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Un día muy triste

Álex Saldaña

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Al mediodía agentes de la Policía Nacional realizaron una contundente carga contra los concentrados en la Plaça Imperial Tarraco. Foto: jaume sellart/efe

Al mediodía agentes de la Policía Nacional realizaron una contundente carga contra los concentrados en la Plaça Imperial Tarraco. Foto: jaume sellart/efe

El de ayer fue, sobre todo, un día triste. Muy triste. ¿Cómo no ha de serlo una jornada marcada por la violencia y la represión? Triste resultó ver imágenes que uno creía propias de otros tiempos –que también tenía por felizmente superados–. Que no sería una votación normal era obvio. Muy pocas cosas en este referéndum se parecían a unos comicios oficiales. De hecho, son escasas las personas que piensan que sus resultados puedan esgrimirse con solvencia ante cualquier organismo mínimamente serio. Sí, la gente sabía todo esto, pero, aun así, quería ejercer su legítimo derecho a expresar su opinión, quería meter la papeleta en la urna –tremendo crimen–. Y lo hizo dando una lección de civismo que arrancó el viernes, con la ocupación lúdica de los colegios, que continuó el sábado y que tuvo su colofón ayer, con una masiva asistencia a los centros de votación desde mucho antes de que amaneciera. E incluso mantuvo el civismo cuando entraron los policías para requisar todo lo requisable. En este sentido, resultó triste comprobar que la única ocurrencia que ha tenido el Gobierno de Rajoy para afrontar este conflicto ha sido recurrir a la represión. A la judicial y a la policial. ¡Valiente solución! ¿Acaso piensa que sólo con la fuerza bruta resolverá este asunto? Triste es corroborar que una crisis de esta magnitud nos ha pillado con unos líderes –a uno y otro lado– de escasísima altura política, unos representantes más interesados en sus posiciones personales que en sentarse a dialogar para hallar una salida política –no puede haber otra– a este embrollo. Su incapacidad debería ser motivo suficiente para que abandonaran sus cargos. Ya. Y triste, muy triste, es la herida que se ha abierto en la sociedad catalana

 

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