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Un respeto, una distancia y educación. Las pésimas costumbres del siglo XIX no se curan

No moleste, por favor. Dicen que la sociedad cambiará después
de este encierro. Pero hay serias dudas de si desaparecerán las
personas incívicas, maleducadas y molestas

JOAQUIM ROGLAN

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Expertos y analistas auguran que cuando se consiga salir de esta época encerrada todo cambiará, nada será igual, ni los paisajes y los entornos, ni las personas y sus circunstancias. Dicen que será el fin de besos y abrazos, sinceros o hipócritas, a corta distancia. Y que habrá que parecerse más a aquel norte donde, según Salvador Espriu: «la gente es limpia y noble, culta, rica, libre, despierta y feliz». Es decir, los países de más arriba del meridiano calvinista, donde la peste ha causado menos destrozos. Como Suecia, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) cita como ejemplo porque prohibió poco, no se confinó en sí misma y confió en la responsabilidad individual y colectiva de sus ciudadanos. Igual que los países nórdicos que más y mejor cuidan la limpieza pública y la higiene privada. Los más libres. Y, por tanto, los más cívicos y respetuosos de las leyes y de las relaciones con sus conciudadanos. Son los que menos cambiarán su modo de vida y sus costumbres, porque siempre han sido de trato más distante y menos efusivo.

La sociabilidad que se avecina puede parecermás fría, pero será más calmada

Pertenecen a la Europa civilizada que practica todo lo contrario de los malos modales que ya criticaba el periodista costumbrista Mariano José de Larra en el siglo XIX. Han pasado más de cien años y la pésima educación de entonces sigue siendo la misma o peor que la que describió en sus artículos. Fueron y son un inútil afán romántico de modernizar y regenerar un pueblo al que aún ahora hay que insistirle en que se lave las manos y otras partes corporales. Recordarle que no se ensucian los espacios públicos y no se escupe ni arrojan desperdicios al suelo. Enseñarle que no se grita en las calles, locales ni transportes públicos y menos aún por teléfono. Y que hay que guardar las debidas distancias de respeto y no abrazar ni dar palmadas al hombro del primero que pasa como si se le conociese de toda la vida.

Son gentes a las que habrá que reeducar para que no molesten a quien lee el diario tranquilamente y le disparen su propia opinión sin que les sea solicitada. E inocularles sensatez para evitar que sus criaturas corran y brinquen por los restaurantes para incordio de comensales y riesgo de los camareros. Que aprendan que es inapropiado pedir fuego o la hora a un desconocido, sea para intimar o para robarle el reloj y la cartera. Y más elemental todavía, no tutear a quien no se conoce ni ha sido debidamente presentado. Al igual que no saltarse las colas o pasar por taquilla antes de usar el transporte público. También, que en los sitios de comer y beber no deberían entrar sin ducharse y desinfectarse quienes sudan y huelen mal después de montar en bicicleta, patín o correr por calles y caminos sin otra finalidad que sentirse en dudosa forma física.

Para ello, habrá que poner fin a las mascotas sueltas que se cruzan en el camino, lo ensucian e infectan todo

La nueva sociabilidad que se avecina puede parecer algo más fría, pero con suerte y más urbanidad básica, será más confortable y calmada. Para ello, habrá que poner fin a las mascotas sueltas que se cruzan en el camino, lo ensucian e infectan todo y a sus propietarios, que no recogen ni limpian los restos y rastros malolientes de sus bichos domésticos. Sólo se trataría de llegar a parecer una sociedad como las que han vuelto antes a la normalidad porque ya eran normales.

Allí donde la propia ciudadanía afea la conducta de ciclistas, patinadores y gentes de mal circular que arrollan a menores y mayores por las aceras. No agitan ni invocan a los derechos humanos cuando se sanciona a los incívicos que violan leyes y normas. Ni perdonan a los que no pagan los servicios públicos, a los que hacen ruidos a deshoras, aparcan en pasos de peatones, se saltan semáforos, mangonean dinero negro y se pavonean de engañar a Hacienda.

La próxima sociedad puede ser más amable sin los que se apropian de los diarios del bar y los manchan. Si cafés, restaurantes y hoteles ejercen su derecho de admisión porque con menos mesas podrán seleccionar mejor a la clientela. O si se crean más clubs, peñas y hermandades privadas. Pero como aún habrá quien se acerque demasiado para entablar una cháchara inútil, hay que asimilar que, después de lo visto, oído y soportado durante esta larga temporada sin fútbol, Catalunya es un terreno de más de siete millones de expertos en virología, según las últimas estadísticas.

* Periodista. Con  raíces familiares en la Terra Alta, Joaquim Roglan fue corresponsal en Ràdio Reus y cofundador de Informes-Ebre. Profesor universitario, ha trabajado en los principales medios de comunicación de Catalunya y ha escrito veinte libros. Vive retirado en L’Empordanet.

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