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El discurso del Rey

Es difícil decir más y con tanta profundidad en tan pocos minutos desde una posición nada fácil
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La primera ocasión en la que Felipe VI se dirigía a todos los españoles en un discurso de Navidad había levantado muchas expectativas. No solo por la novedad de lo que diría un monarca joven, con un estilo renovado y moderno, sino por la situación del país, aquejado de graves incertidumbres económicas y más aún políticas. El mensaje tuvo la inteligencia de centrarse solo en tres grandes cuestiones, en vez de convertirse en un repaso apretado de múltiples temas, con una frase para cada uno. En cada uno de los capítulos el Rey quiso entrar a fondo y decir algo sustantivo, apelando a referencias morales y dando entrada a las emociones y afectos para potenciar argumentos racionales.

En la cuestión de la corrupción, dejó entrever su propia indignación y desencanto con las «conductas que se alejan del comportamiento que cabe esperar de un servidor público». No hizo falta que se refiriese directamente al caso de su hermana, porque sus palabras contra los tratos de favor y por el funcionamiento del Estado de Derecho dejaron claro su postura de «primer servidor público». Fueron palabras basadas en el ejemplo personal, gracias a la buena ejecutoria durante sus primeros seis meses de reinado, con medidas de transparencia, austeridad y buen gobierno de su Casa. Ha hecho esta transformación silenciosa mientras multiplicaba su presencia en España, sin excluir a ningún colectivo, hablando en las lenguas oficiales de cada territorio y con una agenda internacional muy exigente.

En el capítulo de la crisis económica, se fijó sobre todo en el drama del desempleo y la dificultad para mantener unos niveles suficientes de bienestar social. De nuevo, la visión ética, «la economía debe estar al servicio de las personas». Se podría haber relacionado no obstante en este apartado el futuro de las políticas sociales con el afianzamiento del euro y de las políticas económicas y fiscales de la UE. Nos gobernamos cada vez más desde Bruselas y la solidaridad entre los españoles está totalmente condicionado por los avatares de la construcción europea.

El nuevo Rey calibró con perfección sus palabras y mensajes al abordar con valentía la crisis catalana. Se negó a dejar al nacionalismo el monopolio de los sentimientos. Con su «nadie en España es adversario de nadie» y su «llevamos a Cataluña en el corazón» señaló el camino para debilitar las tesis del radicalismo separatista, que tira de emociones al no poder argumentar con datos y razones históricas su proyecto de ruptura. Es difícil decir más y con tanta profundidad en pocos minutos, desde la posición nada fácil de un monarca constitucional en una democracia consolidada pero muy necesitada de reformas.

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