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Pecadillos de juventud. '¿Peccata minuta?'

‘Meaculpas’ por el daño de las redes. Los dioses de Silicon Valley dicen ahora que introducirán la ética en el diseño de las aplicaciones. Siento escepticismo cuando la opción es que la industria se autorregule

Lali Cambra

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Lali Cambra

Lali Cambra

Leo que los dioses de Silicon Valley están entonando meaculpas, preocupados porque sus sueños de utopías tecnológicas en un mundo hiperconectado se están tornando pesadillas, material de terrores nocturnos que los acompañan a la cama y que les provocan insomnio. Y la verdad, no me extraña, debe ser duro pasar de creerse prácticamente merecedores del Premio Nobel de la Paz Mundial Urbi et Orbi a convertirse en traficantes de tal calibre que ríete tú del Chapo y de Escobar y de los Carteles de Sinaloa y de Medellín juntos.

Cada vez son más conscientes, dicen, de que a cada retuit, like o seguidor más obtenido por una foto o comentario en alguna de las redes, -fácilmente accesibles a través de los teléfonos móviles-, su autor recibe una descarga de dopamina (la hormona de la felicidad que actúa como protagonista en adicciones varias). Vaya, son conscientes de que no sólo han creado un número ingente de narcisistas, sino que, además, han conseguido que ese buen montón de narcisistas se conviertan en yonquies de su narcisismo, enajenados incapaces de dejar de seguir las redes, que es lo que precisamente necesitan y quieren las redes: mayor tiempo y mayor atención en la aplicación que corresponda. Traficantes de dopamina.

Su mea culpa es bienvenida, a medias. La arrogancia de Silicon Valley, la creencia en la tecnología como algo fundamentalmente positivo, pensar que «conectar el mundo» bastaría para hacerlo mejor, podrían ser disculpados como eso, pecadillos de juventud. Si no fuera porque dichos pecadillos han tenido consecuencias tales como propiciar la manipulación de elecciones generales por parte de trolls y noticias falsas; como el tráfico (otro más) de información personal de usuarios y su venta al mejor postor; como la polarización de sociedades enteras y, por si fuera poco, han sido acusadas de –al estilo que la radio de las Mil Colonias en el genocidio ruandés- facilitar los discursos del odio contra los Rohingya en Mianmar. Y sentimiento de pérdida de libertad y aumento de los niveles de estrés. No cabría demasiado en la definición de peccata minuta, precisamente.

No basta con entonar. Dicen que los dioses del Big Tech buscan ahora introducir el concepto de la ética (¡!) en el diseño de las aplicaciones e, incluso, alguno de los inversores más entusiastas de los primeros tiempos demandan que se legisle el Big Tech como se legisla sobre el tabaco o el alcohol. Por lo pronto, parece que los dioses de Big Tech preocupados por la ética procuran apartar a sus hijos de los teléfonos móviles y de las tabletas y hacen desintoxicaciones digitales en retiros lujosos donde además de debatir la situación, practican yoga, se miran a los ojos o se abrazan en grupo (y supongo que a algún árbol que otro, pobre).

Personalmente, siento cierto escepticismo cuando la opción es que la industria se autorregule. No creo que ningún capitalista tenga a bien regularse si no obtiene algún beneficio a cambio, va en contra de la lógica del sistema.

Aumento de la abstención

Tampoco creo que estemos colectivamente sobrados de sentido de la responsabilidad últimamente. Y no hay que irse muy lejos para poner ejemplos de gravedad: con solo referir a las negociaciones para la formación de gobierno en España ya me basto. Ni sentido de la responsabilidad, ni de estado, ni del ridículo, en este caso (y habrá que ver las consecuencias tanto en resultado electoral como en el previsible –y diría que consecuente, aunque seguramente peligroso- aumento de la abstención).

Dicen que la madurez atempera, que la juventud es una enfermedad que se pasa con los años. Es posible que los que fueron los jóvenes emprendedores de Silicon Valley estén alcanzando cierta madurez y que biológicamente ya puedan darse cuenta de las consecuencias a medio y largo plazo de sus acciones. Veremos si ellos solos pueden arreglarlo o alguien con dos dedos de frente (¿hay alguien ahí fuera?) puede pensar en esta cuestión -o en la mayor defensa de los derechos humanos o en el cambio climático, por nombrar otras minucias-, más allá de los cuatro u ocho años de mandato electoral.

I no se’m passa: als tarragonins: bones festes de Santa Tecla!

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