Descubre las grutas más desconocidas de Tarragona

Historia. El Llorito ‘esconde’ unas espectaculares cuevas excavadas para extraer piedra. Fueron refugio en dos guerras

XAVIER FERNÁNDEZ JOSÉ

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La segunda cueva tiene unos 35 metros de ancho por 28 de fondo y 8 de alto. Pere Ferré

La segunda cueva tiene unos 35 metros de ancho por 28 de fondo y 8 de alto. Pere Ferré PERE FERRE

El sendero de acceso a las cuevas. El camino principal desemboca en el cementerio. Pere Ferré

El sendero de acceso a las cuevas. El camino principal desemboca en el cementerio. Pere Ferré

Agujeros en los que se colocaban tablones para poder extraer la piedra. Pere Ferré

Agujeros en los que se colocaban tablones para poder extraer la piedra. Pere Ferré

La cueva principal está llena de piedras desprendidas. Conviene ir con cuidado si se visita con niños para no tropezar.

La cueva principal está llena de piedras desprendidas. Conviene ir con cuidado si se visita con niños para no tropezar.

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Grafitis e inscripciones en la cueva y marcas de la cantera. Pere Ferré

Apenas a cuatro kilómetros del centro de Tarragona, la montaña del Llorito ‘esconde’ un conjunto de cuatro cuevas. Si la Cova Urbana de Tarragona horada el centro de la ciudad y se puede recorrer previa reserva en la Societat d’Investigacions Espeleològiques de Tarragona (SIET), las grutas del Llorito son de fácil acceso tras un cómodo paseo en familia.

En realidad no son cuevas naturales sino canteras excavadas por los romanos para extraer piedra. Se puede acceder desde el merendero situado cerca del santuario del Loreto o desde el parking disuasorio del cementerio. Es más recomendable esta segunda opción porque está bien indicado. Durante unos 20 minutos se recorre un camino asfaltado hasta que un pequeño sendero situado a la derecha asciende hasta la primera de las cuevas en solo 5 minutos.

La más grande tiene unos 25 metros de anchura por 35 de fondo y 12 de altura. Las paredes están llenas de grafitis, con nombres propios como Bruno, Evelin, Alberto... ‘Artistas’ incívicos que quisieron dejar constancia de su paso. No falta una pintada con un toque tristón: un tal Álex añade tras un corazón «no la tengo me parece», en supuesta alusión a su carencia de pareja. Hay piedras ennegrecidas fruto de hogueras nocturnas y numerosas rocas desprendidas. Está bastante limpia a excepción de alguna botella de plástico y una mascarilla. También hay un número de móvil pintado. Corresponde a un chico de Cáceres sin relación alguna con Tarragona. Todo un misterio.

La segunda, a pocos metros, está también pintarrajeada, pero impoluta (al menos hasta la semana pasada). Una pareja aficionada a caminar decidió celebrar su 25 aniversario de casados en el interior de la gruta. Una pequeña y pulida piedra les sirvió de altar para la celebración. Para que los invitados y el sacerdote pudieran estar cómodos limpiaron la cueva. Se llevaron seis sacos de basura con alpargatas, botellas, cristales, cuerdas, condones, papel, plásticos... Una romántica fiesta al tiempo que ecológica. La pareja solucionó al menos en parte el gran problema que tenían las cuevas: la suciedad que las envolvía.

Refugio en la Guerra Civil

El investigador del ICAC (Institut Català d’Arqueologia Clàssica) Jordi López Vilar explica que «sabemos que el lugar fue, como ya refirieron Joan Francesc Albiñana y Andreu de Bofarull en el libro ‘Tarragona monumental’ (1849), una cantera subterránea explotada en época romana y posiblemente también en época moderna. Ahora bien, saber qué partes pertenecen a cada momento histórico es una tarea aún por hacer. De entrada, la cueva situada más al norte es diferente, con las paredes y techo más regulares y con ausencia de pilares. En todo caso, son un paraje arqueológico de gran interés donde nunca se ha hecho ninguna intervención cuidadosa». La zona de la muralla más cercana al Portal de Sant Antoni y la Casa Sefus (en la Plaça del Pallol) tienen piedras de las cuevas-canteras del Llorito.

Las grutas fueron utilizadas como refugio en dos guerras, la de la independencia y la Civil. El difunto y añorado historiador Jordi Rovira narró en su día como cientos de tarraconenses huyeron a dichas cuevas la noche del 18 al 19 de agosto de 1813 cuando los franceses abandonaron la ciudad que habían conquistado a sangre y fuego dos años antes (el 29 de junio de 1811) tras un durísimo asedio de 55 días.

Lluís de Salvador, director del ‘Diari de Tarragona’ durante la II República, escribió en su libro ‘Quan la mort venia del cel’: «Al comenzar los bombardeos facciosos, una bomba destruyó la caseta de Rosa Vandellòs (una vecina del Serrallo). Decidió llevar a toda la familia a las cuevas del Llorito y allí se alojaron como pudieron».

Ocho décadas después, la actividad ‘Matins en Família’, organizada por el Ayuntamiento y el Institut Municipal d’Educació, permitió visitarlas este verano, con Agus Farré y Judith Benito, de la Cooperativa Combinats, como guías. Farré explica que «la gente había oído hablar de las cuevas, pero no había venido. Al conocerlas se sorprendían». No es extrañó. La Cova Urbana y las del Llorito son espectaculares y una visita imprescindible.

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