Djokovic : la soberbia de un serbio

El tenista ha querido servirse de su título como número 1 en su deporte y de la pretendida cuestión de que el deporte no ha de entrar en política
 

| Actualizado a 20 enero 2022 18:03
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El ministro australiano de Inmigración, Mr. Hawke, retiró el visado de entrada al país al eminente tenista serbio Nolan Djokovic. Apelada la decisión, el Tribunal Federal, por unanimidad, convalidó la sanción. Se produjo una marea de apoyo al tenista serbio por algunos de sus compañeros y desde luego por las autoridades de Belgrado y la familia del tenista. Nada que hacer.

Djokovic ha querido servirse de su título como número 1 en su deporte y de la pretendida cuestión de que el deporte no ha de entrar en política. Craso error del soberbio jugador.

En primer lugar, porque ser número 1 de un deporte no le faculta para hacer de su capa un sayo donde él quiera. En segundo, porque no se trata de política, sino del derecho a la salud que tienen todos los pueblos, y en particular el australiano, duramente castigado pro la Covid-19, y por ello, respeto a las normas que preservan de un individuo que tiene el virus. No vale el que dé negativo, que tampoco es creíble, puesto que ha mentido en sus declaraciones, orales y escritas. El virus viaja en él.

Además, Djokovic es serbio. Es un pueblo eslavo caracterizado por su soberbia. ¿Recuerda Djokovic lo que sus paisanos hicieron en Dubrovnik, hace tan solo veinte años?... Ciudad declarada Patrimonio cultural de la Humanidad.

Lector: quizás ya conoce Dubrovnik, la antigua Ragusa, hoy «la perla del Mediterráneo». O «la Atenas dálmata». Si no, se lo recomiendo: es uno de los lugares más bonitos del Mediterráneo, ahí, a dos horas de avión.

Cuando Croacia se declaró república independiente de la antigua Yugoslavia, el ejército federal serbio, compuesto por serbios y montenegrinos invadió Croacia y ocupó las alturas que dominan Dubrovnik. El 6 de diciembre de 1991–casi, ayer– por tierra, mar y aire bombardeó la indefensa ciudad. Hoy, desde el paseo que se puede hacer a lo largo de las murallas que siguen rodeando a  la ciudad, se comprueban los tejados nuevos, reconstruidos después. 

En la calle mayor, la Stradum, enlosada con piedra caliza y mármol, cerca del Palacio Sponza, se puede contemplar un vídeo de los horrores sufridos y fotos de las víctimas. La guía que me acompañaba, Iva Rodin, me estaba enseñando las fachadas, cuando pasó un avión sobre nuestras cabezas. Instintivamente se agachó: sonriendo, dijo que aún nos estaban acostumbrados al ruido de los aviones, por los serbios que en su día masacraron la ciudad.

La mayoría de los serbios es así: dominantes, duros, fríos eslavos, displicentes con los demás. El expulsado Djokovic es una muestra, pese a ser un gran tenista.

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