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Después del juicio a Artur Mas

El sentimiento independentista sigue con fuerza, aunque sin líderes carismáticos

Salvador Aragonés

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Terminó el mediático juicio del expresidente Artur Mas y sus consejeras, Joana Ortega (vicepresidenta y Gobernación) e Irene Rigau (Enseñanza). Caían las cinco de la tarde en el Palau de Justicia de Barcelona. En la sesión en que defensores y fiscal presentaron sus conclusiones destacó el fuerte alegato del fiscal Emilio Sánchez Ulled, que sacó de sus casillas en dos ocasiones a Artur Mas que fue silenciado amablemente por el presidente del Tribunal, Jesús María Barrientos.

Después del juicio tuvo lugar una conferencia de prensa de los encausados con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. En realidad todo este tema ha girado en las pasadas semanas, e imagino que continuará, en querer demostrar por parte de los independentistas (el actual gobierno catalán) que el referéndum del 9N de 2015 fue un gran éxito (votó el 30 por ciento del censo) y en consecuencia el juicio de esta semana ha sido un juicio político, un juicio, decían, a la voluntad democrática de «los» catalanes o «del pueblo» catalán.

Por el contrario, la tesis del fiscal ha sido siempre centrar la cuestión en si los acusados desobedecieron o no la orden de suspensión del TC del citado referéndum. Y su conclusión es que sí. Artur Mas en su intervención final –lo que le honora– ha asumido toda la responsabilidad de lo ocurrido no descargándola a los voluntarios porque cree que no hubo incumplimiento de la orden del TC. Los jueces ahora dictarán sentencia sobre si hubo o no desobediencia al TC.

La defensa y los independentistas no han conseguido la opinión general admita que ha sido un juicio político, a pesar de que el independentismo ha removido medios internacionales para ‘colocar’ que España no es un estado de derecho.

Aquí los encausados no se juegan la cárcel, sino al máximo unos años de inhabilitación para cargo público y por eso dicen «no nos dan miedo». Esto solo perjudica a Artur Mas –si piensa presentarse a las elecciones próximas–, pues Joana Ortega está apartada de la política e Irene Rigau, si bien es diputada, ya ha cogido la puerta de salida de la vida política. Se ha juzgado, al igual que Homs, a la generación de políticos convertidos en independentistas de la antigua Convergència.

Queda pendiente el juicio contra la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, agitadora del independentismo, en cuyo juicio los independentistas aseguran que se enjuicia a «toda Catalunya».

El sentimiento independentista sigue con fuerza, aunque sin líderes carismáticos, como hubiera sido Artur Mas, si no hubiera cometido la serie de errores que le llevó fuera de la Presidencia, no precisamente empujado por el denostado gobierno español, sino por los suyos.

Ahora el procés ha de continuar, porque sería mortal para los independentistas que ahora no continuaran con el referéndum anunciado para este año. Y tras el referéndum o lo que sea, elecciones.

Algunos me han preguntado, ¿y no os cansáis de tanto lío? Pienso que algunos estarán lógicamente cansados, pero en los últimos años –y ante la pasividad del gobierno central en todo lo catalán– se han divulgado con profusión muchos resentimientos, antipatías, animadversiones, inquinas contra España. Y esto no se puede borrar de un plumazo. Si no que se lo digan a los vascos.

El presidente del Parlamento Europeo, el italiano Antonio Tajani, dijo en Madrid que desobedecer las leyes de un estado miembro es desobedecer el marco legal europeo. Mal vamos entonces por el camino de la desconexión o del «referéndum o referéndum».

El problema será siempre el mismo: ¿existe una alternativa en las urnas al movimiento independentista? Por ahora no lo veo, pues los partidos de la oposición (Podemos, Ciudadanos, PSC y PP) están a la greña y son incapaces de articular algo en común, y Podemos (los «comunes» de Ada Colau) no pactarán ni con Ciudadanos y menos con el PP. Podrían pactar con los independentistas manteniendo el relato actual contra el gobierno español, pero sin insistir tanto en la independencia a cualquier precio.

¿Para qué ha servido el juicio? Para aclarar algunas cosas a muchos que iban muy despistados, y para hacer valer la autoridad de la ley, frente a quienes han querido burlarla una y otra vez en estos años con subterfugios de lo más imaginativos.

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