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Y ahora la cultura del pacto

Lamentablemente, hoy por hoy, en nuestro país no tenemos una cultura del pacto
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Ya tenemos sobre la mesa los resultados de las elecciones autonómicas y municipales y de inmediato aparecerán por la vía indirecta los correspondientes a las diputaciones y consells comarcals, que no hay que olvidar, pues también suponen cuota de poder. Pero esta vez el panorama y los cómputos matemáticos están bastante complicados. O dicho con otras palabras, las cuentas no salen. El que se hayan terminado de una vez las mayorías absolutas en sí mismo no debe considerarse como malo. En efecto, mayoría absoluta implica al propio tiempo desprecio hacia las formaciones políticas que, necesariamente, pasan a la oposición. Y si a todo esto le añadimos aquello de que los enemigos no los tienes en el partido de enfrente sino en el tuyo propio, la complicación va en aumento.

Pero que son los pactos. Del latín pactum, desde el punto de vista más general, se trata de un convenio o tratado solemne, estricto y condicional entre dos o más partes, en que se establece una obediencia a cumplir entre uno o varios de los partícipes, establecidos en un contrato formal y en que las partes se comprometen a ejecutar ciertas acciones y recibir compensaciones de otra parte por su cumplimiento.

Pero en el ámbito político la cosa es diferente. Los pactos en política se dan con la finalidad de consolidar gobiernos en los diversos órdenes: municipal, autonómico o estatal. Hay pactos anteriores (preelectorales) y posteriores (postelectorales). Pero para ello debe existir una cultura del pacto que, lamentablemente, en nuestro país hoy por hoy, en mi opinión, no tenemos. Y añadir que los gobiernos que ejercen sin mayoría absoluta suelen tener que recurrir a los denominados pactos puntuales con las otras formaciones políticas. Y si la cultura del pacto no funciona, mal camino iniciamos. Lo veremos en las próximas semanas.

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