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Los contenidos no son gratis

Yo prefiero pagar mi cuota (y que otros paguen la suya) y que el arte siga siendo para todos
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Escribo estas líneas con los auriculares calados, mientras suena la música en streaming que me suministra Spotify. Cada mes me cargan la cuota de la suscripción en el número de tarjeta bancaria que les he proporcionado. Pago con normalidad. Me parece un precio más que razonable por el acceso a un catálogo musical que nunca hubiese llegado a conseguir por mí mismo vinilo a vinilo, CD a CD. En este catálogo hay ausencias notables, pero no insalvables. No podré escuchar a los Beatles, pero sí a los Rolling Stones.

Qué me estás contando, dirán algunos. Pues lo que estoy contando. Que sí, que yo también puedo informarme de cómo obtener todos estos contenidos y más (incluso los Beatles) sin que me cueste un euro. Pero resulta que no quiero. Los contenidos no son gratis. Nunca. Siempre hay un autor detrás. El arte no es gratis. Si el artista no cobra por su obra, un mecenas le respalda. Pero alguien paga. Siempre.

¿Han visto La joven de la perla? Va sobre el cuadro de Vermeer. Sale Scarlett Johansson. Si no han visto la película, igual pueden verla en Wuaki TV o en Filmin. Les cobrarán lo que en el videoclub de antes. El de los VHS (o los Beta, si fueron de esos). No más. Y no tendrán que devolver la cinta rebobinada. También pueden descargarse la novela que inspiró la peli en Amazon. En versión Kindle no llega a seis euros. En tapa blanda, ni ocho. El cuadro está en La Haya, en Holanda. Para verlo tendrán que pagarse un billete de avión. Está en un museo. Antes de eso, estaba en casa de un señor rico de Delft. Para su único disfrute. Yo prefiero pagar mi cuota (y que otros paguen la suya) y que el arte siga siendo para todos.

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