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Homenaje al maestro de los antropólogos

La Universitat Rovira i Virgili invistió a Claudi Esteva doctor honoris causa a título póstumo. Un acto en el que afloraron las emociones

Núria Riu

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Berta Alcañíz, albacea de Claudi Esteva, abrazando al rector de la URV, Josep Anton Ferré.  FOTO: Pere Ferré

Berta Alcañíz, albacea de Claudi Esteva, abrazando al rector de la URV, Josep Anton Ferré. FOTO: Pere Ferré

La solemnidad y el protocolo que marcan las ceremonias de investidura de un honoris causa en la universidad tienen una emotividad difícil de explicar. Para la institución representa la responsabilidad de agrandar la lista de célebres ilustres, mientras que para la comunidad universitaria es un sendido homenaje a aquellas personas que tan a menudo les han servido como fuentes de conocimiento e inspiración. La combinación de ambos aspectos otorga un simbolismo que en el caso que nos ocupa se magnificó. Y es que la Universitat Rovira i Virgili (URV) invistió como doctor honoris causa a título póstumo a Claudi Esteva Fabregat, el maestro de los maestros en antropología de este país.

Esteva Fabregat, que falleció el pasado día 4 de septiembre a los 99 años, es considerado el artífice de la recuperación de la antropología en Catalunya. Fue un hombre que rompió la tradición, con una gran inquietud y un conversador incansable. Son algunos de los atributos que destacaron los profesores Joan Prat y Àngel Marínez que, aunque pertenecen a generaciones diferentes, ambos fueron alumnos suyos y ayer ejercieron como padrinos. 

Sus alumnos lo recuerdan como un auténtico maestro

Nacido en Marsella, Esteva Fabregat se crió en el barrio barcelonés de Sants. Fue anarquista y nacionalista. Militó en las Juventudes Socialistas Unificadas de Catalunya y, tras defender la causa republicana, se exilió a Francia, donde fue encerrado durante cinco días en un campo de concentración. Pudo marchar a México, donde llegó un 13 de junio de 1939. Allí tuvo varios oficios, incluso fue entrenador de un equipo de fútbol. Más tarde se formó como antropólogo y en 1956, tras volver a España, inició una carrera académica que primero le llevó a fundar la Escuela de Antropología y, más tarde, el Departament d’Antropologia Cultural de la Universitat de Barcelona, que dirigió hasta que se jubiló. 

Un maestro
Prats destacó su «capacidad para hacernos imaginar sitios lejanos» y el humor inglés de quien fue «un auténtico maestro». «Era riguroso, tenía potencial intelectual, te estimulaba para hacerte pensar y una pasión, carisma y capacidad de transmitir los conocimientos como sólo tienen los maestros».

Su esposa destaca que 'vivía por una ilusión utópica de cambiar el mundo'

Por su parte, Àngel Martínez incidió en sus capacidades como «excelente orador» y «mejor conversador». «Cuando tenías una tutoría siempre sabías a la hora que entrabas, pero nunca a la que saldrías», destacó.
Berta Alcañíz, como albacea del homenajeado, se coronó el birrete y recibió los atributos de esta distinción. A quien fue su esposa le costó contener las emociones al recibir una distinción, que afirmó que era «el colofón de una vida entregada por completo a la antropología». 

Alcañíz destacó principalmente la niñez y juventud de un estudioso que a los 11 años perdió a su padre, convivió con una madre que «hacía dos turnos para pagarle sus estudios» y después tuvo un padrastro que «no quería que fuera a la universidad sino que trabajara». Berta Alcañíz lo definió como «un rebelde en la adolescencia», que «se sentía más cerca de los independentistas», que «vivía por una ilusión utópica de cambiar el mundo».

'Siempre vivió obcecado pensando en hacer nuevas aportaciones'

La intervención de la hija, Mireia Esteva, contribuyó también a magnificar la trayectoria de un erudito que «vendía estopa de día y estudiaba por las noches» para poder sacarse el bachillerato y matricularse a la Escuela de Antropología. Destacó la «perseverancia» y el «sacrificio» de un hombre cuya fotografía presidía una sala con un público completamente embelesado, sintiéndose observado por uno de aquellos rostros que desprenden sabiduría.

Y es que ayer la URV homenajeó a una persona que «escribía las primeras versiones de sus artículos detrás de los tíquets de la compra», confesó su hija. Una miseria, no obstante, que no le impidió prosperar ya que «siempre vivió obcecado pensando que debía hacer nuevas aportaciones», añadía. Prueba de ello son los  300 artículos y los 23 libros que Claudi Esteva Fabregat ha dejado, y que le han valido numerosos reconocimientos a los que ahora suma el de honoris causa.

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