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El escritor patafísico

Pablo Martín Sánchez (Reus, 1977) es traductor, profesor, novelista y único español miembro de Oulipo, el célebre y selecto grupo de escritura con trabas donde estuvieron Duchamp y Calvino

Raúl Cosano

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Pablo, en la biblioteca del Institut Pere Mata, donde se documenta para otra novela. Foto: Alba Mariné

Pablo, en la biblioteca del Institut Pere Mata, donde se documenta para otra novela. Foto: Alba Mariné

Pablo Martín Sánchez tiene que explicar muchas veces qué es Oulipo. No es una escuela, ni una corriente, ni una vanguardia. Es un grupo de experimentación literaria formado a principios de los 60 por escritores y matemáticos franceses. «La base es que para escribir lo mejor es ponerse obstáculos, trabas. Los oulipianos pensamos que no hay nada más aburrido que explicar una historia yendo de A a B. Creemos que la línea curva, la perífrasis, suele ser más interesante para el lector que el sota caballo rey», cuenta Pablo. En 2014 fue seleccionado para ingresar en ese reducido grupo. 

Es el primer español que lo consigue y el segundo en habla hispana, después de que ese mismo año lo lograra el argentino Eduardo Berti. «Fue un honor absoluto», reconoce este novelista reusense devoto de Georges Perec. Por el literato galo, también un referente en las técnicas de Oulipo, aprendió francés en un año en París que lo cambió todo. Allí forjó Pablo su camino literario, después de haberse formado en arte dramático. «De alguna manera son ramas de una misma voluntad. En el Institut del Teatre me di cuenta de que me gustaba mucho la escritura. Ahora veo que el teatro me ha servido para el diálogo, para la música de la palabra». 

Pero volvamos a la semilla de Oulipo, ese grupo al que en 60 años sólo han ingresado 41 miembros, la mitad de ellos ya fallecidos. Pablo forma parte del colectivo en el que han militado tótems de la pluma como Italo Calvino o Marcel Duchamp: «Mi estancia en París fue el punto de inflexión definitivo. Me permitió entrar en contacto con el Oulipo. Yo quería leer a Perec y aprender francés». 

De Cortázar a Orwell
Toparse con el autor de ‘La vida instrucciones de uso’ fue algo así como una epifanía, aunque Pablo rescata otras. Se recuerda llorando tras leer ‘Instrucciones para subir una escalera’, de Cortázar («me impactó cómo trabaja el concepto de lo infraordinario») o, con 19 años, dejando su entrenamiento como atleta y leyendo sobre la colchoneta ‘Homenaje a Catalunya’, de George Orwell. 

En Oulipo manda la pasión por el detalle. Este taller de literatura potencial sigue algunos ejemplos de libro: escribir una novela sin usar la letra ‘a’ o hilvanar un poema siguiendo métodos matemáticos. Es fijar una regla, establecer un marco y crear a partir de ahí. «El Oulipo propone nuevas formas y estructuras para seguir alimentando la historia literaria. Sin marco, lo que tenemos es literatura automática y surrealista. Muchas veces se confunde el Oulipo con eso, pero es todo lo contrario, es el antisurrealismo. Nosotros decimos que es más libre el que conoce las cadenas», cuenta Pablo, y pone un ejemplo: «El soneto es una constricción, pero se ha institucionalizado. Nosotros seguimos un poco eso». 

Hay algunas obras maestras fundacionales. Una de ellos es el libro ‘Cien mil millones de poemas’, de Raymond Queneau, uno de los fundadores. El libro propone 10 sonetos cuyos versos son intercambiables y riman entre sí, dándose así hasta 100.000 millones de combinaciones posibles: «Se mezcla literatura y matemáticas, uno de los ejes de Oulipo. Es un libro inagotable. Si quisieras leer todos esos poemas, tardarías 200 millones de años de lectura ininterrumpida. Es un libro que no ha podido acabar nadie, ni siquiera la humanidad entera habría tenido tiempo para ello». 

El Oulipo entronca, en parte, con la patafísica, una especie de ciencia paródica dedicada «al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones». «La patafísica ocupa un lugar histórico. El Oulipo no surge del colegio de patafísica, pero sí pertenecían a él miembros fundadores. Es la ciencia de las excepciones. Pienso en Perec y en el concepto complementario de la constricción. Es algo que los oulipianos tenemos en cuenta mucho: la regla pero también la posible transgresión de ella, y eso es patafísica pura». Boris Vian, Umberto Eco o Fernando Arrabal han sido patafísicos. «Soy miembro del Collège de Pataphysique, pero no activo», recalca Pablo.  

Ejemplos oulipianos, más rotundos o menos, hay muchos y Pablo los usa en su producción. En su segunda novela, ‘Tuyo es el mañana’ (Acantilado, 2016) Pablo ha usado una sextina –una composición poética medieval– para organizar los capítulos. «He empleado una variante a la que he llamado trencina. Alguna vez te llega algún comentario de un lector que ha detectado el juego, pero no lo hago para eso», cuenta Pablo. 

Las restricciones formales, estructurales o sintácticas que puede establecer una regla oulipiana son sólo herramientas para armar una historia que puede seguir derroteros convencionales. A eso ha jugado Pablo Martín Sánchez en su lanzada carrera editorial. Asombró a la crítica y al público con ‘El anarquista que se llamaba como yo’ (Acantilado, 2012), una novela que convenció al reputadísimo editor tarraconense Jaume Vallcorba, que le quiso de inmediato en su sello. ‘Tuyo es el mañana’ fue la segunda parte de una trilogía que culminará en un tiempo, con su tercera y última entrega, que ahora está escribiendo. 

Las tres obras parten de un juego, eso sí, nada oulipiano, sino de autoficción, en una suerte de biografía mínima. «Necesito anclar o partir de algo propio, algo biográfico, aunque luego nunca hable de mí. La primera novela partió de buscar mi nombre en Google y ver que hubo un anarquista que llevaba mi nombre, la segunda gira alrededor del día en que yo nací y la tercera será una distopía ambientada en Reus, mi ciudad». Por eso estos días se documenta en la biblioteca del Pere Mata. 

Pablo, que es profesor de novela en el Ateneu Barcelonés y de traducción en la Pompeu Fabra, bebe de las constricciones del Oulipo pero también del entretenimiento: «También soy amante de los libros que se devoran, de los relatos de aventuras, de Julio Verne o Alejandro Dumas. Esa es la literatura que nos hizo lectores». 

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