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Librería 'La Rambla', un oasis de libertad en la Tarragona de 1968

Fue un punto de encuentro vital para los movimientos culturales y de oposición al franquismo

Xavier Fernández

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Ramon Marrugat, esta semana, en la Llibreria La Rambla. FOTO: Pere Ferré

Ramon Marrugat, esta semana, en la Llibreria La Rambla. FOTO: Pere Ferré

La revuelta estudiantil de París, el sueño checo de un «socialismo con rostro humano», la eclosión de los conflictos raciales en Estados Unidos y el auge del black power, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, las masacres en la guerra de Vietnam, la matanza en un México a punto de celebrar los Juegos Olímpicos, la Revolución Cultural china, los documentos fundacionales de la Teología de la Liberación, la primera victoria española en Eurovisión, el primer asesinato de ETA, la inauguración de la primera central nuclear de España, la revolución sexual... 1968 fue uno de los años con más historia de la Historia. 

Parecía que 1968 iba a cambiarlo todo y apenas ha cambiado nada, pero se ha convertido en el icono de unos meses en que mucha gente creyó que sí, que debajo de los adoquines había playa. Pero no. Bajo los adoquines sólo hubo desilusión y sueños rotos, como bien reflejan las canciones de Joaquín Sabina e Ismael Serrano.

Mientras el mundo bullía de eslóganes llenos de imaginación o se anegaba en sangre, Tarragona estaba sumida en la grisura de los años finales del franquismo. Eso sí con una economía que iba viento en popa gracias al acelerado desarrollo industrial. En 1968, por ejemplo, todo apuntaba a que Tarragona sería la ciudad donde se iba a ubicar una refinería y con ella miles de puestos de trabajo. 

Jordi Piqué y  M. Elena Virgili explican en el libro ‘Tarragona 1950-2000. Itinerari visual’, que «la esporádica capacidad financiera municipal y el estrecho marco de competencias de la Administración local, concebida como una entidad dependiente de la Administración del Estado, determinaban un Ayuntamiento tacaño que no podía ofrecer soluciones a las situaciones que se planteaban en esos años».

La instalación de industrias atrajo a la ciudad a cerca de 19.000 inmigrantes en tan solo cuatro años (entre 1966 y 1970) y el consistorio era incapaz de afrontar las necesidades de vivienda, escolarización, servicios sanitarios o infraestructuras.

Muchas de aquellas personas que llegaban a Tarragona en busca de una vida mejor tuvieron que malvivir en paupérrimas chabolas en las playas del Miracle, la Arrabassada y la Savinosa, en el polígono Entrevías, en la montaña del Loreto, en las parcelas Tuset...

Los barrios del extrarradio crecieron sin control. La especulación urbanística (todo valía si eras amigo del Régimen) o la autoconstrucción fueron el germen de lo que es ahora Tarragona: una ciudad desestructurada, con un centro y unos barrios apenas conectados. En 1968, ‘nacen’ La Granja, Icomar y La Floresta. Anteriores son Bonavista (1964) o Torreforta (1965). También en 1968 se empiezan a construir los primeros bloques en Sant Salvador. 

El sector turístico estaba en plena expansión. Y ya se vislumbraba su difícil convivencia con la industria. El 19 de julio de 1969 se celebró una pequeña manifestación en la Plaça de la Font para «agradecer al Caudillo» la concesión de la refinería. Una de las pancartas rezaba «¡Refinería sí! ¡Turismo también!». Y otra, más imaginativa, decía: «Tarragona en órbita» (el hombre acababa de pisar la Luna por primera vez).

En medio de aquella sociedad en blanco y negro pero en la que muchos soñaban en color, se abrió, el 14 de diciembre, la librería ‘La Rambla’. Pretendía, como explica su alma mater, Ramon Marrugat, «dar impulso a la cultura catalana». Lo hizo y también se convirtió en un punto de encuentro para la progresía y todo tipo de movimientos asociativos, culturales y hasta políticos. Fue un oasis de libertat. En Reus existía desde un par de años antes otra emblemática librería: la Gaudí. 

«No estábamos solos, pero sí que fuimos un punto de referencia», rememora Marrugat. Entidades de todo tipo se reunían en sus salas.  «Venía mucha gente a pedirnos el local. Aprendí a decir ‘no’», señala Marrugat. 

‘La Rambla’ tuvo que lidiar con la censura y la represión franquistas. «Teníamos miedo, pero también coraje y un poco de inconsciencia... El mundo avanza con esas cosas», dice Marrugat.

Llegada la Democracia, la función de ‘La Rambla’ la asumieron otras entidades y la librería se convirtió en un negocio más. Su interesante historia puede leerse en el libro ‘La Llibreria de la Rambla i l’alternativa cultural de Tarragona (1968-1980)’, del propio Ramon Marrugat.

Las bases para esa eclosión cultural, social, e incluso patriótica, la había puesto unos años antes la Escola Pax. En el núcleo que hizo posible ‘la Rambla’ había muchos padres de alumnos del Pax. «En aquella época el Pax ya enseñaba catalán y música», recuerda Marrugat con admiración.

Como apuntan Piqué y Virgili, «influenciados, conscientemente o no, por el Mayo del 68, la juventud buscará la libertad individual de pensamiento y de forma de vivir incluso en el propio núcleo familiar (...) El consumo alternativo de determinadas películas, lecturas y músicas (...) evidenciarán la necesidad urgente del cambio».

Ese cambio no llegará a Catalunya y España hasta una década después con la muerte de Franco y la instauración de una titubeante democracia. 

Si España vivió una pacífica y desmemoriada Transición, en el mundo apenas hubo cambios. Aquellos imaginativos eslóganes se fueron convirtiendo en carne de camiseta y póster. Quizá hoy movimientos de ‘indignados’ como el 15-M o las formaciones ecologistas recogen aquel espíritu. 1968 fue el año de la revolución frustrada. Pudo ser mucho más de lo que fue, pero ya fue mucho. Como le dijo Humphrey Bogart (Rick Blaine) a Lauren Bacall (Isla Lund) en la magistral ‘Casablanca’, «siempre nos quedará París». Aunque sea para soñar.

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