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Cuando el pueblo vota pero no elige

El sistema de democracia indirecta tiene ventajas, pero si los pactos son torticeros pueden distorsionar el voto

 

Diari de Tarragona

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El Ayuntamiento de Tarragona cambia de inquilino.

El Ayuntamiento de Tarragona cambia de inquilino.

Tras dos intensas semanas de pactos y negociaciones en aquellos municipios donde ninguna fuerza política obtuvo la mayoría absoluta de concejales, hoy se constituyen los nuevos consistorios y se eligen los nuevos alcaldes que durante cuatro años deben regir nuestra administración pública más cercana. Los municipios son, sin duda, la institución sobre la que los ciudadanos se sienten más concernidos. En el otro extremo estaría el Parlamento Europeo, quizás donde se toman las decisiones de mayor calado, pero no así las que más inciden en las necesidades más perentorias del votante. Es por ello que el sistema de democracia indirecta que tenemos puede provocar en el ciudadano cierta desazón cuando comprueba que el alcalde finalmente elegido no es el que obtuvo mayor número de votos el día de las elecciones. De ahí la importancia y la responsabilidad de los partidos políticos a la hora de decidir los pactos y los programas de gobierno para no trasladar al elector cierta sensación de fraude electoral. Este problema se resolvería con otros sistemas como el mayoritario o el de segunda vuelta que tenemos muy presente en las presidenciales francesas. Pero, por otra parte, se perdería una de las virtudes de nuestra actual democracia indirecta: la preeminencia del pacto como virtud política. Efectivamente, cuando una estructura social tiene fragmentado su posicionamiento ideológico, el método para lograr el avance social es el acuerdo, es el pacto. Por otra parte, este sistema permite que fuerzas minoritarias puedan también introducir parte de su programa que, de otra forma, jamás sería considerado. El problema es cuando el sistema representativo se pervierte por intereses espurios o por cambalaches que no tienen en cuenta el interés primordial del ciudadano. No es de recibo que todavía hoy haya ayuntamientos que no tengan dilucidado quién será su alcalde y sobre qué programa regirá la ciudad. No son de recibo los pactos a contrapelo que violentan la opinión mayoritaria del elector. A todos ellos, el tiempo pasará factura.

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