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La inmigración se dispara un 60% en Tarragona

El censo crece gracias a los extranjeros. El saldo migratorio subió en el primer semestre de 1.617 a 2.582 personas, el récord desde 2008 

Raúl Cosano

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Tarragona vuelve a ser tierra de acogida de extranjeros después de los mayores estragos de la crisis. FOTO: lluís milián/DT

Tarragona vuelve a ser tierra de acogida de extranjeros después de los mayores estragos de la crisis. FOTO: lluís milián/DT

La inmigración se acelera en Tarragona y viene a maquillar la crisis demográfica por la falta de nacimientos. Los extranjeros recalan de nuevo en la provincia, otra vez tierra de acogida, a rebufo del mayor optimismo, al menos en términos macroeconómicos, y como derivada de la situación convulsa en muchos países. 

Los últimos datos del INE confirman una tendencia que se ha acentuado. En el primer semestre de 2018 se alcanzó un saldo migratorio positivo (la diferencia entre entradas por migración y salidas por el mismo motivo) de 2.582. Es un incremento de casi el 60% respecto al anterior semestre, el segundo de 2017, cuando el dato se quedó en 1.617. Al mismo tiempo, es un notable punto de inflexión respecto al mismo periodo del año anterior, cuando ese saldo resultó negativo en la provincia (-273). Esas 2.582 personas configuran un número que no era tan alto desde antes de la crisis. Hay que tener en cuenta que 2017 se cerró con un saldo anual de 1.344 personas, ya positivo, pero muy inferior al dato sólo de este primer semestre. Si el resto de este año siguió la tendencia, 2018 cerrará con una estadística bastante más abultada. 

«Mejor que en sus países»

La percepción de una mejora económica está calando más allá de las fronteras. «A pesar de que aquí sigue habiendo mucho desempleo y trabajo precario, los que vienen están en una situación mejor que en sus países. Por eso deciden dar ese paso», reconoce Isabel Iturrieta, responsable de inmigración en Càritas Tarragona, que desde su puesto ha notado el repunte. 

Más allá de las comparaciones  recientes, hay que retroceder justo una década, hasta el primer semestre de 2008, para observar una cifra más elevada. En aquella época, aún previa al estallido de la burbuja y al comienzo de la recesión, cuando aún Tarragona nadaba en la abundancia, se alcanzó un saldo de 3.658 personas. 

Después de aquello, llegó el batacazo, que tuvo en 2013 su caída más brutal: -3.945. Si el saldo, en tanto que resultado final, ha aumentado considerablemente, también lo ha hecho, como no podía ser de otro modo, la inmigración llegada desde el extranjero. En ese primer semestre llegaron a las comarcas tarraconenses 5.349 personas, un 34% más en un año. Ese dato también es el mayor en la última década, aunque todavía queda algo lejos del alcanzado en ese mismo periodo de 2008: 7.454. 

Vienen más y se marchan menos

No sólo en llegadas se fundamenta esta ecuación migratoria. Viene más gente pero, a la vez, también se van menos. La emigración de Tarragona al extranjero, esto es, el censo de personas que hacen las maletas, también ha alcanzado el mínimo de la década. De las 4.264 personas emigradas el año pasado se ha pasado a las 2.767, siempre teniendo en cuenta el primer semestre. Es un retroceso del 35%, pero muchísimo más acentuado si se toma perspectiva. 

Es prácticamente tres veces menos que lo registrado en 2013, cuando la emigración con destino al exterior llegó a las 6.426 personas, una diáspora no sólo de tarraconenses que decidían marcharse sino de extranjeros que, tras años afincados aquí, optaban por regresar a sus lugares de origen o bien por buscar un nuevo horizonte en un tercer país. Pasó en buena medida con ciudadanos sudamericanos que habían llegado en busca del sueño europeo. 

¿Qué implicación social tiene esta fotografía demográfica? Una muy directa: el aumento de la inmigración ha servido para compensar el descenso producido en los primeros seis meses, pero también desde hace más tiempo, por la caída de los nacimientos y el incremento de las muertes. 

La población en la provincia crece ostensiblemente por la inmigración. A 1 de julio de 2018, como balance de ese primer semestre, era de 797.608, volviendo a estadísticas de 2013, en plena crisis, lo que vislumbra una incipiente recuperación. Con un crecimiento vegetativo negativo instalado en Tarragona (ya hay más muertes que nacimientos), el censo aumentó en 2.639 personas, fundamentalmente por las llegadas foráneas. Es un incremento ligeramente mayor que el registrado en el segundo semestre del año pasado (2.597 personas más), cuando arrancó el cambio de dinámica: una natalidad por los suelos y el resurgimiento de la inmigración, en este 2018 de forma todavía más marcada. 

Sociólogos y expertos alertan de la crisis de la natalidad, sólo paliada en parte por el movimiento migratorio. «Es necesario revertir la tendencia hacia el declive demográfico, no hay ni un solo país que pueda sobrevivir a futuro con saldos vegetativos negativos. La inmigración puede ser una solución, pero, al ser variable, suele ser un recurso puntual. Lo ideal sería poner en marcha políticas natalistas que formaran parte de las políticas públicas», explica Àngel Belzunegui, profesor de Sociología en la URV. La llegada de inmigrantes –a veces usada por los partidos políticos– mitiga los males de una sociedad en la que cada vez nacen menos niños y con la población más envejecida. 

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