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La caspa y la gomina

Rafael Servent

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La gomina de Mario Conde molaba... y lo sabes. Antes de convertirse en tertuliano de oferta y carne de Twitter, Mario Conde fue nuestro Steve Jobs molón. En 1987, un macho alfa de 39 años engominado, trajeado y enjoyado encandilaba en prime time a Julia Otero y a una legión de jóvenes y adolescentes con un discurso de tiburón de las finanzas que fue interiorizado por muchos como un icono aspiracional del éxito. En la España de 1987, Steve Jobs y los molones de Silicon Valley eran Mario Conde y ‘Los Albertos’.

Mientras Oliver Stone denunciaba con Wall Street la podredumbre moral de la cultura del pelotazo con Michael Douglas encarnando a ese Gordon Gekko sin escrúpulos capaz de destruir las vidas de miles de personas sin pestañear, movido sólo por el dinero y la ambición de poder, aquí en España muchos salían del cine queriendo ser Gordon Gekko. Cualquier cosa con tal de salir de la gris realidad preolímpica del ‘Un, dos, tres’, el apartamento en Torrevieja y el Seat Supermirafiori.

Y ahí estaba Mario Conde, con el mismo peinado, los mismos tirantes, la misma chulería sobrada que la caricatura de Oliver Stone, como una suerte de ventana a la contemporaneidad para una sociedad desesperada por sacudirse la caspa de encima sin prestar atención a cómo, ni a costa de qué o de quién. Hasta hoy. Casi treinta años después, esos adolescentes que hoy ya no lo son siguen buscando cómo salir de esa caspa y se revuelven rencorosos contra los que fueron sus modelos de éxito, tras constatar que el cine era cine, que la vida es la que es, y que les colaron (y les siguen colando) anticaspas que no van.

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