Castillos, de baluartes de defensa a atractiva ruta turística

Desde palacios a fortalezas templarias, salpican todo el territorio.

Gloria Aznar

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El Castell de la Suda se alza en Tortosa, en el Baix Ebre. Foto: Joan Revillas

El Castell de la Suda se alza en Tortosa, en el Baix Ebre. Foto: Joan Revillas

Cuenta la leyenda que la noble musulmana Abd-el-azia, hija del valí de Siurana, había jurado que no vería el triunfo de los sitiadores cristianos sobre la pequeña villa. Tiempo después de esta promesa sucedió que Add-el-azia celebraba un banquete en sus aposentos cuando una flecha entró por la ventana y se clavó en una mesa. La joven, aterrada, abandonó los salones y corrió hacia las cuadras, donde espoleó a su montura -un caballo blanco- con la que se arrojó al vacío por un precipicio cercano con tal efecto que todavía hoy, siglos después de aquella épica acción, se puede contemplar la huella de uno de los cascos del animal.

Obviamente se trata de una leyenda sin base documental de uno de los últimos focos de resistencia musulmana en Catalunya, el de Siurana de Prades, que poseía una fortificación que era un establecimiento militar construido hacia el siglo IX. Su conquista por parte de Ramón Berenguer IV fue planificada antes que las de Tortosa y Lleida, pero no se pudo completar hasta 1153. Entre otros usos, sirvió como dote para las reinas catalanas, con el objetivo de garantizar pactos y también como cárcel de personajes de cierta categoría. 

El Castell del Catllar es sede del centro de interpretación de las fortaleza del Baix Gaià.  Foto: Aj. del Catllar

El de Siurana es uno de los muchos castillos que salpican Tarragona, edificaciones que a lo largo de la historia han servido de bastiones de defensa y de resguardo de atacantes y conquistadores. Con el tiempo, ya caduco su cometido inicial, constituyen una ruta de gran atractivo turístico. Algunos todavía persisten entre verdes parajes. Otros han quedado engullidos por las poblaciones circundantes. 

Entre los mejor conservados se encuentra el del Catllar, erigido sobre un meandro del río Gaià, encima de los restos de un poblado fortificado de la edad del hierro (siglos VII-V aC). Entre otros, la fortaleza ha estado en manos de los Montoliu (1344) y los Queralt, que en 1599 se convertirían en condes de Santa Coloma, pasando por Bernat de Olzinelles, tesorero y consejero del rey Pere III el Cerimoniós. En 2002 el Ayuntamiento adquirió su propiedad, recuperando este monumento emblemático para la población, al mismo tiempo que se convertía en sede del Centro de interpretación de los castillos del Baix Gaià. Asimismo, forma parte de la Ruta de los castillos de frontera promovida por la Generalitat.

Castell de Miravet, una fortaleza templaria.Foto: Joan Revillas

En las Terres de l’Ebre destacan especialmente dos. El de la Suda, en Tortosa, y el de Miravet, edificación que albergó a los Templarios, los monjes guerreros. El Castillo de la Suda es un testigo clave del pasado andalusí de la ciudad y conserva la única necrópolis islámica a cielo abierto de Catalunya. Situado en una loma, fue construido en el siglo X bajo el califato de Abderramán III, encima de una antigua acrópolis romana. Tras la conquista de Tortosa por Ramon Berenguer IV en 1148, se convirtió en prisión. Fue propiedad de los Montcada y de los Templarios, así como la residencia preferida del rey Jaume I de Aragón. Entre sus ilustres huéspedes se encuentra también la nuera de Pere el Gran, Blanca d’Anjou. Pero además de palacio real, ha sido también el tribunal de justicia y actualmente alberga un parador de turismo.

Las huestes de Ramon Berenguer IV arrancaron los de Tortosa y Miravet de manos andalusíes.

Mientras, la de Miravet es una fortaleza imponente que domina el río Ebro. Si bien en un primer momento fue una edificación andalusí de la que aún se conservan vestigios, sobre sus restos se levantó el castillo templario, inmediatamente después de la conquista de Ramon Berenguer IV. El fortín se convirtió en la sede del Temple de Catalunya y Aragón, durante el que sería el período de más poder y esplendor de la historia de Miravet, de tal manera que a pesar de sus remodelaciones posteriores para adaptarse a los tiempos, las estructuras que han quedado son esencialmente obras de los templarios. Así, la localidad se ha convertido en uno de los mejores ejemplos de la arquitectura militar catalana de los siglos XII-XIII y un reclamo turístico de primer orden.

De tierras de caza a ricos viñedos
Otros de los castillos que se pueden visitar en la ruta por el interior del territorio son el de Vallmoll, del que se conservan el foso, una parte de las murallas de defensa, con sus saeteras, así como los restos de la antigua residencia. Mientras, en los terrenos del castillo de Milmanda, en la Conca de Barberà, donde antaño cazaron los emperadores Carlos V y Felipe II, actualmente en ellos se extiende el viñedo de Milmanda, una parcela de Chardonnay que da nombre al vino blanco de la Familia Torres. 

O el de Querol, del siglo X. A pesar de que el conjunto se encuentra en mal estado, aún conserva restos interesantes, como los de las torres circulares o arcos ojivales y en 1985 fue declarado Bien de Interés Cultural.

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