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La Móra sueña con lograr más autonomía de Tarragona

Los vecinos de La Móra sueñan con una EMD que les proporcione más capacidad de gestión. Admiten estar en un entorno privilegiado pero critican la falta de servicios

Xavier Fernández

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El barrio de La Móra cuenta con 2.000 vecinos censados

El barrio de La Móra cuenta con 2.000 vecinos censados

Vivir en medio de bosques y vegetación y a pocos metros del mar pero con tal carencia de servicios que la máxima aspiración de sus habitantes –al menos de los que encabezan su reivindicativa asociación vecinal– es seguir unidos a Tarragona pero con mucha más capacidad de autogestión, con una autonomía casi plena. Es la esencia de la vida en La Móra, la urbanización más alejada –once kilómetros– del centro de Tarragona y en la que residen de forma permanente 2.000 personas.
«Lo que más me gusta es que vivimos rodeados de naturaleza. Hay muchísimo pino y vegetación. No tienes la sensación de estar en una ciudad. Es un entorno privilegiado», asegura el presidente de la asociación de vecinos de La Móra-Tamarit, Francesc García, ante de entonar una larga letanía de quejas. 
Las quejas vienen de tiempos inmemoriales. «Es un mal endémico de todos, de CDC y de PSC. Y a los anteriores presidentes de la asociación de vecinos les pasaba lo mismo», dice García.

Albert Franqués, Francesc García y Lola Moro. Foto: Lluís Milian

El propio García, su compañero de la asociación Albert Franqués, la responsable de la Associació de Dones, Lola Moro, y los pocos comerciantes del barrio tienen la amarga lección bien aprendida de tanto repetirla y durante tanto tiempo.
La ausencia de un consultorio médico encabeza el memorial de agravios. Le siguen los problemas con el canal que atraviesa la urbanización, que desprende un olor pestilente y en cuyas aguas flotan desde plásticos hasta un neumático. El deplorable estado de conservación de las pistas de fútbol o baloncesto también cuenta con un lugar tristemente destacado en el listado de quejas.

El canal está sucio y desprende mal olor. Foto: Lluís Milian

Las peticiones se alargan con la construcción de una guardería, la cesión de un local para la asociación de vecinos donde poder desarrollar más actividades y otro para la Associació de Dones, que el Ayuntamiento recepcione de una vez y limpie la urbanización de Tamarit, que se incremente la limpieza de La Móra en verano, que se conserve y limpie el alcantarillado de Tamarit, que se cuiden más las zonas verdes... 
Ese malestar con el Ayuntamiento –reflejado en una revista digital consultable en la web lamora-tamarit.com– tiene una consecuencia práctica:que los vecinos sueñan con constituir una Entidad Municipal Descentralizada (EMD). Es como una especie de pequeño municipio dentro de un municipio mayor, sin independencia pero con más poder.

Las vallas de las pistas de fútbol y baloncesto se caen de puro viejo.Hay desniveles que no sólo son peligrosos sino que se encharcan cuando llueve. Foto: Lluís Milian

«No nos queremos marchar de Tarragona –advierte García–, pero sí tener una mayor autonomía económica. Si fuésemos una EMD podríamos solicitar subvenciones que el Ayuntamiento no puede pedir. No vamos contra Tarragona. Todo lo contrario. Queremos colaborar. Buscamos un camino para lograr cosas que no se han hecho nunca».
Los argumentos para apoyar la EMD morense –más dinero, democracia y cohesión para quien se escinda– están muy de moda dado el actual contexto político. Según reza el número 10 de la revista de la asociación, una Entidad Municipal Descentralizada «gana en calidad democrática al aportar decisión a los municipios», «genera mayor cohesión social y municipal y los vecinos tienen un mayor sentimiento de pertenencia» y «se puede tener un presupuesto propio y funciones delegadas». 
La Móra también presume de que los propios vecinos, sus cuatro campings, la gasolinera, los restaurantes, el bufet, los comercios y empresas como Jungle Trek (un parque de aventuras), English Summer (un campamento de verano) y Hort de la Sínia (un parque agroecológico) tienen «un potencial de impuestos muy importante para tener una economía saneada y poder hacer inversiones».

Tamarit fue un municipio independiente hasta que fue absorbido por Tarragona. Foto: Lluís Milian

Los comercios se suman a la lista de quejas. Amelia Suñé, que regenta un supermercado, alaba la «tranquilidad del invierno y el ambiente del verano», pero critica que «nos faltan vigilancia y más limpieza y que en verano se controle más el ruido para que los vecinos podamos dormir». Suñé reivindica también un ambulatorio, un casal d’avis porque «aquí viven muchos» y que se cubra el canal y se convierta en un paseo ajardinado.
Eduard Inglés, empleado del súper, lamenta que «faltan más servicios para que La Móra sea más barrio» y denuncia la inseguridad, algo que repiten otros comercios y vecinos. Otra de las reivindicaciones es que se cree una «Guàrdia Urbana de barrio».

Conchita Bienzobas, Amelia Suñé y Eduard Inglés. Foto: Lluís Milian

Inmaculada Felipe, que lleva 24 años al frente de la farmacia, suscribe el memorial de agravios y añade que el parque infantil aún tiene tierra en vez de la superficie blanda en que se asientan los parques de otros barrios. 
«En estos 24 años no ha habido evolución en el barrio. Sólo la autovía y para eso tuvieron que morir unas cuantas personas. Si no hubiese sido por el accidente, quizá seguiríamos igual», espeta con amargura. Felipe alude al choque frontal entre un camión y  un autobús de la EMT en la antigua N-340 el 1 de septiembre de 1998. Murieron cinco personas.
Un cliente de la farmacia, José María García, tampoco se ahorra críticas: «La única policía que ves es la de las fotos. El Ayuntamiento no nos da nada. Estamos abandonados. La vida aquí es aburrida porque sólo estamos los viejos, pero al menos hay buen ambiente y puedes contar con ayuda».
‘El canal está abandonado’

José María García e Inmaculada Felipe. Foto: Lluís Milian

A pocos metros de la farmacia, se encuentra el paseo marítimo. «Tenemos una de las playas más bonitas de Tarragona y una porquería de paseo marítimo», lamenta García. Y sobre el paseo, las terrazas de dos de los seis restaurantes de la urbanización.
Rafael Nieto es el responsable del Racó de la Móra. «Tengo sensación de dejadez. El canal está abandonado. Hay mosquitos. Los clientes se quejan de que hay robos en los coches», dice, aunque aclara con orgullo que «estamos en un lugar paradisiaco, una playa muy tranquila que en pocos lugares puedes encontrar».
Los vecinos tienen razón en lo del canal. Da pena, por no decir asco. Y también aciertan en criticar la falta de mantenimiento en la pista polideportiva. Aunque la acaban de limpiar, las vallas metálicas se caen de puro viejas y la pista de baloncesto está resquebrajada justo en el centro.
En medio de tanta crítica, Hans  Dunner es un oasis de optimismo. Sentado a la terraza del Racó de laMóra come tranquilamente con su esposa, Rosmary. «Lo que más me gusta de La Móra es el ambiente. No ha crecido desde que llegamos. No hay edificios altos. Nos conocemos todos: los vecinos y los turistas que venimos cada año».

Anselmo Pons y Rafael Nieto atienden a Rosmary y Hans Dunner, en el restaurante Racó de la Mora. Foto: Lluís Milian

Los Dunner son originarios de Suiza pero se instalaron en Barcelona y compraron un piso en La Móra en 1976. Ahora, ya jubilados, residen en Florida (EEUU) pero veranean en La Móra cada año de mayo a julio. «Disfrutamos de la comida española. Es sencilla y contundente», dice Hans a la espera de que le sirvan un plato de sardinas.«La gente critica el cambio de circulación, pero ya se adaptará. Antes no podías llegar a la playa. La limpieza es fantástica. Mantener limpia la zona con tanto coche aparcado es difícil. ¿Inseguridad? Por mucho que haga, la Policía no puede cubrir todo. No se puede dejar nada en los coches, cierto, pero eso sucede en todo el mundo. El transporte público es fantástico. En una hora, llegas en autobús desde el aeropuerto a Tarragona y de allí a aquí», enumera Hans en un alarde de buen rollo.

José Antonio Marco y Pedro González, con dos clientes del restaurante Moramar. Foto: Lluís Milian

Pedro González trabaja como camarero en el Moramar y vive en La Móra. «Estoy enamorado de esta zona. Es de lo mejor de Tarragona. Tenemos muchos servicios aunque también nos faltan cosas. Lo que me parece mal son los pilones», dice mientras señala los pivotes que se han colocado para impedir el tráfico. Un compañero suyo, José Antonio Marcos, reside en La Móra en verano. «Es una cala pequeña, muy familiar, tranquila», comenta.
Tranquilidad en Ferran
Sentado en la terraza del Moramar está JordiSolà, vecino de Ferran, un pequeño barrio que en su día fue municipio independiente de Tarragona, al igual que Tamarit. «Vengo a La Móra a tomar algo. Es como si fuera mi casa. De Ferran me gustan la tranquilidad, la comodidad y la buena armonía», explica. Solà reclama, como sus vecinos, que el barrio se conecte a la red de alcantarillado –ahora funcionan con una fosa séptica– y que no haya apagones «en cuanto llueve un poco». «Es una vergüenza. Es una dejadez total», lamenta.
En Ferran residen 104 vecinos. El único comercio es un restaurante, Ca l’Ermita, regentado por Fina Basora. Fina afirma que «Ferran es muy tranquilo y muy familiar. Todos nos conocemos. No hay nada que no me guste. Cubro mis expectativas y estoy satisfecha. Tengo una clientela fija de los 23 años que llevo aquí».

Francis Bel sirve unas cervezas a unos clientes en Ca l'Ermita, en Ferran. Foto: Lluís Milian


Montserrat García, Gemma Fusté, Siscu Virgili y Sergi Catalán son cuatro de los vecinos de Ferran. Virgili, que ayer mismo cumplió 87 años, piensa que «no nos podemos quejar. La gente que se cuida se va preocupando, se están portando bien, excepto en lo de las aguas residuales. De la fosa séptica sale mal olor de vez en cuando. Tenemos la depuradora muy cerca. Tendría que haber conexión». «Lo mejor es la tranquilidad y el ambiente que se ha formado. Han llegado cuatro o cinco matrimonios que han dado vida al pueblo», añade con una sonrisa al tiempo que mira a Sergi y Gemma.

Montserrat García, Sergi Catalán, Gemma Fusté y Siscu Virgili, vecinos de Ferran. Foto: Lluís Milian


Montserrat aún recuerda cuando Ferran perdió su independencia y se integró en Tarragona. «Me dio mucha rabia. Para lo que les conviene, sobre todo para pagar impuestos, sí somos de Tarragona», apunta, antes de reclamar que se arreglen los caminos rurales que rodean el enclave y por los que pasan muchos senderistas y ciclistas. 
«Los de Ferran vamos a una. Nos ponemos de acuerdo para hacer muchas cosas», se enorgullece Sergi, antes de mostrarse crítico: «Entiendo que estamos a doce kilómetros del centro y no puede venir una patrulla de la Urbana cada rato, pero falta seguridad. Nos han robado en el coche cinco veces. Deberían poner cámaras de seguridad».
Gemma, que es la presidenta de la asociación de vecinos, reivindica también más seguridad y la conexión al alcantarillado, pero sentencia: «Tenemos espíritu de pueblo, de conservar el lugar donde vives, no todo te lo tiene que hacer el Ayuntamiento».

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