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‘Bela’ Sidi Mohamed: «Cada uno tiene su mochila, la mía me hace más fuerte»

Educadora de educación especial

NORIÁN MUÑOZ

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Bela en el Diari. La conocimos por la iniciativa @heroinesanonimes de Instagram. FOTO: FABIÁN ACIDRES

Bela en el Diari. La conocimos por la iniciativa @heroinesanonimes de Instagram. FOTO: FABIÁN ACIDRES

Lehbela (’Bela’ para familia y amigos) cuenta que cuando la gente la conoce nunca sabe dónde ubicarla: «Soy una mulata que habla un catalán de pueblo», dice. Lo que suele llevar a la pregunta: ¿de dónde eres? Una interrogante que en realidad esconde otra: ¿cómo llegaste hasta aquí?

La respuesta no es fácil ni corta. Nació hace 28 años en un campo de refugiados saharauis en el desierto. Es la penúltima de siete hermanos y vino por primera vez a Catalunya con 6 años, a pasar el verano con una familia de acogida en el marco del programa Vacances en Pau.

A los pocos días sus padres (sí, Laura y Santiago, los de aquí, los de Xerta, son sus padres) se dieron cuenta de que tropezaba continuamente y se caía. Chocaba contra los cristales y hacía gestos extraños con los ojos.

La llevaron al médico a Tortosa y el diagnóstico fue que tenía unas cataratas congénitas que comprometían casi por completo la visión. Si no la operaban en tres meses se quedaría ciega.

Tras el papeleo para que su familia biológica autorizara el procedimiento, la operaron en el Sant Joan de Déu. «Mi madre dice que fue como volver a nacer», explica. Recuerda las sensaciones de ver por primera vez su reflejo en los espejos, la playa, los juguetes...

Y así fue como en lugar de quedarse ese verano estuvo recuperándose hasta abril del año siguiente. Ganó peso (al llegar sólo pesaba 15 kilos) y desarrolló un apego que llega hasta hoy. Todo era nuevo; todavía recuerda a su padre cogiéndole las manos cuando le dieron su primera ducha, o como se las ingeniaban para que pudiera dormir en una cama, porque hasta entonces siempre había dormido en el suelo. Bela volvió al campamento con 12 kilos más, dos pares de gafas y mucha ropa.

Laura, Santiago y sus hermanos nunca perdieron el contacto, seguían pendientes por teléfono de si comía, de si usaba las gafas... Al año siguiente Laura y una hermana (de aquí) fueron a visitarla al campo de refugiados y descubrieron que ya no había ni rastro de las gafas ni de la ropa, mientras en la casa tenían una tele y otras cosas «más importantes». Lo habían vendido todo... Y Bela había adelgazado y perdido los progresos que había hecho.

Ella cuenta que no tiene muchos recuerdos del campamento, en parte por la ceguera. Recuerda el calor, el frío extremo y el hambre. «Allí la costumbre es que primero come la madre y luego los hijos. Es la ley del más fuerte. Si eres más lento es cosa tuya».

Después de aquella visita el siguiente reencuentro fue de lo más azaroso. El siguiente verano, en lugar de llegar a Catalunya aterrizó en Irún (Guipúzcoa, País Vasco) junto a un grupo de niños refugiados con alguna discapacidad. Le costó días hacer entender a una monitora que ella no tenía que estar allí. Su familia le había regalado una camiseta con los teléfonos y correos de todos. Ellos también la estaban buscando.

Al final pudieron reencontrarse y Bela ya no volvió al campo de refugiados. Tampoco se habla con la familia biológica. La razón oficial fue que se quedaba aquí para seguir tratamiento médico.

El proceso legal ha sido largo y complicado. Tardaron años en darle un pasaporte argelino, «a los saharahuis nadie nos reconoce». A los 19 años consiguió por fin el NIE permanente después de trabajar «los 365 días de aquel año». Todavía no tiene la nacionalidad. Es imposible no hablar con ella de los menores extranjeros no acompañados. Cree que son carne de cañón de los gobiernos pero nadie se ocupa de ver de qué horror se están escapando, de si en su casa les alientan a salir o, simplemente, les han abandonado. Y rompe una lanza por quienes están aquí trabajando con ellos, «sin medios ni condiciones».

Hasta venir a España Bela nunca había ido a la escuela, «no esperaban nada de mí». Pero lo cierto es que no tuvo problemas para seguir los estudios primero en Xerta y luego en la escuela de Sant Pere i Sant Pau. De hecho, prácticamente nunca ha dejado de estudiar. Ha cursado ciclos de formación profesional de atención sociosanitaria, educación infantil, integración social y ahora está haciendo uno de auxiliar de enfermería, además de estudiar fotografía. Trabaja como educadora de educación especial, «un trabajo que me encanta, todo es un reto y es increíble ver cada avance». Cree que su vivencia la ayuda en su trabajo. «Cada uno tiene su mochila, la mía me hace más fuerte», dice.

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