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¿Sabe usted firmar?

| Actualizado a 07 noviembre 2022 07:00
Martín Garrido Melero
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La mayoría de nosotros tiene una idea equivocada del valor de la firma. Todos firmamos, pero, ¿sabemos qué hacemos?

1. Las nuevas firmas

Las nuevas tecnologías han hecho aparecer la firma digital como una alternativa paralela a la firma autógrafa. Cada vez con más frecuencia los documentos transmitidos por la red son firmados electrónicamente. Sin ir más lejos, todos los días firmo, en el ejercicio de mi profesión notarial, de las dos formas; y las dos valen lo mismo desde el punto de vista legal, produciendo en consecuencia los mismos efectos. Sobre la firma digital habría mucho que decir, y es preferible dejarlo para otro artículo, aunque no son tan diferentes como se pretende los dos tipos de firmas.

2. Firma y nombre

Hay todavía personas que no saben firmar. Sospecho que muchas personas que estampan su firma no saben escribir, o saben, pero muy rudimentariamente. Se trata siempre de personas mayores, con lo que es seguro que una vez desaparecida toda esta generación todos sabremos firmar. Por otra parte, las personas que no saben escribir, pero quieren firmar, suelen intentar que su firma sea su propio nombre y hacen para ello un esfuerzo innecesario, porque cualquier garabato puede ser una firma si uno la considera como tal. Firma y nombre (expresión del nombre) son dos cosas completamente distintas.

3. Firma habitual

Una de las características de la firma es su habitualidad. Debe utilizarse siempre la misma si queremos que sirva como tal. Pero ninguna firma es igual, depende de la hora del día, de la prisa, del humor y del paso del tiempo; aunque toda firma tiene algo que la hace individual y personalísima, perdurando a lo largo de los años. Ahora bien, no siempre somos fieles a esta regla y solemos encontrarnos con personas que utilizan distintas firmas para unos actos que para otros, lo cual no deja de generar algún problema administrativo. Y luego, aparecen las llamadas medio firmas, que es como firmar, pero con menos ganas.

Debe utilizarse siempre la misma si queremos que sirva como tal. Pero ninguna firma es igual, depende de la hora del día, de la prisa...

«Mire, usted, la firma de este documento es falsa», le decía un día a una persona, que sorprendido me preguntaba: «¿Y cómo lo sabe?». «Fácil, porque es exactamente igual a la que figura en este otro, firma que reputo como auténtica». Ninguna firma es exactamente igual.

4. Firma y consentimiento

La firma suele asociarse a la ratificación de una operación o de un negocio. Cuando las partes redactan un contrato, se firma al final (y generalmente en todas las hojas) como señal de que se está conforme y de acuerdo con lo expresado en el mismo. Ello lleva a considerar que firma y consentimiento es lo mismo. Es un error habitual. Al igual que firma y expresión del nombre son distintos; firma y consentimiento operan en distintos planos y no pueden ni deben confundirse.

Un documento puede estar firmado y sin embargo no estar consentido por el que lo firma. Falta que puede obedecer a muchas razones: no se ha leído y se ha firmado sin más, se ha leído pero no se ha entendido (intelectualmente), se ha firmado forzado por un tercero y contra la voluntad del lo que ha hecho, se ha firmado por alguien que carece de la aptitud mental mínima para comprender el alcance de dicho acto. Lo mismo ocurre en la firma digital, pero aquí se añade el riesgo de que las claves sean utilizadas por un tercero distinto del sujeto al que se le va a imputar la firma.

Ya hemos visto que hay personas que no saben firmar y, no obstante, pueden perfectamente consentir. Por otra parte, que se sepa firmar no quiere decir que se pueda. Hay ocasiones en que la persona padece algún tipo de enfermedad física (o incluso mental) que le impide hacerlo, sabe, pero no puede, e igualmente pueden consentir (y lo hacen) sin ningún problema. Firma y consentimiento son dos cosas completamente distintas.

5. Firma falsa

Aunque a ustedes les pueda parecer extraño, circulan cantidad de documentos en que la firma es falsa, es decir, no ha sido realizada por la persona a la que se la va a imputar sino por un tercero. Muchos más de lo que pueden imaginar. A veces, se trata de falsedades ‘de buena fe’ (si pueden llamarse así). El gestor que no quiere molestar a sus clientes para el certificado de un acta de junta y como conoce sus firmas la imita; la hija que ‘firma’ los papeles de su madre, que ni quiere ni puede hacerlo debido a su avanzada edad. A veces, la cosa es más seria y tiene más trascendencia.

6. Firma, rúbrica, signo y sello

Es muy habitual confundir la firma con la rúbrica. A veces, son indistinguibles. A veces, especialmente cuando se firma con signos ortográficos (como, por ejemplo, con el nombre), son claramente distintas. La rúbrica, de origen italiano de principios del Renacimiento, es una floritura añadida a la firma. A los mediterráneos nos gustan estas florituras, que no existen en otras culturas. Un alemán o un sueco firma pero no rubrica, ni sabe lo que es.

Umbral, que era un buen escritor, pero un indocumentado en muchos temas, se murió sin saber la diferencia entre firma y signo

Cuando los Emperadores romanos querían publicar una ley impregnaban su anillo en tinta y lo estampaban en el documento. Eso no era la firma, sino la expresión de un signo de autoridad que convertía en norma lo escrito. De aquí, en época posterior, surgió el sellado de los documentos y el signo (que todavía conservan los notarios cuando autorizan los documentos y que añaden a su firma). Nada de todo esto se puede confundir con la firma, porque obedece a otras finalidades. Umbral, que era un buen escritor pero un indocumentado en muchos temas, decía que los notarios firmaban como Carlos I. Se murió sin saber la diferencia entre firma y signo.

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