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Los sesentones

Estos sesentones están sanos, corren, juegan al tenis, caminan por la montaña...
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Ruth Flowers de Bristol, Inglaterra, decidió a sus 68 años convertirse en una DJ de la música House. Lo hizo con tanto éxito que viajaba por el mundo de club en club y pinchaba en el festival de cine de Cannes. Paul Fegen tiene ahora 80 años y vive en Los Ángeles, California. Perdió toda su fortuna en especulaciones y en la búsqueda de una nueva vida, con 66 años se hizo mago con actuaciones desde Nueva York hasta Las Vegas. Lloyd Kahn de Seattle empezó a practicar el monopatín con 65 años; en la actualidad asiste a las competiciones que tienen lugar por todos los Estados Unidos.

En los años setenta nuestro lema era: «¡No te fíes de nadie que tenga más de treinta años!» Cuando cumplimos los treinta, mi amigo Uli me dijo: «¡Si tienes más de cuarenta, eres un carroza!» Al cumplir los cuarenta, el mismo Uli declaró: «¡Con cincuenta eres un viejo, pero un viejo de tomo y lomo!» Y cuando llegamos a los cincuenta modificó su sentencia diciendo que cuando uno cumple sesenta pues entonces es ya todo un anciano. Y –¡sorpresa!– ya hemos llegado, ya tenemos sesenta y tantos. Ya somos ancianos según mi amigo alemán (que hace poco, pero sólo sea dicho de paso, puso el listón un poco más alto: ahora la vejez empieza para él a los setenta). Pues sí. Ya hemos llegado y es un hecho que se ve a muy pocos «ancianos» en este grupo que yo denomino de «los sesentones». Estos sesentones están sanos, corren, juegan al tenis, caminan por la montaña, montan en mountainbikes, marean al mundo conduciendo unas Harley Davidsons con asientos blanquinegros de piel de vaca, navegan barcos, navegan como PCs en el agua, viajan, beben, comen (unos, mucho más de lo que sería saludable), fuman marihuana cultivada en sus terrazas o jardines, salen de marcha, tienen hijos, algunos de ellos, sucumbiendo a los ataques de segundas primaveras, tienen hijos muy pequeños. Tengo otro amigo alemán que a sus 62 años ha sido padre por primera vez y sueña ahora con una multitud de hijos suyos.

Pero los sesentones no tienen nada que ver con las panteras grises de la Alemania de los años 90 del siglo pasado.

Esas «panteras grises» formaban parte de un grupo diferente. Eran esos alemanes que te encontrabas en todo el mundo, viajando con un estilo de ropa que nunca antes había existido y que no volverá a existir nunca más. ¡Crucemos los dedos! Era una ropa que se vendió en cantidades inimaginables en esa época de la falta de gusto para todo. La antítesis total de lo chic, la encarnación de lo rancio. Esas panteras, tan orgullosas de su título virulento y potente, eran realmente personas mansas como corderitos, y terriblemente mal vestidas. Llevaban colores que antes no existían, colores de tonalidad pastel como el malva de enfermo, el verde moco vomitivo, el beige anoréxico, el ágata pálido y el marrón excrementicio: colores hechos exclusivamente para ellos, para demostrar al mundo entero que no hay por qué temer ni un ápice a Alemania. Por suerte ya casi no se les ve en ningún rincón del mundo. Es lógico; las panteras de antaño ya han muerto o se encuentran en residencias luchando contra las diversas manifestaciones de las enfermedades degenerativas, en especial la demencia senil.

Pero no vamos a hablar de lo que nos espera en X años, hablemos de lo que les pone a los sesentones en estos momentos. Son dinámicos, bien vestidos, alegres y, sobre todo, participan en todo, y quieren experimentarlo todo. ¡Absolutamente todo! Y no me refiero a cosas materiales. Para los sesentones de la segunda década del tercer milenio, el sexo no es sólo una actividad cotidiana, sino algo que ocupa tentacularmente su imaginación. La supuesta virulencia y vitalidad de las panteras se ve hecha realidad en este nuevo grupo.

¿Y las sesentonas? Lo mismo o más. Llevan su iPhone 6s con una elegancia que ni sorprende, entienden a los ordenadores mejor que los hombres, tienen, en muchos casos, más dinero que los hombres –evolución que empezó ya hace tiempo, cuando las mujeres sacaban de promedio mejores notas que sus colegas masculinos, y por tanto obtuvieron mejores puestos de trabajo, mayor prestigio y más dinero para jugar, más vida. Y sí, ellas juegan. Viajan, visten come reinas y se complacen con todos los placeres que se encuentran a su disposición. Están, sobre todo, dispuestas también a pasárselo bien. ¡O incluso mejor! Por ejemplo Montserrat Mecho, de Barcelona, campeona de España de lanzamiento en paracaídas y número 13 en la lista mundial. Lleva 903 saltos en todo el mundo, desde toda machina voladora y piensa seguir haciéndolo. Ya tiene 77 años y dice: «¡prefiero hacer piruetas en el aire que punto de cruz!»

¡Eso es espíritu!

Naturalmente, el día a día de un sesentón no es tan glorioso como se desprende de estas líneas, por supuesto. Una vez, en Alemania, me encontraba yo en el zoo con mi familia, cuando mi hija de 12 años preguntó por qué se estaban peleando los monos haciendo tanto ruido. Un hombre de «avanzada edad», que estaba sentado en un banco y percibió la pregunta de mi niña como si estuviera dirigida a él y no a mí, contestó: «¡Pregúntaselo a tu abuelo!». Me costó unos instantes captar que estaba hablando de mí ese insensible residuo de aquellas panteras grises, ese #+%&*~~# … Pero mejor me freno aquí para no dejarme arrastrar por las emociones. En fin, a estas alturas pienso lo mismo que Mark Twain cuando escribió que «la edad es un tema del control de la mente sobre la materia. Si no te importa, no importa». ¡Celébrala!, añado yo

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