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Ni contigo ni sin ti

El ganador del 26J no puede y los perdedores no quieren que gobierne. ¿Acabará mal?

Enrique Badía

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Tantas lecturas como se han hecho de las elecciones del pasado domingo y puede que al final ninguna sirva. El vencedor no dispone de suficiente ventaja para prescindir del resto y los perdedores no quieren pactar nada con él. Tiene pinta de que no han interpretado bien cómo les ha ido y, de no enmendarse, podría desembocar en el disparate de tener que volver a votar… ¡otra vez!

Seguramente, lo más inquietante es que algunas de las cabezas visibles de los principales partidos han comenzado a advertir que, si se tienen que repetir las elecciones, será por culpa… de los demás. Aunque no menos preocupante es que se filtre predisposición a facilitar un acuerdo de investidura a las doce, para desmentirlo un par de horas después. Claro que no es mejor la pretensión de sumar voluntades para seguir haciendo más o menos lo mismo que cuando no se necesitaba –y rechazaba– cualquier oferta de concertación.

Se ha dicho que el principal derrotado de los comicios han sido las encuestas. Fallaron las previas, pero sobre todo las realizadas a la salida de los colegios el día de la votación; las llamadas israelitas, cuyo coste no justifica el par de horas de análisis basura a que se ven abocadas las tertulias en radio y televisión. Hay, sin duda, razones técnicas para el fracaso demoscópico, pero persisten dudas sobre la idoneidad de las muestras y la valoración del efecto que en la asignación de escaños en el Congreso tiene la controvertida ley D’Hondt. Para futuras convocatorias, tanto quienes las encargan como los que las realizan harían bien en reflexionar.

Lógicamente, parte de la valoración posterior de los resultados depende de las expectativas que cada partido había asimilado. Así, algunos a los que les ha ido mal pueden aducir que se pronosticaba que les iba a ir peor. Ciertamente, quien no se consuela es porque no quiere… o no puede, pero ese tipo de conclusión sirve para poco más que calmar cualquier pulsión de autocrítica, si es que la hay.

Menos frecuente, o cuando menos explicitada, es la consideración global de por dónde discurre el ánimo de la sociedad. La añeja dicotomía derecha-izquierda tiende a sustituirse por la que contrapone cambio y continuidad, pero sujeta a simplificación. Ya se sabe que es más fácil ceñirse a consideraciones de blanco o negro, pero hacerlo pasa por alto que la complejidad social incluye amplias gradaciones intermedias, más influyentes y determinantes de lo que a menudo se piensa en la expresión electoral. Trasladarla a la gestión de los resultados, priorizando vetos y aversiones, pasando por alto la obligación política y moral del pacto, merece el calificativo de infantil, por evitar otro peor.

Una interpretación apresurada de la distribución de fuerzas en el futuro Congreso de los Diputados puede sugerir que los ciudadanos han elegido, por las razones que sea, un alto grado de continuidad. O, visto de otra manera, que el ansia y el deseo de cambio no están suficientemente instalados en la sociedad. Ahí están el mayor apoyo al Partido Popular o la resistencia del Partido Socialista como primer grupo de la oposición, frente al empuje, de momento frenado, de los emergentes que aspiran a sustituirlos. Lo que no oculta que aquéllos han perdido millones de votos en los últimos años ni que Podemos y Ciudadanos han logrado copar espacios donde otros lo han intentado, sin conseguirlo, años atrás.

Yendo a la realidad, sea mayor o menor el deseo, urge cambiar amplias partes del modelo, tanto en el plano institucional y político, como en el ámbito socioeconómico. Buena parte de las estructuras, hábitos y recetas aún vigentes han constatado que no sirven para afrontar los retos, desafíos y exigencias del momento actual. Pero cambiar no pasa necesariamente por liquidar ni, todavía menos, por rescatar fórmulas revolucionarias, reales o pretendidas, que ya se sabe en qué suelen desembocar. Hay, o debería haber, más opciones que dejar todo más o menos como está o partir de un cero del todo irreal.

Por esos predios discurre la interpretación que en muchos aspectos domina el análisis poselectoral en los partidos, les haya ido mejor o peor. Cabe pensar que algunos confundan deseo de cambio con aspiraciones revolucionarias. Y que otros estén leyendo la desconfianza hacia propuestas liquidacionistas como respaldo a que sigan haciendo lo mismo que –olvidan– les ha restado millones de apoyos. A la postre, lo más probable es que, con todas las salvedades y diferenciaciones que existen, se esté de alguna manera reproduciendo la dicotomía entre reforma y ruptura que dominó la Transición. Y que, como entonces, aun deseando el cambio, algunas propuestas de acometerlo no gusten o incluso provoquen temor. Quienes sostienen que ha podido producirse un efecto voto del miedo harán bien en plantearse si lo han esgrimido los adversarios, lo han generado ellos mismos o ha ocurrido por una mezcla de ambos. Es tan importante que unos asuman que existen aspectos que es perentorio cambiar, como que otros no pasen por alto que una amplia mayoría quiere conservar buena parte de lo que hay.

En las próximas semanas tocará ver muchas cosas, unas sorprendentes, otras contradictorias, muchas previsibles, hasta llegar a un desenlace que a estas alturas resulta bastante difícil predecir. Lo lamentable sería que, con nuevo gobierno o teniendo que repetir de nuevo las elecciones, se agudizase aún más la disyuntiva entre una continuidad que a nadie satisface y una liquidación más o menos revolucionaria que no tiene visos de convencer.

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