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¿Qué es la emoción política?

¿Existe hoy algún dirigente político que genere ilusión y transmita emoción?
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Que estamos atravesando momentos muy críticos a nivel político, social, económico, cultural, e incluso, ético, en esta España nuestra, no es decir nada nuevo. El gran problema es cómo salir de este pozo. No podemos quedarnos quietos. Un pueblo ha de tener arrestos para tirar adelante. Como señaló el Conde Romanones “Cuando un pueblo se resigna con el vencimiento y convive con el vencedor sin protestar, es que ya no palpita en él el amor a la patria y que ha llegado al último escalón de la degradación cívica”. En esta tarea colectiva es fundamental políticos con capacidad de liderazgo y que sientan emoción política.

Hoy no quiero extenderme en las posibles políticas para salir de este albañal. No obstante, aunque esquemáticamente, ahí van algunas: recuperar la democracia, ejemplaridad política, instituciones al servicio del pueblo, auditoría de la deuda pública, una fiscalidad más justa, persecución del fraude y los paraísos fiscales, políticas de empleo activas, defensa del Estado de bienestar, etc. Mas ahora quiero fijarme en quiénes han de dirigir este proyecto. Obviamente, la actual clase política, no. Y no, porque no son creíbles. Los Rajoy, Arenas, Griñán, Chaves, Díez, Llamazares y Mas podrán llenarse la boca con palabras rimbombantes, como regeneración política, transparencia, democracia; pero, insisto, es que no generan confianza, digan lo que digan. La confianza se logra, no solo en política, por lo que se hace, no por lo que se dice. Recientemente en un trabajo Pulso de España 2014, la ciudadanía ha sido muy clara al respecto: nada esperan ya de los dirigentes que han venido teniendo. Por eso, nueve de cada diez optan por exigir su inmediato relevo como primer y más creíble paso de la regeneración que se anuncia. Un relevo generacional parece conveniente (en todo caso, también inevitable). Los grandes cambios políticos en España suelen ir acompañados de grandes relevos generacionales, como ocurrió en tiempos de la II República. De hecho hoy, la renovación generacional en cierta medida parece estar en marcha.

¿Qué significa política con mayúsculas? Una contundente respuesta nos la proporciona Manuel Azaña, uno de los políticos más destacados en la Historia de España. Puede que por ello su cuerpo todavía permanece en la vecina Francia. Los actuales a su lado son auténticos pigmeos. Fue un extraordinario parlamentario. Sus discursos tienen profundo calado político, así como belleza y trabazón formal. Destacan los pronunciados en las Cortes: el 13 de diciembre de 1931 sobre Política religiosa; el 2 de diciembre de 1931 sobre Política Militar; el 27 de mayo de 1932 sobre El Estatuto de Cataluña; y el 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, titulado Paz, Piedad y Perdón. Otro, no tan conocido, lo pronunció el 21 de abril de 1934 en la Sociedad del Sitio de Bilbao, titulado Un Quijote sin celada, en el que brinda a su auditorio unas hondas reflexiones de su conciencia como hombre político, sin preocuparle el orden, tal como le vienen a la mente, lo único que pretende es charlar un rato con el auditorio y transmitir unas confidencias sobre la emoción política como signo de una vocación. Esa emoción procede de la observación de la realidad, siempre que de ella surja un movimiento interior de protesta. Así nace la emoción política y así se forja la personalidad del político: observar la realidad, protestar de la injusticia, y emplearse a fondo en la mejora. ¿Con qué medios? Azaña se pregunta. Ni lo sabe, ni le preocupa. La política es quijotismo y a Don Quijote los medios para conseguir un fin le resultaban irrelevantes. Considera la política como la aplicación más amplia, más profunda, y más completa de las capacidades del espíritu, donde juegan más las dotes del ser humano, tanto las del entendimiento como del carácter. La política, como el arte, como el amor, no es una profesión, es una facultad, que no tiene nada que ver con la elocuencia, ya que ha habido eminentes políticos que no han dicho jamás esta boca es mía, y que hay ruiseñores y canarios de flauta que ha sido funestos políticos. La facultad política se tiene o no se tiene, y el que no la tenga, inútil será que se disfrace con todos los afeites exteriores del hombre político, y el que la tiene, tarde o temprano es prisionero de ella. Un hombre político tiene que sentir emoción delante de la materia política. La emoción política es el signo de la vocación, y la vocación es el signo de la aptitud. Los móviles que llevan a los hombres a la política pueden ser: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera emoción política. Los auténticos, los de verdad son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la composición y combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella el ánimo del político se enardece como el ánimo de un artista al contemplar una concepción bella, y dice: Vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo. El problema de la política es el acertar a designar los más aptos, los más dignos, los más capaces. Tarea ardua. Se fracasaba en los regímenes cuando el llamado a elegir el más apto era o la voluntad de un príncipe, o de la querida de un príncipe, o la del barbero de un príncipe. La democracia es probablemente y en teoría el mejor sistema para elegir a los más dignos. Aunque nunca es perfecta esta elección.

Termino, a ustedes mismos si han tenido la paciencia de llegar hasta el final, les planteó la pregunta siguiente: ¿Existe hoy algún dirigente político que genere ilusión y transmita emoción al pueblo español? Cada cual puede responder lo que parezca oportuno.

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