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Un independentista en Altafulla

Parece como si el voto de los catalanes a favor de la Constitución fuera el voto de incapacitados

Martín Garrido

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El conferenciante es de altura. Ha sido vicepresidente del Gobierno catalán con el tripartito y una persona relevante en un partido ahora radicalmente independentista. Ha sido invitado por el Centro de Estudios de Altafulla, una de esas entidades que realiza una labor muchas veces poco reconocida en la conservación y recuperación de la cultura local. Buena gente.

El tema es también de los que interesa. Trata sobre la autodeterminación de los pueblos y las declaraciones (unilaterales) de independencia. A nadie se le escapa que todo tiene que ser leído en clave catalana. La pequeña sala del Centro está llena. Veo a conocidos y a amigos.

El conferenciante empieza fuerte. Se declara, sin que nadie se lo pida, pues es obvio, ser independentista y de izquierdas. Hace unos años podría ser considerado una provocación, hoy es simplemente una moda. No hay peligro a la vista. Juega en casa. Estas afirmaciones tan íntimas suelen acercar el personaje al auditorio, ya de entrada te cae bien.

Comienza con la tesis de su conferencia. Relata ejemplos concretos. En África, Liberia en el siglo XIX y Argelia en el pasado. Especial interés tiene la independencia de Noruega con relación a Suecia a principios del XX, o la de Islandia con relación a Dinamarca. El conferenciante no puede por menos de introducir un elemento de valor en su discurso y remarca lo bien que le han ido a estos países (Estados) después de la separación.

Luego se acerca más a nuestro tiempo. Y le toca el turno a Malta (separada del Reino Unido) o las Islas Feroe (que hicieron un intento de independencia). Ya más de pasada habla de la división de Checoslovaquia (Chequia y Eslovaquia), de los Estados Bálticos, de Montenegro, de Kosovo y de Georgia. No hay tiempo para más. El mensaje es claro y sencillo, tiene algo del pensamiento de Heráclito: nada permanece, ni siquiera los Estados.

El conferenciante no es jurista, ni creo que le importe lo más mínimo. Es lo que es, un político, que tiene que transmitir al auditorio un mensaje, aunque sea a cambio de ciertas simplificaciones, o quizás más bien de ciertas omisiones. Se echa de menos que en esta enumeración de nuevos Estados no se distinga con claridad entre los que han devenido independientes mediante el pacto y los que han seguido otra vía, entre los que podían serlo según los textos constitucionales propios y los que no podían con la legalidad en la mano.

Se echa de menos (si hablamos de África actual) a Somaliland, un paria internacional, que se separó unilateralmente de Somalia, pero que fue en su día incluso un Estado reconocido por la comunidad política. Y a Nagorno-Karabaj, que lo hizo de Azerbaiyán. Y a Abjasia y Osetia del Sur que se separaron de Georgia, O a la República de Transnistria que lo hizo de Moldavia. Y a… pero también nosotros tenemos poco tiempo.

Estos “seudoestados” existen, aunque sus experiencias sean muy diferentes de las que ha mencionado el conferenciante. En todos estos “seudoestados” la población votó mayoritariamente por la independencia (en cifras próximas a la totalidad del censo) pero todos se encontraron con una negativa clara y contundente, salvo muy pocas excepciones, de la comunidad internacional. La causa era sencilla: saltarse las reglas establecidas por el derecho internacional. Pero ya hemos advertido que nuestro conferenciante no es jurista.

¿Por qué la importancia de la distinción que nuestro insigne conferenciante simplifica o quizás oculta o ignora? Vean un ejemplo. Georgia, Armenia, Azerbaiyán o Moldavia eran “repúblicas federadas” de la URSS con derecho constitucionalmente reconocido de autodeterminación. Eso fue lo que hicieron al producirse el colapso soviético. Sin embargo, cuando Abjasia (que era una república autónoma que como tal carecía del derecho de separación) pretendió lo mismo con relación a Georgia, se le denegó. Pequeñas y a su vez sustanciales diferencias en derecho internacional. Sería lo mismo si, ante una Cataluña independiente, el Camp de Tarragona declarara la independencia apoyándose en el voto claramente mayoritario de sus vecinos.

Quizás los que mejor comprendieron la diferencia fueron los chechenos. Chechenia (que era como Abjasia una república autónoma pero no federal) declaró unilateralmente la independencia sin tener un derecho reconocido a ello. Rusia, y también toda la comunidad internacional, no lo olvidemos, consideraron que se trataba de una violación del derecho internacional. Luego vino la guerra y convirtieron Grozni en la ciudad más devastada de Europa después de la segunda guerra mundial.

¿Tienen algo que ver las experiencias relatadas por nuestro conferenciante y las no mencionadas con la realidad catalana? Creo que podremos estar ambos de acuerdo en que en algo se parecen y en algo se separan. En encontrar lo común y sacar conclusiones está la clave.

El conferenciante continúa su charla sin mayores sorpresas. Alude a textos históricos legales catalanes para justificar su tesis. Pero vuelve a simplificar o quizás nuevamente a ocultar. No menciona la Constitución española, ni siquiera para negarla o para atacarla. Como si no existiera, como si los votos a favor de ella de una gran parte de la población catalana fuese el voto de unos incapacitados.

La charla entra luego en temas más concretos. En un momento intenta defenderse de una posible crítica a su postura: que se le acuse de discriminación étnica (o ideológica). Y acaba asegurando que catalanes son todos los que viven en Cataluña, sean nacidos o no aquí. Parece una obviedad o una simplificación pero ahora no oculta que “nuestros enemigos” son los que niegan el derecho de autodeterminación. Quizás, sólo quizás, omite que a éstos no les considera catalanes.

Aplausos.

Como escribía hace poco mi compañero de profesión López Burniol, sobre estos temas las ideas están claras. Todo se ha dicho. Nadie va a convencer a nadie. Sólo queda preguntar: ¿y ahora qué?.

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