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Reconversos

La penetración ideológica de la contrarreforma neoconservadora ha sido larga, profunda y amplia en ámbitos esenciales
 

Enrique Vidal-Ribas

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Recuerdo aún el estupor que sentí el 9 de marzo de 2009, cuando llegó el final de la debacle de Wall Street, tras rebotar el índice líder de la bolsa neoyorquina y del mundo, el SP500, en 666, el siniestro número del diablo, pero al avanzar en mi curiosidad pasé de la tenebrosa referencia esotérica a la no menos sorprendente aparición de la euclídea ‘proporción áurea’ o 61,8%, omnipresente en la naturaleza, en el arte y en todas las fluctuaciones caóticas deterministas. 

Resulta que el referente mundial de la economía norteamericana se había detenido tras recorrer el 61,8% de la diferencia entre su alza histórica y el nivel desde el cual comenzó a subir con fuerza en 1982, para dar la bienvenida a la contrarrevolución neoconservadora. 

La inquietante coincidencia de ese par de números mágicos era tan trágica como oportuna, porque el mercado de valores líder había detenido su descenso estrepitoso en un numerario, cuya penetración suponía para los grafistas financieros, convertir lo que iba a llamarse una Gran Recesión en una renovada Gran Depresión. 

Además, de esa bella conexión pitagórica podía inferirse también, que el llamado ‘anarcocapitalismo neoconservador’ estaba acabado, tras aumentar la desigualdad hasta niveles insostenibles y propulsar sucesivas burbujas financieras, cuya supuesta ‘autorregulación’ explosiva resultó devastadora.

Sin embargo, la penetración ideológica de la contrarreforma neoconservadora ha sido larga, profunda y amplia en ámbitos esenciales como el académico, el religioso, el político, el de los medios de comunicación y el de la cultura, bajo una divisa que supura un indecente pacto fáustico: «Haremos lo que tengamos que hacer sin ninguna restricción ética o moral». Sus enemigos declarados no son los comunistas, cuyo sistema cayó él solo sin que ni siquiera la CIA se enterase, sino los socialdemócratas. 

El movimiento neoconservador creció con rapidez, nutriéndose masivamente de conversos que en los sesenta y primer lustro de los setenta habían ejercido de banales ‘gauchistes’ burgueses y que se apresuraron a adherirse a un tramposo catecismo compuesto de lemas como: Socialismo o Libertad, Pensamiento Único, Muerte a las Ideologías y a la Historia, Abajo la Ecuanimidad en los Medios, Gloria a la

Autorregulación, Viva la Descalificación y el Insulto, entre otros. La doctrina económica ad hoc que se creó para acompañar ese ideario resultó ser una elucubración imprudente y arriesgada, sin apenas relación con la economía real, pero ha contaminado gravemente demasiadas aulas académicas y empresariales.

La caída de Trump y la llegada de Biden significan la ruina definitiva del movimiento neoconservador y el período que va de 2008 al 20 de enero pasado ilustra una decadencia imparable del partido republicano hasta acabar como rehén de un autócrata patético. El descalabro es tal que me temo que los conversos sesenteros y sus epígonos ya han comenzado a hacer piruetas para demostrarse como socialdemócratas de toda la vida; es más, ya he leído a más de una celebrada firma adaptándose al cambio de tercio en el espíritu de los tiempos en los grandes rotativos.

Para justificar su segunda traición, los conversos, ya transformados en ‘reconversos’, aducen que no se sienten representados por la deriva populista de Donald Trump, al cual, sin embargo, yo le estoy agradecido por su visibilidad, al igual que lo estoy a Santiago Abascal por su versión provinciana y nacionalcatólica de lo mismo, ya que ambos pasan la prueba del algodón y no engañan a nadie con su radicalidad extrema. 

En cambio, sí engañan perversamente el Partido Republicano estadounidense y el Partido Popular, su sucursal española; por eso ambos son la encarnación no del mal, sino del Mal, para diferenciarlo del redimible mal con minúscula al que aludió Spinoza; y su descenso a los infiernos a través del diabólico triple seis ya ocurrió hace varias décadas. Nadie escapa a su naturaleza.

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