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Crisis de bienestar

La crisis de hoy no es de un malestar generalizado, sino del frenazo del bienestar
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Un amigo mío, sexagenario y profesional competente, se ha dejado convencer por tanta cháchara destructiva e indocumentada de las redes sociales: «Vivimos peor que nunca», me escribe.

Me ha sulfurado tanta indocta e ingenua vacuidad: «¿Qué época añoras?», le he contestado: «¿La II Guerra Mundial, con sus 60 millones de muertos?, ¿el franquismo y su falta de las libertades más absolutas?, o antes, cuando los niños trabajaban en las minas a los 8 años, o los reyes hacían levas entre sus súbditos para que muriesen en sus guerras dinásticas?».

Al parecer, según él, no había que remontarse más atrás: se refería a los últimos años. O sea que, en conjunto, ¿vivimos peor que en los años 60, 70, 80, cuando aún morían conciudadanos nuestros sin haber visto el mar, sin que hubiese podido atenderlos un médico o sin haber llegado a conocer el agua corriente o el alcantarillado?

Me argumenta en contra con la persistencia inicua de ricos y pobres. Una lacra injusta, sí, con la diferencia de que los pobres de antes no tenían asistencia social, ni leyes que los defendieran, ni instituciones para protegerlos.

No sé si –ojalá – un día llegarán a desaparecer esas diferencias. Desde luego no lo será gracias a aquellas doctrinas que consiguieron ampliarlas en la Europa de posguerra con la disculpa de la dictadura –temporal– del proletariado y las sangrientas purgas del padrecito Stalin.

Tampoco creo que los países del Tercer Mundo, asolados por la miseria, añoren los tiempos recientes en los que el imperialismo occidental los esclavizaba, mutilaba y consideraba como animales.

La crisis de hoy no es, pues, de un malestar generalizado, sino del brusco frenazo del creciente bienestar. Eso es un problema de consecuencias injustas que hay que solucionar. Claro. Pero si no sabemos cuál es en realidad el problema, entonces sí que no seremos capaces de resolverlo.

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