiento fugaz, propio de la curiosidad infantil y por ver qué era eso

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

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ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

ÁNGEL PÉREZ GIMÉNEZ

¡Hola vecinos! En el periódico Heraldo de Soria, una señora más o menos de mi quinta, publicó hace unos días un ‘remitido’ para confesar que, cuando era niña, tocó la cola a tres mastuercillos, como un año más pequeños que ella. Y que fue un tocamiento fugaz, propio de la curiosidad infantil y por ver qué era eso. Eso, o sea: la cola. Un mecanismo natural difícilmente controlable. Un algo con vida propia, bastante sobrevalorado en el amplio espectro de la masculinidad. Un pingo que, a menudo, no da más que disgustos.  Interés no tiene mucho, pero la niña de Soria quiso saber de qué iba aquello y lo vio en tres especimencitos humanos acordes a su temprana edad y distintos entre ellos, para poder comparar. A mí, la prospección científica de aquella niña me parece muy meritoria, y la colaboración -imagino que algo apabilada- de los pequeños cabezones que se dejaron sopesar la cola como si fuera un pez muerto, la veo francamente generosa. Hoy por ti, mañana por mí, pensarían los muy incautos.
Pero algo ha funcionado mal.  Toda una vida después, ella siente cargo de conciencia. Y ha insertado un recuadrito de pago en Heraldo de Soria para pedir perdón a los tres mangurrianes aquellos -si es que han podido sobreponerse al hecho de que una chavala les animara a sacarse el pajarito-, y poder abandonar al fin este confuso mundo terrenal cuando le toque, con la conciencia tranquila. Ve tú a saber ande andarán los mangurrianes y si se acuerdan de la niña que les analizó el pito con cierto interés científico y luego si te he visto no me acuerdo. Yo no la olvidaría jamás, pero hay mucho cabroncete desalmado por ahí suelto y sin corazón.

Toda una vida después, ella siente cargo de conciencia. Y ha insertado un recuadrito de pago en ‘Heraldo de Soria’ para pedir perdón a los tres mangurrianes aquellos

El recuadrito insertado en Heraldo de Soria el pasado 24 de marzo busca reparar ahora los posibles daños morales causados a aquellos tres gurriatos que pusieron su cola a disposición de C.G.A, a petición expresa de la antedicha, durante unos fugaces segundos y tan solo en una ocasión. Porque C.G.A. no quiere pasar a la condición de ectoplasma con semejante carga, peso, tara, rémora, crimen, culpa.  ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Habrán superado con el tiempo el hecho de que una niña solo un año mayor evaluara fríamente sus mininas? ¿Se habrán dedicado a la política, al porno, a la vida contemplativa, a la exportación del torrezno soriano? No se sabe. Lo mismo son felices y estarían encantados de enseñar de nuevo la cola a C.G.A. si ella quisiera. O igual no y los tres arrastran un traumón del veinte desde la niñez, por culpa de C.G.A.   

Bécquer no era idiota, ni Machado un ganapán. Y por los dos sabrás que el olvido del amor se cura en soledad, cantaba Gabinete Caligary en Camino Soria.  Algo de amor quizá haya por parte de C.G.A. hacia aquellos tres taruguillos de la niñez.  Quién sabe.

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