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El botellón: frustración y válvula de escape

Psicólogos, sociólogos y antropológos reflexionan sobre las reuniones masivas de jóvenes, una respuesta a los confinamientos, al olvido durante la pandemia y al malestar por el futuro

Raúl Cosano

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Botellón reciente en el Passeig de Sant Antoni, en Tarragona. FOTO: Pere Ferré

Botellón reciente en el Passeig de Sant Antoni, en Tarragona. FOTO: Pere Ferré

1.- Una reacción a las restricciones

«Menos mal que existe el botellón porque quiere decir que la juventud sigue ahí», asegura Gaspar Maza, antropólogo, profesor agregado del Departament d’Antropologia, Filosofia i Treball Social de la URV. «Lo políticamente correcto es decir que el botellón es negativo, pero hay que ser conscientes de que estamos en una sociedad que produce estas cosas. Es un síntoma de que afortunadamene la juventud sigue ahí, son cosas que han de aparecer porque lo que ha pasado es muy grave». 

Este investigador de la URV no cree que el botellón, tormento de las autoridades y la administración desde el verano, sea solo una manifestación lúdica sin más. «Es una respuesta en términos de rebeldía, en concreto a las instrucciones contradictorias que daban los adultos durante la pandemia.

Hemos reaccionado contradictoriamente conforme avanzaba la emergencia». «Estamos ante una reacción a tantos meses de confinamiento», indica Pau Miret, profesor de los estudios de arte y humanidades de la UOC. «Es una queja, una manera de rebelarse ante una autoridad que piensan que les ha sometido, que les ha impedido tener una cierta libertad porque los adultos les han impuesto restricciones», remata Jaume Descarrega, vocal del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya, psicólogo en el Hospital Sant Joan de Reus y profesor en la URV.

«Hay una frustración y un estrés que puede estallar por la vía de los botellones»

2.- La Covid dispara la destreza en las redes

Algunos expertos sostienen que no se puede entender la actual movilización sin el auge de los entornos y las comunicaciones telemáticas provocadas por el virus. Las redes sociales y el móvil ya existían, en muchos casos con usos excesivos, pero la Covid-19 ha permitido una destreza y un perfeccionamiento de las habilidades. «Los jóvenes tienen una gran capacidad de organización que han ganado durante la pandemia. El móvil ya formaba parte de sus vidas, pero de alguna manera se han profesionalizado en las redes. Todo el mundo, también los adultos, ha mejorado muchísimo en el mundo virtual, pero los jóvenes especialmente y lo han enfocado en el aspecto lúdico-festivo. Los botellones ya existían, pero quizás no a este nivel tan macro», explica Pau Miret. 

«Han vivido la pandemia encerrados, con las nuevas tecnologías, y nadie les ha hecho pensar en otra cosa. Se movilizan a su manera, con las herramientas que encuentran. Estamos pensando los mayores desde el siglo XX y estamos en el XXI y eso necesita una respuesta de otro tipo. El móvil es la gasolina del capitalismo», indica Gaspar Maza. Pau Miret aporta otra óptica, que echa por tierra un supuesto que alguna vez se mencionó y que tenía que ver con la sustitución de las relaciones personales por las pantallas: «Hemos visto que la parte virtual no nos llena, tanto a los jóvenes como al resto. No hay suficiente con el chat. Esa es la parte positiva». 

Enriqueta López, psicóloga infantil y juvenil en Tarragona, añade: «También influye el efecto llamada, las noticias de botellones en los medios como la televisión».  

«El ocio no es un capricho para ellos» 

3.- La necesidad del contacto físico

Hay una lectura más plana que tiene que ver con el ‘efecto descorche’, la liberalización festiva cuando las restricciones se han aliviado. «Hay una necesidad de contacto físico. Nos hemos capacitado mucho en el contacto virtual, el único posible, pero ahora hay una urgencia por quedar físicamente en un lugar determinado. Se ha visto, por ejemplo, en el ámbito educativo», comenta Pau Miret, desde la UOC. Enriqueta López habla de una «explosión», «de una necesidad de salir, de decir ‘basta de tanto control’» y cree que hay que romper una lanza a favor de los jóvenes: «Les hemos cortado su vida durante mucho tiempo y ahora intentan volver a la vida normal. Es una respuesta porque perdieron el contacto social, se les rompió y estamos hablando de una edad en la que tienes que vivir en el grupo».

Jaume Descarrega cree que «la pandemia ha sido el desencadenante pero las causas pueden ser educacionales, sociales o de cómo ellos enfocan el futuro». El psicólogo reconoce que «esta explosión a veces inadecuada responde a la necesidad de recuperar lo que ellos piensan que es el tiempo perdido» y apunta una clave: «El ocio no es un capricho para ellos. Los adultos estamos formados, pero ellos están en un momento de buscar al otro, al igual, para construir su identidad. De golpe han perdido esos espacios. Es como una olla exprés. Cuando se han levantado un poco los cierres, las salidas han sido masivas y eso puede generar una explosión. Sigmund Freud ya hablaba del peligro de las masas si se descontrolan, pero hay que tener en cuenta que en la pandemia les hemos pedido ver las cosas desde el punto de vista adulto y eso ha generado un conflicto». 

«Menos mal que hay botellones. Tienen que aparecer porque lo que ha pasado es muy grave»

4.- Respuesta a la culpabilización

También es una manera de despojarse de los estigmas que les han acompañado durante la Covid. «Ellos también son víctimas de esta pandemia, posiblemente estén entre los que más han sufrido, se les ha tenido arrinconados, casi como una clase subalterna», explica Gaspar Maza, en la URV. 

Elisa Alegre, antropóloga y profesora en la UOC y la URV, ahonda en esa línea, que tiene que ver con un cierto olvido pero también con la culpabilización que les ha caído como un sambenito en muchos momentos de la pandemia: «Las motivaciones son diversas y heterogéneas pero es evidente que por parte de las administraciones públicas ha faltado empatía con la infancia y la adolescencia. Han sido grandes afectados por las restricciones pero también muy olvidados. No ha habido una política de oferta de actividad para paliar esos daño. Tampoco podemos criminalizar a todo un colectivo». 
«Una motivación para hacer botellones es la respuesta a la culpabilización, con cierta rebeldía. A veces se ha generalizado en exceso y no se les ha tenido en cuenta», agrega Jaume Descarrega. 

«Hay un desencanto por el paro, el trabajo precarizado o el acceso a la vivienda»

5.- El desencanto y el nihilismo

«En el cúmulo de factores puede haber algo de nihilismo, de una perspectiva en la que los jóvenes reciben inputs no muy halagüeños. En cierto modo es un ‘sálvese quien pueda’, porque la visión de ellos sobre el mundo actual no es muy positiva», continúa Gaspar Maza. 

Pau Miret también menciona ese caldo de cultivo, que va más allá de la pandemia: «Hay un desencanto, porque los jóvenes se topan con un mercado de trabajo precarizado, independientemente de lo que hayan estudiado. A eso se añade el problema del acceso a la vivienda, que es cada vez más grave».  

Este punto es, quizás, el que más unanimidad suscita. «Hay una frustración enorme dentro del adolescente mayor, de 18 o 19 años. El hecho de no ver un futuro en formarse genera mucho malestar emocional, más allá del ‘estoy enfadado con el mundo’», admite Elisa Alegre, investigadora del consumo de drogas en el ámbito juvenil. 

Eventos como un botellón son un desahogo. «Estos ciclos inciertos generan cuadros de ansiedad, no solo en los jóvenes, pero también, que necesitan vehicularse. Hay mucho malestar en el consumo de drogas vinculado a una ausencia de futuro», cuenta Elisa Alegre, que cita a Oriol Romaní, catedrático de Antropología Social en la URV. «Él hablaba del trinomio sujeto, sustancia y contexto.

El hecho de consumir alcohol se puede dar en unas circunstancias concretas. Es decir, ya podemos ir abriendo las discotecas, que en la calle el joven puede encontrar un mundo mucho más libertario, pequeñas islas de libertad, muy vinculado ello al malestar emocional. Son fenómenos muy nuevos». 

Descarrega añade: «Es un indicador claro del malestar. Ahora hay que buscar espacios posibles para los jóvenes, teniendo en cuenta algo importante como padres o educadores: hemos pasado de un modelo muy autoritarista a otro muy sobreproteccionista y los límites no han quedado bien definidos». 

«Les cortamos su vida de golpe y ahora es una respuesta a eso»

6.- Sin componente político

Beber en masa en la calle es un acto festivo con fuertes condicionantes sociales pero pocos ideológicos. «Son reuniones puramente lúdicas, otra cuestión distinta es que, desde la óptica del poder adulto, queramos que estén organizadas, pero no creo que tras los botellones haya un posicionamiento en contra de las limitaciones de libertad que se han aplicado», explica Pau Miret.

«Creo que el componente ideológico es marginal. Puede haber pequeños grupos pero no creo que estén politizados, no veo una cuestión de resistencia contra el status quo, no porque no sean capaces, sino porque no creo que se haga a través de botellones», culmina Elisa Alegre.

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