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Memoria flaca

En los medios las historias quedan sin terminar porque los lectores quieren otras
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Pasan tantas cosas y recibimos noticias frescas con tanta frecuencia que la memoria se nos ha vuelto flaca, extremadamente flaca. Estos días en España se habla mucho de corrupción pero nadie se acuerda ya de Luis Roldán, que durante años fue el paradigma de político encaramado al poder -nada menos que la dirección de la Guardia Civil-, que aprovechó para enriquecerse de manera tan espuria como galopante.

Pero Roldán ha tenido tantos imitadores de diferentes pelajes e iguales cataduras, que su recuerdo ya evoca los tiempos olvidados de tantos acontecimientos históricos. Ahora la historia se escribe a diario incluso varias veces al día, y la capacidad humana para mantenerla viva clau dica casi al minuto. Tenemos importantes ejemplos recientes, hechos graves, que en cuestión de horas hemos olvidado. Hace poco el mundo temblaba ante la epidemia de ébola que dejaba un rastro de muerte interminable en África y amenazaba con contagiar el resto de la humanidad. Aquí en España el drama se vivió inquietos por la suerte de una enfermera infectada que durante varios días se debatió entre la vida y la muerte. Pero aquello es agua pasada, asunto olvidado.

Y no porque el mal esté superado: el ébola sigue causando estragos -aunque por fortuna menos- en varios países africanos y la ciencia, aunque trabaja a ritmo acelerado, sigue sin encontrar una vacuna o remedio para combatir la epidemia. Algo parecido, cambiando de tema y de continente, lo tenemos en Haití, donde dos años atrás un terremoto mató a millares de personas y otras muchas quedaron en mayor indigencia de la que sufrían.

Durante algún tiempo nos estremecíamos viendo aquellas imágenes de la tragedia que vivían los haitianos en la creencia ingenua de que nuestras retinas no las olvidarían. Pero ¡vaya si las olvidaron! Hoy de Haití, de sus miserias y de la gente que sigue viviendo a la intemperie y sin nada que llevarse a la boca, casi nadie se acuerda, empezando por los Gobiernos extranjeros que tanta ayuda a la reconstrucción del país prometieron.

Pero tampoco hay que remitirse tanto atrás para darnos cuenta de que nuestra memoria es flaca y el interés por las cosas, incluso por las cosas que nos impresionan, es frágil. Ahí tenemos el terremoto de Nepal, la catástrofe que dejó a aquel país destrozado y a sus habitantes a la intemperie.

Algunas personas culpan de estos olvidos a los medios de comunicación y a los periodistas, y algo de razón, o mucha quizás, tienen. Desde luego, no toda. Culpar hasta de la propia amnesia personal a la prensa es algo a lo que ya estamos acostumbrados. De todas formas, nunca estará de más recordar que en los medios las historias a menudo quedan sin terminar simplemente porque los lectores quieren otras.

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