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Javier Marías

| Actualizado a 13 septiembre 2022 07:00
Juan Ramón Ortega Ugena
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Como lector y como editor siempre he jugado a quién de entre los escritores vivos llegaría a estudiarse en literatura. Lo que entre los adultos sería apostar por quién entraría en el canon literario. Mi principal elección entre los autores españoles fue Javier Marías. Sus primeras novelas que trascendieron fueron escritas en un estilo aparentemente sencillo, con un argumento a tenor, pero que llevaba sorpresa. Paradójicamente, siempre he tenido predilección por los autores en lengua alemana del siglo XX, que eran todo lo contrario, densos. Pero no desdeño a un Coetzee, que escribe de manera directa. Y cruda.

Mi amor por Marías duró hasta que publicó la trilogía Tu rostro mañana. En realidad es una única novela dividida en tres partes. Me desconcertó. No sé si es una obra muy inteligente, con distintos niveles de lectura, en la que su autor exhibe sus demonios de manera desdeñosa hacia los demás, con un cúmulo deslavazado de materiales, a veces grotescos, de tebeo. No se sabe en dónde acaba el autor y dónde empieza las opiniones de su protagonista. Pero tira con saña.

Mi principal elección entre los autores españoles fue Javier Marías. Sus primeras novelas fueron escritas en un estilo aparentemente sencillo, con un argumento a tenor, pero llevaba sorpresa

Marías tenía clavada una espina hasta lo hondo por el trato que durante el franquismo dieron a su padre, Julián. Mi opinión sobre Julián Marías es que era el discípulo más flojo de Ortega y Gasset, dentro de los que han sido conocidos. El filósofo que le gusta a los legos en filosofía. Lo que entienden por filosofía los profanos en esta materia. Julio Bayón, profesor de metafísica de la Autónoma de Madrid, contaba que, en cierta ocasión, Marías daba una conferencia junto a su maestro. Al acabar, don José comentó que lo que había expuesto se lo había oído a él y no lo había entendido.

Javier relataba que al hermano de su madre y a su novia los mataron los milicianos por ser universitarios y no tener callos en las manos. Sin embargo, siempre le parecieron más crueles las vicisitudes de su padre, que aunque vetado, publicaba sus libros con normalidad, daba conferencias, tenía cargos en instituciones cercanas a la Iglesia y su historia de la filosofía fue libro de texto en Preu y COU. De Julián me atrevo a decir que fue un hombre bueno. Siempre llevaba en la cara, sin retranca, una medio sonrisa.

Tenía el reconocimiento universal de los lectores cualificados, sus artículos se publicaban en los medios de mayor difusión, sonaba para el Nobel... Nunca entendí su resentimiento

En 2017 se celebró el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes. Durante ese año se le hicieron homenajes y se reeditaron sus libros. Javier Marías publicó un artículo que levantó polémica, en el que decía que Fuertes era una poeta mediocre. Me dolió esa falta de generosidad y que no fuera consciente de lo que decía de ella se podría aplicar a su padre.

En Tu rostro mañana hay un claro complejo de superioridad por el que se desprecia a los «españolitos», esa palabra que Machado aplicó con ternura. Y que actualmente emplean los acomplejados, los que van de cosmopolitas, sin darse cuenta de que el mundo está parcelado por provincianismos. El gran mundo de Javier Marías llegaba hasta Oxford y las borracheras de su claustro.

Nunca entendí su resentimiento. Javier Marías era un triunfador. Tenía el reconocimiento universal de los lectores cualificados, sus artículos se publicaban en los medios de mayor difusión, sonaba para el Nobel... Retomaré la lectura allí donde su acidez me tiró de espaldas, impidiéndome diferenciar lo literario de lo que no lo es. Su fallecimiento ha sido una muy mala noticia. Descanse en paz.

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