Opinión

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Este Ítaca de hoy se escribe desde un salón de té de Pierre Hermé que hay en la Gare de Lyon. En una hora saldrá el tren en dirección a Barcelona. Seis horas y media en las que se cruza todo un país de norte a sur. Las planicies del centro y la meseta de l’Aubriac. Dejas a un lado el macizo del Mercantur que da paso a los Alpes en Grenoble. El Mercantur, la montaña de todas las leyendas en Francia. Los lobos del Mercantur. Napoleón que regresa de Elba y consigue que las tropas enemigas se unan a él. La resistencia a los nazis y las matanzas en el Mercantour. Una montaña cortada por la mitad que se cierra con la Chartreuse y la Belladona. Se las ve de lejos cuando estás llegando a Lyon. Y luego ese Mediterráneo seco y agitado por el Mistral. La luz de los impresionistas, el sol sin paliativos, la garriga batida por el viento. Nada en esta Francia vaciada presupone a París. Su racionalidad tan hermosa, su locura y su desaliento. En realidad el país que nos separa de Europa es un universo tan propio que ni en cien años consigues abarcarlo. Los modos propios, los usos, la pronunciación correcta, el toque de sal, el toque de mantequilla, el toque de vino. Francia es como el Boeuf Bourguignon, necesita macerarse mucho tiempo. Es un país al que puedes odiar, pero que cuando lo dejas te ata las lágrimas en la garganta hasta que regresas.

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