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Martín Patino, el cura

Su desaparición priva a este desasosegado presente de un activista del diálogo y la concordia
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Hace justo una semana, mediado el pasado domingo, a escasas horas de cumplir 90 años, dejó este mundo José María Martín Patino, ‘el cura’ para muchos de sus variopintos amigos, sin el eco que han merecido otros protagonistas relevantes del tránsito posfranquista que acabó bautizado como Transición. Con él se han ido datos y testimonios sin duda claves para valorar lo complejo, incierto y arriesgado de aquellos tiempos, últimamente un tanto desvirtuados y puestos en cuestión. Su desaparición priva también a este desasosegado presente de una mente y una voz empeñadas en propiciar la concordia, el debate fundamentado, la restitución moral y la primacía del sentido común. Un activista, en fin, de cosas que al parecer hacen falta.

Jesuita desde 1960, Martín Patino adquirió cierta relevancia pública al lado del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal en la década de los años 70 del pasado siglo. Su posición de Provicario de la diócesis le cerró, a juicio de los expertos, el camino episcopal, pero le permitió compartir activamente los esfuerzos del prelado de Burriana (Castellón) para encauzar el camino hacia la democracia, con el mínimo riesgo de reproducir enfrentamientos civiles de infausta memoria. Los últimos años se esforzaba en recordar a todos que no fue fácil y se mostraba inquieto y preocupado por actuales derivas como el enroque táctico de los partidos, la propensión al enfrentamiento institucional y la corrupción.

Apasionado desde siempre por el diálogo, el respeto a la opinión opuesta y la tolerancia, no ocultó en tiempos recientes una creciente desazón por aspectos de la realidad que percibía desde su persistente interlocución con sectores muy diversos de la sociedad. Pesaban en su ánimo aportaciones esperanzadoras como el final de la violencia en Euskadi, a la que dedicó tiempo y esfuerzos que muy pocos llegaron a conocer ni valorar. Pero albergaba también inquietudes como la propensión de algunas élites privilegiadas a abjurar de principios elementales de justicia social, o la evolución secesionista del nacionalismo catalán y la cegata actitud evidenciada desde el Partido Popular.

Pero nada alteraba más su ánimo conciliador últimamente que los episodios de corrupción. Tan contundente en sus convicciones, como pausado en sus juicios, sólo propendía a la irritación cuando acumulaba evidencias de comportamiento desvergonzado en personas a las que había conocido directamente y ahora sabía pilladas en conductas intolerables, ya fuera por haber cedido a la tentación de la codicia, la soberbia o la desconsideración. De ahí sus sucesivos llamamientos a la urgencia de un rearme moral que permitiera conjurar amenazas de seria fragmentación social.

Hijo de maestros salmantinos, otra de sus inquietudes preferentes fue la necesidad de mejorar y adecuar los procesos educativos, aunque acumulara por ello frecuentes dosis de frustración. Impulsó en ese campo diversas iniciativas y no pocos debates en la órbita de la Fundación Encuentro, que organizó y presidía desde 1985, orientada a analizar la realidad y avanzar prospecciones sobre su evolución. Su principal estandarte ha sido y es el Informe España que, anualmente desde 1993, reúne a especialistas de distintas tendencias, con una aportación estadística y un catálogo de enfoques poco habituales. Sirvan como ilustración algunos de los epígrafes que contiene el último (2014), publicado el pasado mes de diciembre: reconstrucción ciudadana; ¿sabemos lo que nos pasa?; divorcio entre poder y política; la quiebra de la clase media; qué es y qué no es soberanía; modelo autonómico y convergencia territorial… (www.fund-encuentro.org)

Sólo en los últimos tiempos, cuando intuía haber iniciado el tramo final, aceptó las reiteradas sugerencias de los más próximos para que relatara sus vivencias en unas memorias, al parecer bastante ultimadas y de deseable publicación. Seguro que en ellas habrá descrito episodios cuya realidad discurrió alejada de la versión más extendida. Por ejemplo, lo que solía explicar privadamente sobre cómo fueron los mezquinos personalismos de algunos líderes, no la supuesta injerencia de los obispos, la causa de que no fraguara un partido de inspiración democristiana en los albores de la Transición. Tesis avalada recientemente por Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona en su Memorial de transiciones (Galaxia Gutenberg, 2015). Solía decir que eran los políticos, no los obispos, quienes debían organizar una opción de ese tipo y no fueron capaces de hacerlo.

No menos interesante será conocer de su mano cómo se fraguaron distintos consensos para evitar que la rémora de un régimen confesional ultracatólico pesara en exceso e incluso bloqueara el proceso de elaboración de la vigente Constitución. Y, seguramente, bastante más de lo mucho que su mente atesoraba y hasta ahora sólo accedía dar a conocer bajo compromiso de absoluta confidencialidad.

Aun siendo como fue siempre y ante todo un hombre de la Iglesia, su desaparición trasciende los contornos de lo religioso y la comunidad de los jesuitas a la que perteneció. Alcanza al conjunto de una sociedad demasiado huérfana de personas con libertad de pensamiento propio, aprecio y respeto los que libremente piensan distinto y, dicho simplificadamente, más sumar que restar.

 

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