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Agencias de Tarragona ofrecen viajes a Chernóbil

Oficinas de Tarragona, Reus y Valls venden tours hasta la misma central. Crecen las consultas y el interés, a rebufo de la serie de HBO y del auge del ‘turismo negro’, todo un nicho al alza

Raúl Cosano

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Amparo Fuentes, de la agencia Azul Marino en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Amparo Fuentes, de la agencia Azul Marino en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Uno se queda a 100 metros del sarcófago, la imponente estructura de acero que cubre el reactor número 4. Pero quizás lo más impactante sea la fantasmagórica localidad de Prípiat, donde vivía todo el personal que trabajaba en Chernóbil. Está a solo cuatro kilómetros del reactor que explotó. Ahora surge en medio de la maleza como una ciudad abandonada que conserva intactos los símbolos comunistas. La estampa, apocalíptica y decadente, puede seducir a muchos, y de hecho lo está haciendo. Desde hace unas semanas, varias agencias de Tarragona ofertan este pack. «Hemos aprovechado el tirón de la famosa serie y todo el boom que se está viviendo y hemos sacado el destino. Se ha levantado mucha expectación», cuenta Pedro Béjar, el director general del touroperador Nervión, del grupo Azul Marino. 

Esa marca, con oficinas en Tarragona, Reus y Valls, ofrece en la provincia la posibilidad de viajar al centro de la mayor catástrofe nuclear de la historia. «Hace poco que lo tenemos a la venta. Hay gente que ha preguntado. Notamos que hay una cuota de mercado», cuenta Amparo Fuentes, agente de viajes de la oficina de Tarragona, que traza un perfil del eventual cliente: «Son personas de entre 35 y 45 años, normalmente sin hijos, y a las que les gusta la historia. Quieren un viaje diferente, porque vas a los puntos neurálgicos». En Reus también se ha percibido interés. «Ha venido gente a preguntar. Hemos dado más información. Es un cliente de mediana edad, que quiere un circuito organizado. No es un destino familiar», cuenta Carme Balaguer, responsable de la oficina en la capital del Baix Camp. 

En esta oferta tiene una importancia vital la exitosísima serie 'Chernobyl', de HBO. El paquete que propone esta agencia no es solo visitar Luna Park, el parque de atracciones abandonado, o Duga-3, la antigua instalación militar soviética junto a la central. El pack se llama ‘serie y realidad’, cuesta unos 1.200 euros y en los siete días, con guía, que dura el tour incluye el desplazamiento a Vilnius (Lituania), donde se rodó parte de la serie. «El viaje entra por Vilnius, donde está Ignalina, la central donde se grabó, porque es exactamente igual», indica Pedro Béjar. Este viaje programado, el primero que organiza la agencia, está previsto para octubre, aunque habría flexibilidad si llega algún interesado en ir en otras fechas. «Ofrecemos este viaje cerrado pero se podría montar también otro tipo de propuesta, para hacerlo por privado», cuenta Candela Balaguer, de la oficina de Valls. 

Una de las ofertas para viajar a Chernóbil que se pueden ver en Tarragona. Foto: Pere Ferré

Este morbo por Chernóbil se entiende en el marco del llamado tanatoturismo o ‘dark tourism’ (turismo negro). He aquí los datos: la ciudad de Prípiat, donde se sitúa la planta siniestrada, se abrió al turismo en 2011. Desde entonces, el número de visitantes anuales no ha parado de crecer, igual que la oferta turística. 

La junta de turismo y promoción de Kiev prevé recibir este año 100.000 visitantes, superando los 72.000 de 2018 y duplicando los 50.000 de 2017. Tras la serie, la ciudad que vivió el peor accidente nuclear de la historia recibe un 48% de turismo más. 

La fascinación de la muerte
Ante esto, cabe hacerse la pregunta: ¿por qué viajamos a sitios así? «Aunque viajar a lugares así asociados a la muerte no es un fenómeno nuevo, el auge del turismo como un sector económico fundamental a escala mundial ha disparado el interés por este tipo de lugares», afirma Daniel Liviano, profesor de los estudios de Economía y Empresas de la UOC. 

Desastres, destrucción, sufrimiento, tragedias y muerte. ¿Qué nos lleva a querer veranear en esos sitios? «Aunque sabemos que la muerte es el final de todo, es la gran desconocida y nos sentimos fascinados. Sabemos que moriremos pero nadie cree en la propia muerte y como individuos nos es muy difícil de imaginar», explica Francesc Núñez, sociólogo tarraconense y profesor de Humanidades en la UOC. Liviano detalla algunas de las razones que mueven al tanatoturismo: «Están los que sienten el viaje como una motivación moral o espiritual y adoptan una actitud de peregrinaje secular». Se puede visitar el escenario de un genocidio para mostrar empatía con las víctimas, recordarlas y honrarlas y dejarse guiar por una especie de sentido de deber moral. «Otros turistas no tienen ninguna motivación hacia las víctimas y simplemente visitan aquellos lugares con un deseo o una necesidad de contactar simbólicamente o emocionalmente con la muerte», considera el profesor. 

Surgen también voces críticas que cuestionan la ética y el oportunismo de este tipo de turismo

Hay otro grupo que denota interés por la historia y por la cultura y luego una «fascinación y curiosidad morbosa por la muerte, algunos de los cuales llegan a sentir lo que en alemán se llama ‘schadenfreude’», indica Liviano. Es la alegría o satisfacción por el sufrimiento o la infelicidad, una emoción muy compleja vinculada al sadismo. «Eso explica la actitud de algunas personas que visitan un lugar para celebrar, ‘in situ’, que las víctimas han recibido un castigo justo por la razón que sea». Un ejemplo es el tour Helter Skelter, de Charles Manson, en EEUU. Luego están aquellos que no tienen una motivación especial. «Es resultado de los incrementos por la demanda de los turistas o por la oferta de las operadoras», reflexiona Liviano. 

Este boom se debe abordar, desde el punto de vista académico, con una dimensión ética, como mantiene Liviano. En una época de selfies y hashtags, este debate se ha acentuado a partir de episodios como el comportamiento frívolo de algunos turistas en campos de concentración como el de Auschwitz-Birkenau o el memorial a las víctimas del Holocausto en Berlín. «Son comportamientos guiados por cálculos instrumentales, por los intereses y las emociones personales», explica Núñez.

En esta línea, muchos detractores de este tipo de turismo denuncian que Auschwitz se ha convertido en un parque temático del exterminio, «un lugar donde los turistas van a hacerse fotos sonriendo al lado del crematorio o bajo el arco con el siniestro rótulo ‘Arbeit macht frei’», dice Liviano.

Núñez, otra voz muy crítica, culmina: «Todos, agencias de viajes, ciudades y gobiernos, todos sacan provecho aunque sea desde el horizonte del sufrimiento de muchos». Para el profesor de Sociología, el efecto de la comercialización y la masificación ha producido la banalización de estos espacios, que convierten estos destinos en «un trofeo más de los individuos consumistas».   

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