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Va de fábula

Sólo dos personajes de los últimos setenta años habrían sido capaces de solucionar el problema catalán: Josep Tarradellas y Jordi Pujol

César Pastor Díez

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E n una fábula de Esopo, ante los estragos que el gato estaba causando en la comunidad de ratones, los roedores se reunieron en asamblea y acordaron por unanimidad ponerle un cascabel al gato, de manera que al oír el cascabel supieran que se acercaba el gato y tuvieran tiempo de huir. Para celebrar el acuerdo hubo fiestas ratoniles por todo lo alto, se distribuyeron raciones extra de queso y trigo. Y hubo sesiones de baile con música ratonera interpretada al piano por los grandes maestros Tom y Jerry. Pero el problema surgió al sonar la pregunta: ¿quién le pondrá el cascabel al gato? La única manera sería inyectando un hipnótico al minino, como hacen los humanos para capturar viva una fiera en la selva. Pero, claro, ese procedimiento no está al alcance de los ratones. Algo parecido ocurre ante la pandemia del coronavirus, que es, un día tras otro, la artista invitada en todos los medios de comunicación social. Se hacen cientos, miles de comentarios sobre la evolución de la epidemia, la incidencia en cada zona de España, el número de afectados y fallecidos. Es, desde luego, un tema doloroso, pero lo más triste es que se ha utilizado la pandemia como arma arrojadiza de unos políticos contra otros. Los que gobiernan dicen que todo lo hacen bien y que los de la oposición no tienen ni puñetera idea, mientras que los oponentes dicen que en ellos está la cordura y que los gobernantes son unos pazguatos. La cuestión es que ni unos ni otros tienen un cascabel para ponérselo al coronavirus. Claro está que todos estos señores viven del voto, y por conseguir un voto son capaces de decir que la Atlántida existe, que está un poco más allá de las Columnas de Hércules, que Platón, Verdaguer y Manuel de Falla solo la vieron en sueños, pero que ellos la han visto con los ojos bien despiertos. A lo mejor, lo que han visto es la isla Perejil y la han confundido con las Indias Occidentales, porque la repulsión partidista enturbia el campo de visión de estos señores.

Ahora hablemos un poco de Catalunya cuya situación política tiene un difícil arreglo. A ojo de buen cubero y visto desde el panorama histórico de los últimos setenta años, sólo dos personajes habrían sido capaces de solucionar el problema: Josep Tarradellas y Jordi Pujol. Recordemos que Tarradellas, después de su famoso grito «Ja sóc aquí!!!», coreado por la multitud en voz tónica «Volem l’Estatut!!, y él contestando en bemol «Jo també vull l’Estatut!». Y en seguida formó un gobierno de concentración con miembros de todos los partidos, pero que allí no se movía nadie sino solo el mismo Tarradellas, quien guió con mano firme la nave política catalana hasta la recuperación del «Estatut» y de las tradicionales instituciones de esta comunidad.

La pandemia se ha utilizado como arma arrojadiza de unos políticos contra otros. Los que gobiernan dicen que todo lo hacen bien mientras que los oponentes dicen que en ellos está la cordura y ni unos ni otros tienen un cascabel para ponérselo al coronavirus

En cuanto a Pujol, requiere un comentario aparte. ¡Ay, señor Pujol! El tema del dichoso 3% me ha dejado el alma sumida en un pozo de melancolía. Durante muchos años había considerado a Jordi Pujol como símbolo viviente de la honestidad política catalana; un hombre íntegro que sabía mantenerse con dignidad al margen de todas las corruptelas habidas y por haber en las instituciones públicas de Catalunya y del Estado que han convertido a España en la auténtica cueva de Alí Babá y los Cuarenta. Pujol era para mí el modelo incorruptible, inmune al virus devastador de la pandemia de latrocinio instalada en las últimas décadas en los ámbitos políticos de la pobre España en que había algo que robar o defraudar. A Jordi Pujol siempre le había considerado inatacable por ese virus maléfico. Incluso cuando alguno de sus hijos se ha visto envuelto en martingalas ilícitas, yo siempre mantenía al viejo Pujol apartado de toda sospecha.

Era un hombre que me caía bien por su talante campechano, por su carisma, por la simpática socarronería con que eludía cualquier tema conflictivo ante quienquiera que se lo plantease. Y que a nivel de Estado sabía pactar con la izquierda o con la derecha siempre que ello reportase algún beneficio para Catalunya. En fin, un talante que, desde luego, no ha heredado ninguno de sus sucesores en la presidencia de la Generalitat, alguno de los cuales sólo nos ha mostrado un semblante adusto y avinagrado. El saber sonreír debería ser asignatura obligatoria en la carrera política. Por ejemplo, en Estados Unidos una amplia sonrisa con una blanca dentadura puede ganar unas elecciones a la presidencia de la nación.

Recuerdo que cuando se inauguró el primer tren de alta velocidad entre Madrid y Sevilla, muchos comentaristas opinaban, no sin razón, que lo más lógico habría sido un tren de alta velocidad entre Madrid y Barcelona. Entonces Jordi Pujol, con su proverbial ironía declaró que él propondría crear una red de alta velocidad solo para Catalunya. Lo cual no dejaba de ser una boutade, como dicen los franceses, aunque Pujol calmó con ello su irritación.

Pero había olvidado que Jordi Pujol es también un ser humano y, como tal, proclive a cometer errores. Unos errores que, por lo menos yo, se los disculpo en virtud de los muchos aciertos y servicios que durante largos años este hombre ha prestado a Catalunya e indirectamente a España. Desgraciadamente vemos que la plaga de la corrupción ha hecho mella en algunos miembros de casi todos los partidos políticos. Todos tienen algo que esconder o de qué avergonzarse. Todos, excepto los que ustedes quieran. ¡Dios mío, y lo que debe de haber todavía debajo de la alfombra!, pues la sabiduría popular catalana ya sabe de antiguo que «qui toca oli els dits se n’unta».

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