La belleza de la Covid

Puesto que dentro de unos meses toda la población habrá pasado la Covid, sería bueno que se comentara más y mejor que esta enfermedad nos brinda una oportunidad de mejora en nuestras vidas. Desperdiciarla sería de necios

| Actualizado a 22 enero 2022 18:53
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Ahora que parece acentuarse el monstruo de la Covid y que se ha decidido disolverla por intereses económicos (es insostenible confinar a los ciudadanos por más tiempo sin hundir la economía), podemos retroceder tan sólo a hace veintitantos meses y comprobar cómo, cuando todos nos asustamos por la amenaza de un extraño virus, afloró un sentimiento colectivo casi romántico, bello, expresado de diversas maneras: La canción Resistiré convertida en himno de rebeldía y supervivencia, los aplausos de cada tarde lanzados hacia los sanitarios, los esfuerzos por enseñar y aprender on-line, que es la peor forma de hacerlo, y el sufrir por nuestros mayores que en las residencias caían sin remedio, entre otras expresiones de unos sentimientos agudos no exentos de belleza.

Se llegó a decir que el mundo cambiaría tras la pandemia. Ilusión vana. El mundo está condenado al pervivir de nuestros defectos, egoísmos y envidias. Y a despreciar las oportunidades para avanzar. Progresa la tecnología pero el mundo de las emociones y sentimientos se mueve a paso de tortuga. El bienestar lo fijamos cada vez más en sensaciones que en impresiones, todo un engaño que para muchos es suficiente. La búsqueda de la felicidad se fija en exceso del goce de bienes materiales. 

Los que caen enfermos de Covid, en Catalunya más de 50.000 ciudadanos se incorporan a la baja cada veinticuatro horas, descubren que hay mundo más allá de la cotidianeidad y que esta enfermedad no es ninguna tontería. Nos habíamos acostumbrado a tener leves alteraciones de salud solucionadas con alguna gragea y de repente un virus invisible nos tumba a casi todos en el confín de nuestro universo –la vivienda- para dejarnos derrengados, abatidos y agotados. 

Parece como si se nos brindara la oportunidad de resetear nuestras maneras de vivir la vida porque escuchamos a un ruiseñor que canta lejano o nos asombra el amanecer de cada día, con sus juegos de luces y colores. Los pequeños placeres de la vida. El sentido poético de la sencillez. Y, sí, la covid nos hace aflorar una belleza olvidada y nos llama estúpidos por haber enterrado parte de nuestras sensibilidades más exquisitas, y parte de la esencia de nuestra manera de ser y vivir. 

La vorágine del día a día que regresará a nuestras vidas tras pasar el batacazo de la enfermedad (que en los casos de benignidad es más violento de lo que se cree) nos invitará a regresar a los viejos vicios a las inutilidades o, cantaba Bécaud, a la absurdidad que nos envuelve. ¿Por qué diablos no aprendemos casi nunca? ¿Por qué las rutinas y el entorno son tan poderosos y nos fijan un actuar que en el fondo no es el nuestro? Los psicólogos tienen tema para perder el tiempo en lo que los taoístas llaman el wu-wei, es decir que somos como pelotas de ping-pong en un torrente de aguas bravas en donde para flotar y sobrevivir hay que acomodarse a la corriente. Nos adaptamos a la imposición del entorno, sí, pero debiera ser sin perder nuestra personalidad. Sentirse a gusto con ella y desarrollarla forma parte de las acciones bellas que podemos brindarnos en esta vida.

Puesto que dentro de unos meses toda la población habrá pasado la Covid, sería bueno que se comentara más y mejor que esta enfermedad nos brinda una oportunidad de mejora en nuestras vidas. Desperdiciarla sería de necios.

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