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Saber gestionar la complejidad y el cambio permanente es ahora el gran reto
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Qué hostia, qué hostia!», soltaba una incrédula (y acalorada) Rita Barberá al darse cuenta de que iba a tener que abandonar la poltrona del ayuntamiento de València en la que llevaba gobernando de forma absolutista los últimos 24 años. Como ella, más de uno va a tener que ir haciéndose a la idea de que lo de ‘darlo todo’ en campaña y en cuatro años nos volvemos a ver, ha pasado a la historia. Que la democracia de baja calidad que antes bastaba, ahora ya no nos vale. Y que quien no lo haya sabido ver, se baja en la próxima.

Hay un cambio. Las generaciones que no votaron la Constitución, hasta la fecha excluidas (y autoexcluidas) del poder, se están movilizando para hacer saber que aquí están, y que por mucho que hubo quien quisiese dejarlo todo «atado y bien atado», siempre hay un momento en el que se corta el nudo, se tira de la cuerda.

Sin duda estos años de Gran Recesión han hecho perder el miedo a varias generaciones de ciudadanos que hasta ahora aceptaron vivir tutelados, como menores de edad protegidos por unos mayores que decían saber lo que les convenía. Es la pérdida del miedo del menestral català, que por primera vez se ha atrevido a manifestar y defender públicamente ideas (como la independencia) que antes guardaba con aquel seny a menudo cargado de sumisión. Es también la recuperación de cierta conciencia de clase anestesiada, de activación y movilización política de unos sectores de la población, durante décadas abstencionistas, que ahora han decidido que su voto sí puede tener una incidencia directa en una democracia de mayor calidad.

Porque de eso se trata: de mejorar nuestra calidad democrática. Saber gestionar la complejidad y el cambio permanente es ahora el gran reto. Para eso, habrá que escuchar más y mandar menos.

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