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Pasión por la trufa negra

Sergi Fernández y Adrià Montcusí llevan cinco años cultivando en Santa Coloma de Queralt este producto para paladares gourmet

Joan Boronat

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Sergi Fernández y Adrià Montcusí con algunas de las trufas que cultivan. Foto: Cedida

Sergi Fernández y Adrià Montcusí con algunas de las trufas que cultivan. Foto: Cedida

Desde pequeños se sintieron atraídos por el fascinante mundo de la micología. Ahora, Sergi Fernández y Adrià Montcusí, unidos por parentesco, lo están también por su marcado espíritu emprendedor que se traduce en la explotación de un negocio, iniciado hace cinco años, basado en la producción y comercialización de trufa negra y trufa de verano, en la población de Santa Coloma de Queralt.

Su filosofía es ofrecer producto fresco y de calidad, orientado tanto al pequeño consumo como para grandes restauradores, con una máxima: «¡Todo el mundo tiene derecho a ser gourmet!».

Las raíces familiares de ambos provienen del sector primario y dentro de éste, los cereales y la viticultura, además de la ganadería. La pasión por las setas hizo que Sergi y Adrià decidieran emprender la aventura soñada y para ello adquirieron una hectárea de terreno productora de trufas en Santa Coloma de Queralt, que es donde las siguen cultivando. Los resultados alcanzados les espolearon a incoporar otras dos fincas para el cultivo, situadas en los municipios de Vallverd y Rocafort de Queralt, totalizando una superficie cultivable de 8 hectáreas.
Pero una de las dificultades que entraña la explotación es que «la plantación trufera tarda unos diez años en criar hongos, por lo que amortizar la inversión se antoja a largo plazo, con los consiguientes problemas de financiación», comentan los primos Sergi y Adrià.

La compra en viveros del arbolado idóneo (sean encinas, robles o coscoja), maquinaria para la labranza y la instalación de sistemas de regadío requiere un desembolso económico no siempre asumible. Adrià Montcusí recuerda que «se planta a mano, se recoge manualmente y hay que disponer de canes truferos de complejo adiestramiento, que son quienes detectan las trufas y su grado de maduración». Además, cada año hay que esparcir la turba negra y las esporas. En conjunto, laboriosidad y altos costes; de ahí que el precio, que suele oscilar entre los 600 y los 700 euros por kilo, marcado por el propio mercado, «queda plenamente justificado», añade Adrià.

«La máxima de estos jóvenes es que todo el mundo tiene derecho a ser gourmet»

Pero Monfertru (Montcusí, Fernández, Trufas) se ha hecho un hueco en el mercado, por su frescor y calidad. Sergi Fernández  se refiere a la incidencia que tiene en la cosecha el microclima de la Baixa Segarra: «humedad, sol y lluvia por encima de la media». Admite cierto temor ante el cambio climático por aquello de «las altas tremperaturas, picos de calor que en nada favorecen al cultivo, puesto que el excesivo riego como paliativo, en estos casos tampoco es recomendable, con la consiguiente merma productiva», un rendimiento estimado en los 15 kg, de recolección anual, por hectárea de tierra.

Cuentan que la clave de su rentabilidad se sustenta en la comercialización directa del producto «en un mercado de proximidad, como la restauración, entre 50 y 70 kilómetros a la redonda, lo que permite competir con entrega del producto fresco, que conserva todas sus propiedades». Además, acuden a ferias especializadas como las de Vilanova de Prades, Cervera y Les Piles de Gaià. 

Monfertru se distribuye en saquitos de yute reutilizables, de 100 gramos, y otros de mayores de casi 1 kilo, debidamente etiquetados con la marca. Además, con las trufas pequeñas elaboran derivados como aceite, sal y paté de trufa, y en fase experimental se halla ahora el queso, con el preciado y sabroso hongo como ingrediente añadido.

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