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La siesta

Rafael Servent

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Ahora va la prensa anglosajona y nos saca titulares del tipo «¡Tiempo de despertarse! El primer ministro español quiere acabar con la siesta». Fue decir Mariano Rajoy algo tan sensato como que nadie debería trabajar más allá de las seis de la tarde y que España tendría que volver al huso horario de Londres (en lugar del de Berlín, que Franco decretó cambiar en 1942 para compartir hora con la Alemania de Hitler), y salieron al escenario todos los tópicos, uno detrás de otro. Lo del Spain is different, los toros, la paella, la sangría, el flamenco... y la siesta. Informaciones ilustradas con albañiles tumbados panza arriba entre materiales de construcción o corredores de sanfermines adormilados al sol redondean el festín.

Y claro: algunos van y se lo toman en serio, y se indignan y dicen que a ver dónde están los que hacen la siesta cada día, que ellos curran tropecientas horas, y que tal y que cual. En efecto, lo de la siesta en España es un mito para turistas indocumentados, de esos que se burlan de los mendigos lanzándoles monedas y agarran cogorzas de escándalo bebiendo con pajita bidones de un brebaje que alguien les ha colado como ‘sangría’. Dicho lo cual, ojalá lo de la siesta no fuera un topicazo, más allá de fines de semana y vacaciones de verano ganduleando al sol de la playa (o del yate, ahí ya según el nivel de sociedades offshore que se tengan en Panamá). Al menos querría decir que, aunque bien raros (Spain is different y olé), tenemos unos horarios. Que trabajamos las mismas horas que los demás, igual de productivas (aunque paremos tres horas para sestear), pero sobre todo que no somos la sociedad que anda más corta de sueño de toda Europa. Lo de que ir dormidos por la vida y pasarnos el día entero en el trabajo es ‘calidad de vida’, que se lo cuenten a otro.

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