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El Carme de Reus redescubre los lavaderos que «continúan en pie porque los defendimos»

Mostrar el patrimonio del barrio. Los vecinos impulsan nuevas visitas sobre comercios y el Refugi

M. PÉREZ

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Un instante de la ruta que se llevó a cabo ayer, al paso por los lavaderos de la Patacada. FOTO: ALBA MARINÉ

Un instante de la ruta que se llevó a cabo ayer, al paso por los lavaderos de la Patacada. FOTO: ALBA MARINÉ

«Antes, se traía aquí la ropa sucia y se dejaba toda la noche a remojo en agua y jabón. Al día siguiente, la de color se tendía pero las prendas blancas se volvían a dejar en lejía». Así les explicaba ayer la guía, Coia Guiu, el funcionamiento de los lavaderos de la Patacada a la quincena de personas que se animaron a redescubrir algunos rincones del barrio del Carme en una de las visitas que impulsa la Associació de Veïns L’Harmonia. La entidad ha puesto en marcha un nuevo ciclo de rutas para «conocer a fondo y aprender a valorar todo lo que tenemos, aunque no siempre sepamos que está», tal como explica su presidente, Josep Machado.

Los lavaderos fueron solo una parada de un circuito que arrancó desde la Confitería Poy, «uno de los comercios históricos de la ciudad y que está dentro del barrio», y que también pasó por el Refugi Antiaeri de la Patacada para concluir, más de dos horas más tarde, en el Ayuntamiento. Y es que el Palacio Municipal alberga estos días el Gegant del Pepitu de l’Arena, estrenado este año en homenaje al activista y promotor cultural Josep Cases.

Esos lavaderos «son del siglo XVIII» y «antes, había habido otros, que estaban situados al lado del cuartel militar, pero la proximidad entre militares y mujeres, en aquella época, trajo problemas y se derribaron». Guiu, que habitualmente dirige los talleres de L’Harmonia del Carme y ahora también conduce esta iniciativa, detalló ayer a los curiosos participantes en la visita que «los lavaderos eran un lugar de socialización de las mujeres», por aquel entonces encargadas de esta tarea que «no era nada fácil, entre otras cosas, por el peso de la ropa mojada».

Los lavaderos, «tenían sus protocolos» y «por ejemplo, y aunque aquí al menos no vemos restos de que se hiciese, en otros lugares la ropa de personas que habían estado enfermas se ponía por separado y se escaldaba». También «estaban regulados, tenían sus ordenanzas» para cuestiones peculiares como «las peleas que pudiera haber: a la primera se daba un aviso y, a la segunda, correspondía multa», tal como relataba ayer Guiu. Más tarde, «con la llegada del agua corriente a las casas, este espacio se acabó quedando obsoleto».

Algunas de las personas que seguían su explicación recordaron que los lavaderos de la Patacada «podrían no existir ya, podrían haber sido derribados, y el Refugi Antiaeri tapiado, pero los vecinos defendimos que se quedaran como están».

La ruta finalizó saludando al Gegant del Pepitu de l’Arena, que «mide más de tres metros y pesa alrededor de 30 kilos, hecho de fibra de vidrio y del cual solo existe un único molde que no permite que haya más reproducciones», y que recuerda la figura de un histórico del barrio «muy amable y muy conocido por las meriendas que hacía para los niños del asilo».

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