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Negocios de barrio en Tarragona: La saga de las barberías

Artacho es el apellido más célebre de peluqueros en Ponent. El padre, Juan, fue el pionero en los 60. Cuatro de sus hijos, entre ellos José, se dedican. José lleva 30 años cortando el pelo en Bonavista

Raúl Cosano

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José Artacho (48 años), en su peluquería de Bonavista. FOTO: PERE FERRÉ

José Artacho (48 años), en su peluquería de Bonavista. FOTO: PERE FERRÉ

A los 17 años, cuando se fue a la mili de voluntario, José Artacho ya cortaba el pelo a sus compañeros. Nada raro. Había mamado la peluquería desde que era casi un bebé en este local de Bonavista donde, a los 48 años, continúa ejerciendo. «Esta es la auténtica escuela de la familia Artacho. Aquí hemos aprendido los cuatro hermanos», comenta José mientras ultima el flequillo de un niño. Para entender lo que significa el apellido Artacho hay que remontarse casi seis décadas, al boom de la inmigración sesentera de Andalucía en Tarragona.

En su padre está la clave. Nunca pensó el cordobés Juan Artacho, que ahora tendría 86 años, que la saga iba a durar tanto. Dejó su Benamejí natal, como tantos otros, para probar suerte en Tarragona. Primero trabajó de paleta y luego, por fin, de peluquero. Había aprendido la profesión en su pueblo, de la mano de su padre. Primero trabajó en la calle Reial y luego en la Avenida Maria Cristina, hasta que pudo establecerse en Bonavista, allí donde comenzó todo. «Nos enseñó mi padre. Toda la formación ha sido aquí. No hemos estudiado fuera. Yo empecé a trabajar aquí a los 13 años y, al ser el más pequeño, me quedé con esta peluquería», y enseña una foto familiar en la que José aparece con cuatro años en la barbería.

De los seis hermanos, cuatro se han dedicado al oficio, y con trayectorias longevas. José lleva 30 años en Bonavista, su hermano Juan Antonio (54) otros tantos en La Granja y Francisco (58) acumula más de 35 en Reus. El mayor, Felipe (64), ya se jubiló.

Llamarse Artacho y no moverse entre navajas, cuchillas y espuma es una rareza. «Nunca se me ocurrió dedicarme a otra cosa. Parece que lo lleves dentro. De pequeño miras, barres... lo que hacen los aprendices. Me encanta esto», asume José. Uno de ellos, Francisco, tuvo que pasar algún momento de flaqueza. «Recuerdo que mi hermano, a los 15 años, no quería dedicarse a esto. Entonces mi padre lo llevó dos días a guardar cerdos (risas)... Después de probar eso, cambió de opinión y dijo que sí, que quería dedicarse a la barbería».

¿Dónde está el secreto para seguir en la brecha?. «La clave es ser muy agradable, tener buena presencia y cortar bien el pelo. Hay que ser amable», admite José y recuerda el consejo principal que les daba su padre a todos: «Por encima de todo hacía falta mucha atención y muchas horas de observar cómo lo hacían los otros. Me tiré cinco años así, sólo mirando, hasta que empiezas a practicar».

La historia de José Artacho, como la del resto de sus hermanos, está hecha de fidelidades y complicidad con el cliente. «Viene gente de todo los sitios, de los barrios, pero también de Alcover o Montblanc. Aún pelo a clientes que tuvo mi padre cuando llegó a Tarragona. Tienen 90 años y siguen viniendo aquí». No hay manos más intergeneracionales que las de José: «Peiné a niños para la primera comunión. Ahora vienen con sus hijos para que haga lo mismo».

El lugar, remodelado y mejorado con los años, rinde homenaje a tanta historia. Cuelgan en la pared fotos antiguas, con Juan como cabeza de familia, gobernando la peluquería entre vástagos deseosos de aprender.

Hasta hay un rincón para las reliquias. Luce un viejo diploma de Juan como maestro mayor de los barberos de Tarragona y un surtido de material que tiene más de 70 años. Cuchillas desgastadas, afiladores de otra época y tijeras vintage bendicen un sitio que, pese al pasado ilustre, sucumbe a la moda: «Cada vez hago más barbas entre la gente joven». Ya se sabe que el hipster se ha colado enla barbería de toda la vida.

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