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Les cartes al director del dia

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Seguridad insegura

Indiferentemente de dónde provengas o qué pienses, lejos estamos de vivir en un estado de derecho que potencie una sociedad donde se respeten nuestros derechos, o eso estamos aprendiendo a golpe de porra.

En los últimos meses y, en parte, gracias a la repercusión del documental Ciutat morta se conocen cada vez más casos de ciudadanos que se sienten amenazados cuando realizan sus actividades cotidianas y han decidido denunciarlo. Hablamos de abuso policial, de situaciones en las que una persona al salir de su casa es discriminada por su estética u origen.

Con años de experiencia y grandes oposiciones a sus espaldas, el cuerpo policial de Cataluña crece notablemente y la inseguridad en la población también. Esta gran controversia crea desconcierto y pavor entre los ciudadanos que, dispuestos a llevar una vida socialmente normalizada, se sienten amenazados por esa misma autoridad que les protege. Y para reforzar este sentimiento, la aprobación este año pasado de la Ley de Seguridad Ciudadana o popularmente conocida como ley mordaza por su insaciable represión a nuestra libertad de expresión e información, entre otras muchas tendencias.

¿Dónde quedó aquella llamada presunción de inocencia cuando se siguen dando explicaciones por ser de piel negra o de origen extranjero? Eso se pregunta cada uno de los jóvenes, que son increpados y mal tratados por una Policía que trabaja bajo eslóganes integradores como «soy mujer, soy magrebí, soy mossa».

Son tantos los casos que acusan a la administración de que se incumple la Ley, esa misma que supuestamente nos protege, que es difícil encontrar una solución para aquellos que están en el ojo del inquisidor.

Nerea Ortega Manzano

(Tarragona)

La actitud y la aptitud

No es la primera vez, ni la primera universidad (la URV), en la que escucho frases como «me obligan a asistir a una charla», «para esto me voy a la cafetería» o «en la universidad se hace manipulación política».

El egoísmo de ciertas personas, sin pensar que existe gente que no puede acceder a la universidad ya sea porque no ha logrado la nota o porque no puede pagar sus estudios… Es dantesco.

El no asistir a clase y publicar en alguna red social que prefieren ‘irse al bar’ o quedarse ‘jugando en la nieve’ son algunas de las últimas perlitas. La epidemia se expande. Es vergonzoso.

He llegado a escuchar que hay doctores en la universidad que ‘obligan’ a realizar ciertos proyectos a sus alumnos con el fin de alienarlos o manipularlos políticamente. Es espeluznante.

Mantener una actitud de pasotismo y no participar, o sentir vergüenza en hablar públicamente cuando se está estudiando periodismo es un fenómeno que es una realidad. Por no hablar del lenguaje y la expresividad física de algunos cuando participan en un debate. Es tremebundo.

Que se dedique más tiempo a crear un conflicto con la profesora. Por ejemplo, debatir un tema de horarios, de exámenes o de fechas límite y que esto perjudique la propia dinámica de la clase. Existen tutorías y una cosa llamada correo electrónico por el que se pueden gestionar este tipo de cosas. Pero claro, una vez se sale de la universidad es más interesante organizar el botellón. Es grosero.

Ojo a lo siguiente. Hay personas que han llegado a soltar perlitas como: «¿Qué pasa, que solo se puede hablar de política y deporte? ¡Y las mujeres qué!» Macromachismos en la universidad del siglo XXI. Es desmoralizador.

No saber contestar, teniendo en cuenta que hablo del Grado en Periodismo, quien es cierto ministro o consejero de su propia comunidad autónoma. Argumentar que «no me interesa la política». Es más, que el tutor no tome medidas ante esto. Es execrable.

El asunto es que existe gente sin actitud ni aptitud en las aulas, un síntoma grave de una generación académicamente en decadencia.

Andoni Calvo Murillo

(Tarragona)

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