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Gorila en la nebulosa

Para los niños en general y para muchos padres, todas las fieras son de peluche

José María Romera

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El del zoológico es un espacio ambiguo donde fiereza y entretenimiento se conjugan en una rara mezcla que da lugar a toda clase de malentendidos. Uno de ellos consiste en suponerlo destinado a los niños, cuando lo cierto es que a la entrada habría que poner un tope de edad. Así no ocurrirían desgracias como la del zoo de Cincinatti, donde una criatura de tres años cayó al foso de los gorilas y quedó a merced de un fornido ejemplar de la especie. La cultura Hanna-Barbera ha hecho estragos, y no solo en los cines. Para los niños en general y para muchos de sus padres, todas las fieras son de peluche. A las mascotas de la fauna doméstica se les han ido agregando últimamente toda clase de bestias de compañía, de modo que ya no es raro tener un caimán en la bañera o un cerdo vietnamita corriendo por el pasillo como uno más de la familia.

Afortunadamente los responsables del zoo americano no habían caído en este buenismo animalista y, cuando vieron al gorila sacudiendo a su presa en el agua como si arrastrara a un esquiador náutico, decidieron acabar con él de un disparo. En su crónica de los hechos la edición en español de The New York Timeslo ha llamado asesinato, con todas sus letras. Y no han tardado en organizarse campañas de denuncia que piden la cabeza del director del zoo y de paso la de la madre del pequeño. Los hacen responsables de una muerte que según algunos debería haberse evitado. Otra vez el desorden cognitivo de la época nos enfrenta a uno de esos falsos dilemas amparados en la equiparación de humanos y animales en general. Ha habido casos peores. Sin ir más lejos, hace un par de años un pirado digno de figurar en una novela de Mendoza se introdujo en la jaula de los leones en el zoo de Barcelona y la solución fue intentar distraer a las fieras con chorros de agua para que dejasen de darle mordiscos y zarpazos. El hombre acabó en el hospital con heridas graves, pero no inspiró mucha compasión porque vestía un uniforme fascista y ya era conocido por su tendencia a meterse en líos. En Cincinnati fueron más resueltos, pero no tanto. Entre la caída del niño al foso y el disparo contra el primate mediaron diez minutos en los que, como ha explicado con conocimiento de causa el primatólogo De Wals, una sola caricia del animal podía haber sido fatal para su presa. Lo reprobable no es que mataran al gorila, es que tardaran tanto tiempo en hacerlo.

Los estudiosos del arte de decidir dicen que tendemos a encomendar a nuestro sistema 2 (el lento, el reflexivo) las decisiones que correspondería tomar al sistema 1 (el rápido, el intuitivo). Por suerte, alguien con la cabeza en su sitio zanjó las dudas dando orden de disparar antes de que la cosa no tuviera remedio y hoy tuviéramos que estar lamentándonos de nuestra desconcertante y nebulosa relación con el reino animal.

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