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El gran problema de la desigualdad

| Actualizado a 26 octubre 2022 07:00
Cándido Marquesán
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La aparición de estudios sobre la desigualdad y sus secuelas de exclusión y pobreza en el mundo y en España, que van a más, se han convertido en noticia cotidiana. Los realizan ONGs, entidades financieras, medios, universidades... Los medios tratan de encontrar un titular impactante al publicar tales estudios. La reiteración los hace irrelevantes. Y estos números son los números de la vergüenza para un Estado en cuya Constitución está el artículo 1.1 «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad...». Decía Adam Smith: «Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados».

Cada vez nuestras sociedades se han vuelto más desiguales. La responsabilidad es de la implantación del neoliberalismo, el cual afirma que no tiene alternativa. Y hay responsables, Margareth Thatcher y Ronald Reagan. Y aquí en esta España nuestra tienen acérrimos admiradores. Pero naturalmente que hay alternativas. Citaré una. La descrita por el economista británico Anthony Atkinson, Premio Nobel de Economía en 2012, en su libro del 2016 Desigualdad: ¿qué se puede hacer? El título es muy claro. Presenta 15 propuestas para corregir la desigualdad. Sobre ellas hablaré en otro artículo. Hoy lo haré sobre las terribles secuelas de la desigualdad, fijándome en el libro Cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo (2019) de los ingleses Richard Wilkinson y Kate Pickett, expertos investigadores sobre el tema, ya que en el 2009 publicaron otro, Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva.

Dividiré las secuelas en 5 apartados:

1. La desigualdad agrava los problemas sociales. Numerosos estudios internacionales confirman que las mayores diferencias de ingresos aumentan el predominio de casi todos los problemas derivados de la posición social (los más comunes entre los pobres). La salud se deteriora en los niveles más bajos de la escala social y es en general peor para la mayoría de la gente en las sociedades más desiguales. Lo mismo con la violencia (medida por la tasa de homicidios), los índices de embarazo adolescente, malos resultados escolares, el abuso de drogas, la enfermedad mental, la pobreza infantil, la tasa de encarcelamiento y la obesidad.

Siendo tantas y tan graves las secuelas de la desigualdad, sorprende que no se tomen medidas para corregirla

2. La desigualdad afecta a la mezcla social. Los países con mayores diferencias de ingresos suelen tener menor movilidad social. La gente tiende a permanecer en la clase social que ha nacido, porque las mayores diferencias de ingresos fortalecen las barreras de clase, la rigidez de la jerarquía social y la desigualdad de oportunidades. Los matrimonios entre personas de distintas clases sociales son menos frecuentes cuando las diferencias de ingresos son mayores. En el mismo escenario, la segregación por barrios entre ricos y pobres también aumenta.

3. La desigualdad afecta a la cohesión social. Allí donde la desigualdad es mayor, la vida comunitaria se debilita y los niveles de confianza interpersonal disminuyen, sin duda porque el estrés que produce la ansiedad por el estatus nos lleva a eludir el compromiso social. Y para paliar esa ansiedad la gente recurre cada vez más al consumo de alcohol y drogas para poder estar relajado ante otros.

4. La desigualdad aumenta la ansiedad por el estatus. El querer mantener o aparentar determinado estatus genera trastornos psicológicos. La ansiedad y la depresión se disparan cuando la gente tiene que luchar contra la baja autoestima. Menos predecible, aunque observable en algunas investigaciones, es el aumento de los índices de esquizofrenia y de síntomas psicóticos en los países más desiguales. El vínculo entre desigualdad y enfermedad mental se ha confirmado científicamente. Existe la tendencia a responder al crecimiento de la amenaza de evaluación social alardeando de los méritos propios, en lugar de adoptar una actitud modesta. Se observa claramente en el aumento de los niveles de «vanidad» en las sociedades más desiguales. En los EEUU con el crecimiento de la de’sigualdad ha aumentado la incidencia del narcisismo.

«La Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales», como advierte Tony Judt

5. La desigualdad potencia el consumismo y el consumo ostentoso. La prueba de que las mayores diferencias de ingresos elevan nuestra preocupación se observa en la importancia del dinero y el consumismo. Como la gente tiende a usar el dinero para demostrar lo que vale, el aumento de la ansiedad por el estatus significa que el dinero se vuelve mucho más importante en las sociedades más desiguales. Todo el mundo trabaja más horas, se endeuda más y tiene más posibilidades de arruinarse. El consumo ostentoso con el consiguiente daño medioambiental crece en las sociedades más desiguales.

Siendo tantas y tan graves las secuelas de la desigualdad, sorprende que no se tomen medidas para corregirla. No solo no se corrige, es que cada vez se incrementa. No obstante, conviene mirar hacia atrás. La desigualdad fue alta hasta la década de 1930, momento a partir del cual comienza una larga fase de disminución hasta la década de 1970. A partir de 1980, o un poco después en algunos países, la desigualdad aumentó de nuevo, de manera que a inicios del siglo XXI algunas sociedades se encuentran en unos niveles que no se conocían desde la década de 1920. Esta pauta general refleja el fortalecimiento y debilitamiento posterior del movimiento sindical y de la ideología política que le acompaña, la socialista. Si tomamos como referencia el porcentaje de trabajadores afiliados a los sindicatos como símbolo de la fuerza sindical como contrapoder social, la relación con la desigualdad es evidente. A mayor sindicación, menos desigualdad; a menor sindicación, más desigualdad.

Termino con una advertencia de Tony Judt extraída de su libro Sobre el olvidado siglo XX. «Las reformas sociales de la posguerra en Europa se instituyeron en buena medida como barrera para impedir el regreso de la desesperación y el descontento. El desmantelamiento de esas reformas sociales, por la razón que sea, no está exento de riesgos. Como sabían muy bien los grandes reformadores sociales del siglo XIX, la Cuestión Social, si no se aborda, no desaparece. Por el contrario, va en busca de respuestas más radicales».

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