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Pies de barro

Los libros de historia de nuestros nietos reproducirán la estampa de Jake Angeli, un hombre semidesnudo disfrazado con unas pieles y cuernos de bisonte, levantando el puño desde el estrado presidencial del Senado de Estados Unidos

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

El comienzo del nuevo año no ha sido mejor que el final del anterior. Los efectos sanitarios de la apertura de diciembre empiezan a vislumbrarse en las cifras de contagios y fallecimientos, y todo apunta a que durante las próximas semanas el panorama se oscurecerá aún más. Algunos gobiernos autonómicos ya han solicitado el retorno temporal a un confinamiento domiciliario, y ya sabemos lo que hay que hacer cuando las barbas del vecino vemos cortar. Esta inquietante evolución de la pandemia era un horizonte augurado desde hacía meses, y la torpeza en la puesta en marcha del proceso de vacunación era perfectamente imaginable en comunidades cuyos responsables han hecho de la incompetencia su signo distintivo. Sorpresas, ninguna.

Lo que era menos previsible era el desconcertante espectáculo que los seguidores del todavía presidente estadounidense nos ofrecieron el pasado miércoles. Salvando las distancias, la contemplación de estas imágenes nos hizo revivir las sensaciones que percibimos el 11 de septiembre de 2001, asistiendo en directo a unos gravísimos acontecimientos que parecían inimaginables fuera de las pantallas de un cine. Sin apenas resistencia, una excéntrica turba que parecía recién salida de una convención de cómics tomaba el Capitolio de Washington, tras asistir a un mitin en los jardines de la Casa Blanca, donde Donald Trump calentó los ánimos con sus recurrentes referencias al robo de las elecciones por parte de los demócratas.

Sin duda alguna, los libros de historia de nuestros nietos reproducirán la estampa de Jake Angeli, un hombre semidesnudo disfrazado con unas pieles y cuernos de bisonte, levantando el puño desde el estrado presidencial del Senado. Este estrafalario sujeto, que suele compararse a sí mismo con Jesucristo y Gandhi, es un conocido defensor de QAnon, una teoría de la conspiración que sostiene la existencia de una red internacional de pederastia, controlada por Hollywood y el Partido Demócrata, que Trump intenta desenmascarar. Tampoco se quedó corta, desde un punto de vista simbólico, la provocadora imagen del sonriente Richard Barnett, un tipo de Arkansas que lidera un grupo de defensa de las armas, poniendo los pies sobre el escritorio de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes.

El tragicómico asalto al Capitolio, en el perdieron la vida varias personas y que logró su objetivo de suspender la sesión del Senado para certificar el triunfo electoral de Joe Biden, generó una cascada de reflexiones sin duda procedentes: ¿Cómo fue posible que una panda de frikis consiguiera tomar el Senado del país más poderoso del mundo? ¿Quiénes fueron los responsables últimos de esta falta de previsión policial? ¿Habría sucedido lo mismo si la concentración hubiese sido convocada por el movimiento Black Lives Matter? ¿Qué consecuencias legales debería acarrear este incidente para Donald Trump, como instigador de la subversión? ¿Cómo se entiende que unos centenares de descerebrados pusieran en jaque a la democracia más antigua del planeta?

La fotografía de varios miembros de las cámaras norteamericanas agazapados bajo sus asientos recordó nuestro infausto «todo el mundo al suelo» de 1981. Sin embargo, en aquella ocasión, el sistema que temblaba apenas tenía un lustro de vida, tras cuatro décadas de dictadura militar. En este sentido, lo sucedido esta semana reviste unas características mucho más preocupantes desde la óptica de los propios Estados Unidos, pero también a nivel global. Por un momento, parecía que asistiéramos a una versión contemporánea de la caída de Roma, con un grupo de bárbaros logrando imponer un cambio de época, y evidenciando ante el mundo los pies de barro de un imperio aparentemente todopoderoso.

Esta semana ha quedado demostrada la fragilidad de las democracias liberales ante cualquier gobernante empeñado en distorsionar la realidad en beneficio electoral propio, alimentando la fractura social hasta límites nunca vistos, ocultando sus vergüenzas con un discurso demagógico sin la menor autocrítica, poniendo en peligro la paz y la prosperidad colectiva por mantenerse en el poder, cuestionando el orden constitucional cuando choca contra sus propios intereses, enardeciendo a las masas para lograr en las calles lo que no se logra en las instituciones… Lamentablemente, no hace falta cruzar el Atlántico para encontrar ejemplos prácticamente idénticos. Ni siquiera el Ebro.

Nos equivocaríamos si pensásemos que estos acontecimientos no son más que un incidente histriónico y puntual, protagonizado por una versión ultra de los Village People. Lo sucedido es un toque de atención que nos alerta sobre la indefensión que actualmente muestran los modelos políticos occidentales ante la amenaza del populismo, sea éste de corte ultraderechista, ultraizquierdista o ultranacionalista. Esta fase hipotónica de la democracia liberal coincide peligrosamente con una pandemia global que ha sido gestionada de forma muy cuestionable por países de los que se esperaba un grado razonable de eficacia organizativa, alimentando en ciertos estratos de la ciudadanía europea la impresión de que los regímenes participativos resultan menos capaces de afrontar un reto de cierta envergadura, frente a sistemas con perfiles autoritarios como China o Singapur. Y estas sensaciones son gasolina para los charlatanes que asaltan nuestras instituciones.

Al margen de las medidas inmediatas que deban implementarse para frenar el auge de los discursos demagógicos en el debate público actual, sólo existe un remedio definitivo para acabar con el populismo: la educación. Así lo defendió siempre Luis Fernando Valero, un gran amigo que ayer nos dejó para siempre, y que también escribía con frecuencia en estas mismas páginas. Apasionado de la universidad, de la pedagogía, de la literatura, de la política con mayúsculas... Compartimos infinitas veces tertulia y mantel, e intercambiamos vehementemente opiniones que raramente coincidían. Ayer perdimos a un hombre bueno, culto, valiente, alegre y coherente que siempre defendió aquello en lo que creía. Descansa en paz, Fernando. Te echaremos mucho de menos.

Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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