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Los liquidadores…de la pandemia

Nuestras autoridades, las del país y las del Estado, mandaron a nuestros sanitarios armados de ignorancia en el agente viral y de falta de equipos de protección individual (EPI) a neutralizar al invisible causante de la pandemia
 

Emilio Mayayo y Alberto M. Stchigel

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Alberto M. Stchigel y Emilio Mayayo

Alberto M. Stchigel y Emilio Mayayo

La noche del 26 de abril de 1986 el reactor 4 de la central Vladímir Ilich Lenin, ubicada en la ciudad de Prípiat, al noroeste de la ciudad de Chernóbil (Ucrania), había estallado, emitiendo una nube radiactiva de tales dimensiones que se considera la mayor catástrofe nuclear de la historia.

Unas 600.000 personas, entre ellas bomberos, científicos de varias disciplinas, limpiadores, mineros y obreros, fueron movilizadas por las autoridades de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se les conoció bajo el apelativo de los liquidadores.

Eran mujeres y hombres que trabajaron desde el mismo día del incidente, rodeados por el fuego que aún consumía el reactor explosionado. Muchas de estas personas, para nosotros mayoritariamente anónimas, lo hicieron sin saber verdaderamente el riesgo que corrían. Algunos murieron como consecuencia de enfermedades relacionadas con la radiación antes de recibir la condecoración de héroes de la Patria con la que se premió parte de sus servicios.

Otra noche, la del 19 de octubre de 1989, se inició fuego en el edificio de turbinas de la central nuclear Vandellòs I, situada en el municipio de Vandellòs-L’Hospitalet de l’Infant, en provincia de Tarragona (sí, aquí en «casa»). Nuevamente, personas sin formación para tales incidentes ni equipos de protección adecuados fueron enviados a enfrentarse a un peligro desconocido, igual que los anteriores liquidadores.

En compensación por los servicios prestados a varios de nuestros liquidadores se les prejubiló, y año tras año pasan una serie de pruebas para saber si han adquirido o no cáncer (¿por qué motivos, si oficialmente no habido ocurrido fuga radiactiva alguna?). Así mismo, mucha gente desconoce que Vandellòs II, la central «hermana», entre otros «problemillas» el 24 de agosto de 2008 tuvo un incendio en la sala de turbinas, pero por suerte tampoco hubo fuga radiológica alguna.

No nos extenderemos demasiado en el antepenúltimo de los incidentes, el de la central nuclear Fukushima I (Japón). El 11 de marzo de 2011 por la tarde, después de un terremoto y posterior tsunami, tres de los seis reactores de la central sufrieron un proceso de fusión nuclear, acompañadas de explosiones y liberación de materiales radiactivos, pero ninguno de los tres reactores implicados llegaron a explosionar.

Esto sería el final de la historia, si no fuera porque al menos durante dos años (oficialmente) grandes cantidades de agua de mar contaminada con isótopos radiactivos fueron liberadas al Océano Pacífico. Unos 30.000 trabajadores participaron en las operaciones de extinción del incendio y reacondicionamiento, y alrededor de 170 recibieron una dosis superior a los 100 mSv, además de los seis trabajadores de emergencias que recibieron una dosis por encima de los 250 mSv. A pesar de que la OMS considera dichas dosis son de muy escaso riesgo, el gobierno de Japón indemnizó a dos trabajadores que desarrollaron cáncer con dosis inferiores a los 100 mSv.

Finalmente llegamos a la pandemia del Covid19, ese virus que tan bien y tan mal conocemos. Hemos aplaudido a nuestros sanitarios (que en nuestro escrito los llamamos liquidadores, cuando la mayoría de la gente los llama héroes y heroínas) durante tres meses todos los días a las 20 horas mientras se cantaba el Resistiré desde casa, algunos intentando ahogar penas de distinta índole en alcohol. Aquel alcohol que, por cierto, había desaparecido durante semanas de farmacias y supermercados. Al igual que aquellas mascarillas a las que nuestras autoridades sanitarias (las de Catalunya y las del Estado español) y la OMS decían que no servían para proteger ni protegernos frente a la temidísima infección por nuestro «querido» Covid19. Y todo un largo listado de interminables errores que no vamos a mencionar.

Al igual que los anteriores liquidadores, nuestras autoridades, las del país y las del Estado, mandaron a nuestros sanitarios armados de ignorancia en el agente viral y de falta de equipos de protección individual (EPI), si aquellos se perdieron en los penúltimos recortes económicos, a neutralizar al invisible causante de la pandemia. 

A día de ayer, en todo el Estado español se contabilizaban más de 230.000 pacientes con infecciones moderadas a graves (no de infectados, que son bastante más) por el Covid19, y casi 28.000 fallecidos. Entre los infectados, más de 50.000 sanitari@s, un porcentaje demasiado alto. Recordar que héroe (ella o él) es tradicionalmente  el nacid@ de la unión entre un dios o diosa y un ser humano, caracterizad@ por realizar una acción abnegada en beneficio de una causa noble. ¡Ni lo uno, ni lo otro!. Trabajadores, víctimas como el resto de nosotros de los recortes en la Sanidad Pública, de un sistema social perverso, del que mayoritariamente malpensamos y callamos, y del Covid-19. 

Víctimas, todas y todos, quienes permitimos que administraran nuestras vidas de la forma en que lo hacen. Víctimas y victimarios, enfrentados a un virus. ¡La guerra! declaran los victimarios, una guerra a la que envían a nuestros liquidadores con igual ignorancia y desprotección que a los anteriormente mencionados. Además, a est@s, l@s nuestr@s, se les impuso (por si esto fuera poco) la obligación de administrar quienes viven y quienes mueren, vía protocolo oficializado. Y seguimos en guerra, a pesar del mogollón de gente en las «terrazas» de bares y restaurantes, de tant@ atleta dominguer@ y de tant@ manifestante pueril. 
Quizás deberíamos haber hecho nuestro el lema militar de nemo resideo, hubiera sido lo más acertado. Y para concluir, recordar a los que gozan de las guerras la frase de Julio Anguita «Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».

Emilio Mayayo es Catedrático de Patología de la  URV y Jefe de la Sección de Patología del Hospital Joan XXIII de Tarragona. Alberto M. Stchigel es profesor agregado  de Microbiología en la Facultad de Medicina de Reus de la URV. 

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